NAVERDELL — El Viaje del Héroe — Marcelo de Paris

NAVERDELL

NAVERDELL · El Viaje del Héroe
Tema:
Fuente: M
Posición guardada ✦
NAVERDELL portada
✦ ✦ ✦
NAVERDELL
El Viaje del Héroe · Libro I

Sobre el Autor

Marcelo de Paris es autor, investigador espiritual y pionero en los estudios contemporáneos del Tarot como herramienta de autoconocimiento y transformación personal. Integra la psicología humana, la espiritualidad y los cuatro elementos en una historia de fantasía que representa el viaje de vida de cada ser humano.

www.tellmeapp.site · [email protected]

Prólogo del Autor

Hay personas que llegan al final de su propia historia y descubren, justo ahí, que era el comienzo de otra. No lo eligen. No lo planean. Simplemente ocurre en el momento más oscuro, cuando ya no queda nada que perder, que algo se abre.

Cristóbal es uno de esos hombres. No es un héroe de leyenda. No tiene poderes ni entrenamiento ni una profecía que lo haga especial a sus propios ojos. Tiene treinta y tres años, una vida que se desmoronó pieza por pieza, y la convicción de que nada de lo que vivió valió la pena.

Lleva esa convicción hasta una cabaña del sur de Chile. Y allí, en el momento exacto en que se rinde, el universo decide mostrarle que había otro camino. Ese camino se llama Naverdell.

Cada capítulo de su viaje lleva el nombre de un Arcano Mayor del Tarot, porque llevo más de dos décadas estudiando sus veintidós símbolos no como herramienta de adivinación sino como mapa del alma humana. Las caídas. Las traiciones. Los renacimientos. Todo está allí, dibujado hace siglos, esperando que alguien lo reconozca en su propia historia.

No necesitas conocer el Tarot para leer este libro. Solo necesitas haber sentido alguna vez que el mundo te dio la espalda y haberte preguntado, en silencio, si había algo al otro lado de ese momento. Si eso te resuena, Cristóbal ya te está esperando.

— Marcelo de Paris
A mi Dios que está en los cielos,
a mi hija Rafaella Paris Do Carmo,
a mi Madre Lily Marlene Rebora,
a Daniela Toledano, mi sostén energético,
y a mis Guías Espirituales que me acompañan siempre.
«El verdadero viaje comienza cuando el corazón responde al llamado de lo desconocido»
Mapa de Naverdell · El Mundo de los Cinco Reinos
Mapa de Naverdell
El Loco
Capítulo 0

El Loco

«El verdadero viaje comienza cuando el corazón responde al llamado de lo desconocido»

Cristóbal estaba encima de una mesa del Barrio Italia, micrófono en mano, gritando más que cantando una de sus canciones favoritas, “El Mariachi'”. Tenía la camisa desabotonada, el pelo pegado a la frente por el sudor y los ojos inyectados en sangre. En la otra mano sostenía un vaso de piscola que se derramaba a cada movimiento. —¡Y aunque no estés, te siento aquí! —berreaba, la voz rota. La gente lo miraba entre incómoda y divertida. Algunos reían. Otros ya habían empezado a grabar con el celular. Él no veía a nadie. Solo seguía cantando, como si de esa forma pudiera ahogar el hueco que le comía el pecho. De pronto tropezó, el vaso se le escapó y se estrelló contra el suelo. Intentó bajar de la mesa y casi se cae. Dos tipos lo sujetaron. Minutos después llegaron los carabineros. Lo sacaron a rastras mientras él todavía intentaba cantar entre dientes. El frío de la calle le golpeó la cara. Lo metieron en la patrulla con la camisa sucia y el orgullo hecho mierda. En la comisaría pasó horas mirando el techo gris, pensando que incluso estar ahí detenido dolía menos que volver a su departamento vacío. Al día siguiente, con la cabeza latiéndole, estaba sentado frente a la doctora Jiménez. —Cristóbal… ¿qué pasó anoche? —preguntó ella con esa calma que ya no lo calmaba. Él se encogió de hombros, la mirada fija en el suelo. —Que sigo vivo. Ese es el problema. La doctora intentó hablarle de pequeños pasos, de rutinas, de no rendirse. Él solo asentía, pero por dentro pensaba que ya no le quedaban pasos. Solo un gran salto. Esa misma tarde, bajo la lluvia, estaba apoyado contra un poste de luz en Providencia. El teléfono en la mano, batería al 8%. Marcó el número de ella por enésima vez. Sonó. Sonó. Buzón. —…por favor —murmuró con la voz rota—. Solo quiero entender por qué. La lluvia le corría por la cara, mezclándose con algo que no quería llamar lágrimas. Buscó en la billetera dinero para comprar más alcohol. Las manos le temblaban. Al abrirla, una fotografía antigua se deslizó y cayó al suelo mojado. La recogió. Era de cuando tenía ocho años: él y sus dos hermanos frente a la cabaña de Calbuco, sonriendo con las caras sucias de tierra y el lago atrás. Se quedó mirando la foto. El mundo se detuvo. Su madre le secaba el pelo después de sacarlo temblando del lago. —Hay cosas que no se entienden —le decía con esa voz suave—, pero eso no significa que no existan. La recordaba cocinando con fervor casi sagrado, como si cada sopa espesa, cada pan recién horneado, cada taza de leche con canela tuviera el poder de defender a su familia de algo oscuro que rondara más allá de las ventanas. Y quizás lo creía de verdad. Recordaba las noches en que veía figuras luminosas en el rincón de su habitación. No amenazantes. No aterradoras. Solo presentes, con esa calidad de las cosas que están allí para algo aunque uno no sepa todavía para qué. Corría a la cama de su madre, y ella lo recibía con esa calma suya que no necesitaba explicaciones. —Son ángeles, mi amor. Te están cuidando y siempre te cuidarán. Cristóbal había crecido convencido de que era imaginación. Nunca se le ocurrió que ella podría haber estado diciendo la verdad. Fue ella quien le enseñó a respetar las señales. Los sueños repetidos. Las sensaciones que llegan primero al cuerpo y solo más tarde se convierten en pensamiento. Y aquella tarde en la cueva. Había entrado solo, atraído por una corriente de aire frío que salía de entre las rocas, y se había quedado dentro escuchando un zumbido profundo que venía de abajo. Cuando salió, su madre lo esperaba en el borde del bosque, limpiándole el barro de las mejillas. —No entres solo en lugares que parecen llamarte. Porque a veces las cosas contestan. Cristóbal parpadeó. La lluvia seguía cayendo. La foto se estaba mojando en su mano. La guardó con cuidado, como si fuera lo último que le quedaba de algo sagrado. Esa noche despertó dentro de su viejo Chevrolet, estacionado frente al Terminal de Buses de Santiago. Tenía la boca pastosa, el cuerpo adolorido y un vacío tan grande que ya ni siquiera dolía. Miró el cartel: Calbuco. Era el lugar perfecto. La cabaña de su padre. El último sitio donde alguna vez se había sentido entero. Compró el pasaje con lo poco que le quedaba. Cristóbal viajaba en el asiento trasero del bus con la mejilla apoyada contra el vidrio helado, mirando cómo Santiago se iba deshaciendo a lo lejos en un puñado de luces rojas, naranjas y blancas, como brasas que, una a una, fueran cediendo al soplo de una noche demasiado grande. La ciudad todavía latía allá atrás, insomne, eléctrica, indiferente, pero para él ya había comenzado a convertirse en otra cosa: un recuerdo exhausto, una forma de ruido, un sitio del que uno se marcha no solo con el cuerpo, sino con una parte de sí que no piensa volver. Desde niño había tenido una relación casi secreta con los trayectos largos: le gustaba observar el ritmo de los postes eléctricos, contar estaciones de servicio, memorizar nombres de pueblos que pasaban como susurros fugaces. Incluso ahora, quebrado por dentro, conservaba esa vieja costumbre de fijarse en los detalles que los demás dejaban pasar. Eso era algo que siempre lo había vuelto distinto. Cristóbal tenía la extraña capacidad de advertir lo casi invisible: el tono exacto con que una persona decía una mentira, la diferencia entre un silencio lleno de ternura y otro cargado de resentimiento, el modo en que el cielo cambiaba de color antes de una lluvia. Mientras sus hermanos corrían sin mirar demasiado, él se detenía a examinar vetas en las piedras, hojas partidas con una simetría imposible. Guardaba plumas en los bolsillos, dibujaba mapas inventados en cuadernos escolares, y era capaz de recordar durante años la forma exacta de un sueño. Su madre decía que había nacido con el alma mal cosida al mundo, como si una parte de su espíritu escuchara músicas que los demás no alcanzaban a oír. Su padre era un hombre de silencios compactos y amor mineral, del tipo que no siempre sabía encontrar el camino hacia la ternura. Ahora, a los treinta y tres años, con el cuerpo todavía joven pero el gesto vencido por un cansancio antiguo, Cristóbal seguía cargando esa sensibilidad casi incómoda. El cabello oscuro y ondulado caído sobre la frente, unos ojos castaños que incluso en la derrota parecían estar buscando algo. Como si la realidad, por cruel que se mostrara, escondiera siempre una segunda capa. Tal vez por eso había sufrido tanto. No era un hombre hecho para rozar la vida: la sentía entera. Todo lo que amaba lo atravesaba más de la cuenta. Todo lo que perdía se le quedaba adentro como una astilla que nunca terminaba de salir. Su matrimonio había sido la estructura más hermosa y más falsa de su vida. Cuando se rompió, se llevó con él el trabajo, el apartamento y las pocas personas que todavía le escribían. Lo peor no fue perderlos. Fue descubrir que la realidad puede seguir funcionando mientras debajo de ella todo ya está roto. Y vivir después de eso le parecía una forma de impostura. Cuando el bus llegó a Calbuco pasaban las dos de la madrugada. No había taxis. Solo el olor metálico del frío y esa quietud profunda que tienen ciertos lugares del sur cuando la noche parece adueñarse de todo. Cristóbal bajó con la mochila al hombro. El frío le mordió la cara de inmediato. Dentro de la mochila, entre ropa vieja y el cuaderno negro, llevaba una pequeña botella de vidrio. No necesitaba tocarla para sentir su peso. Había una extraña lucidez en su marcha. No la paz noble de quien acepta algo trascendente, sino la calma hueca de quien ha llevado un pensamiento hasta el punto en que ya no le tiembla. La cabaña apareció entre los pinos. Las maderas exteriores hinchadas por décadas de lluvia y frío. La chimenea de piedra inclinada apenas. Las ventanas vencidas por el musgo. Un sitio olvidado a propósito. Y justamente por eso, perfecto. Empujó la puerta. El interior lo recibió con un frío compacto, casi corporal. El suelo crujió bajo sus botas. En un rincón seguía colgando el viejo gancho de metal donde su padre dejaba el chubasquero. La visión lo golpeó con una melancolía tan súbita que tuvo que sentarse al pie de la escalera. Apoyó la espalda contra la madera helada y dejó que el frío le entrara despacio. Entonces sacó la botella. La sostuvo frente a sí con una mano extrañamente firme. Pensó en la doctora Jiménez. En los ejercicios de respiración. En la insistencia amable con que ella repetía que el dolor no era eterno, aunque dentro del dolor esa idea sonara siempre ofensiva. Pensó también en su madre. En su voz diciéndole que hay cosas que existen aunque no se entiendan. En ese borde entre el pensamiento y la nada, un recuerdo llegó sin que él lo buscara. Su madre sacándolo temblando del lago. Sus manos pequeñas envueltas en la toalla. Y su voz, tranquila como siempre: "Hay cosas que no se entienden. Pero eso no significa que no existen." Y después, más bajito, casi para sí misma: "Tú tienes una fuerza diferente, hijo. La llevas adentro aunque no la veas todavía." Cristóbal salió de ese recuerdo y apretó la botella. Una parte muy profunda de sí quiso creer que algo todavía podía interrumpirlo. Una señal. Un ruido. Un milagro pequeño y humillante. No ocurrió nada. Solo el viento. Solo la nieve. Solo la cabaña respirando con sus costillas de madera. Subió la escalera con lentitud, llevando la botella en la mano. Se arrodilló sobre el piso helado. Y en el instante final lo atravesó una última ráfaga de recuerdos: el rostro de su madre junto al fuego, la cueva en el bosque, la cocina helada la noche de la traición, el lago al amanecer, la sensación de haber sido llamado alguna vez por algo inmenso. Bebió. El sabor fue brutal: amargo, metálico, con una dulzura repugnante al final. Cerró los ojos. Y su cuerpo se desplomó sobre el suelo. Y entonces el mundo se rompió. No de golpe. Por capas. Los sonidos de la noche se distorsionaron hasta volverse irreconocibles. Destellos de luz cruzaron detrás de sus párpados cerrados: blanco, luego violeta, luego un amarillo intenso, luego un azul que parecía tener vida propia. Gritos de hombres. Metal contra metal. Un rugido tan vasto que parecía venir del tejido mismo de la realidad. La escena parpadeó. Se disolvió como tinta en agua. Y todo se apagó. Pasó un tiempo que no supo medir. Luego, muy despacio, sin entender nada, comenzó a abrir los ojos. Encima de su pecho, mirándolo con una serenidad desconcertante, había un anciano diminuto. No medía más que una mano abierta. Barba blanca larguísima, chaqueta azul con detalles en tonos pardos y verdes, gorro puntiagudo de color rojo oscuro. Un bastón del grosor de una cerilla. Sus ojos eran lo más perturbador: antiguos, tranquilos, insondables, como si allí cupieran siglos enteros de paciencia. No había crueldad en ellos. Solo la expresión de quien por fin contempla algo largamente esperado. Cristóbal perdió nuevamente el conocimiento. Cuando volvió en sí, una chimenea encendida proyectaba sombras móviles sobre las paredes. Olor a madera quemada y pan reciente. Sobre la mesa, una hogaza todavía humeante y un jarro de barro aromático. El hambre lo dominó de inmediato. Comió. Luego vio el papel doblado bajo el portavelas. Lo tomó y leyó: Cristóbal: Respira. No estás aquí por error. Mi nombre es Lohejtell Cuarto, y soy un Gnomo Guía. Ya no estás en tu mundo. Has cruzado hacia Naverdell, tierra antigua, sostenida por leyes más hondas que el tiempo. Has llegado por medio de un portal que solo se abre cada siete años: el Arcoíris de Badum. Te hemos esperado durante mucho tiempo. Mucho más de lo que imaginas. En el rincón más oscuro de esta cabaña encontrarás un sillón de lino. Cuando te sientas preparado, acércate. Yo estaré aguardándote allí. Leyó la carta dos veces. Luego una tercera. Quiso reírse, pero no le salió. Quiso convencerse de que todo era un delirio, pero el papel tenía peso, textura, olor. Y de un modo imposible de explicar, aquellas palabras resonaban en algún sitio interno que no pertenecía al pensamiento racional. Era un hombre desgarrado entre dos maneras de percibir la realidad. Y quizá por eso, precisamente por eso, podía cruzar. Giró el sillón de golpe. Allí estaba. El hombrecillo con su gravedad de roble antiguo, los ojos fijos en él con una mezcla inverosímil de calidez y autoridad. —¡Esto no puede estar pasando! —gritó Cristóbal. Se lanzó hacia la puerta. La abrió. Los árboles se alzaban enormes bajo una nieve plateada. El aire vibraba con un pulso antiguo. El silencio tenía profundidad de templo. Corrió. Se internó entre los árboles, tropezando, hundiéndose en la nieve. Entonces oyó la música. Un pífano. Una melodía tenue, melancólica, de una belleza tan extraña que pareció rozarle directamente el alma. Como si no fuese nueva, sino recordada. El bosque se abrió. En el centro del claro se erguía una estatua de mármol blanco: una mujer de rostro sereno y terrible, con dos recién nacidos en el regazo y una daga alzada hacia el cielo. Vida y muerte reunidas en una sola figura. No fue extrañeza lo que sintió. Era reconocimiento. Entonces sintió la presencia a su espalda. Giró despacio. Una figura enorme entre la sombra y la neblina. Dos cuernos curvos. Ojos inteligentes, dolorosamente conscientes. No eran ojos de bestia. Eran ojos de alguien. —¡Naturella! ¿Cuándo volverás? —rugió el minotauro. —¡No me mates! —gritó Cristóbal. —No te mataré. Mi raza no combate con los débiles. Entonces, desde los arbustos nevados, llegó una voz serena e inconveniente. —Es un humano, amigo mío. No un duende. Lohejtell emergió entre los matorrales con la tranquilidad de quien llega justo a tiempo porque sabía desde el principio cuándo debía aparecer. —Has llegado, hijo de Naturella —dijo. El mundo pareció detenerse. En el centro de su pecho, donde durante meses solo había sentido peso, llaga y vacío, empezó a abrirse un calor mínimo. No alivio todavía. No paz. Algo más frágil y más peligroso. Una fisura de sentido. Por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, Cristóbal no sintió solo el impulso de huir. Sintió, también, el de comprender.

El Mago
Capítulo I

El Mago

«Cuandodescubrestusherramientas,eluniversoconspiraa tufavor»

Cristóbal no se movió de inmediato. Permaneció arrodillado en la nieve, con las manos apoyadas sobre los muslos, mirando a Lohejtell y a Beroom conversar entre sí con la naturalidad de dos viejos conocidos que se ponen al día. El minotauro hacía preguntas con su voz grave. El gnomo respondía con calma, ajustando su sombrero de vez en cuando. Ninguno de los dos parecía perturbado por la presencia de un hombre que minutos antes había intentado morir en una cabaña del sur de Chile. Cristóbal los observaba como quien mira una película en un idioma que entiende a medias. «Esto no puede estar pasando», pensó. «Estoy muerto. Definitivamente me morí en esa cabaña y esto es alguna versión rara del más allá. O me volví completamente loco y mi cerebro decidió inventar un mundo entero para no aceptar que ya no hay vuelta atrás.» Finalmente, levantó una mano con esfuerzo. —Disculpen. Los dos se volvieron. —¿Saben si hay algún lugar cercano donde pueda encontrar ayuda? Estoy muy perdido. Y no me siento bien. Las últimas palabras las dijo sin dramatismo. Era la honestidad sencilla de quien ya no tiene energía para disimular. Lohejtell se acercó despacio y se detuvo a una distancia considerada. —Hay un lugar —dijo—. El Castillo de Veronia. Desde allí podremos llegar a Naverdell, donde encontrarás lo que necesitas. Cristóbal lo miró un momento, parpadeando lentamente. «Castillo de Veronia. Naverdell. Claro. Porque después de beber veneno para suicidarme, lo lógico es que un gnomo me invite a un castillo mágico. Esto es una pesadilla. Tiene que serlo.» —¿Y si no quiero ir a ningún castillo? —preguntó, con un tono que bordeaba la risa nerviosa. Lohejtell no parpadeó. —¿Adónde quieres ir tú? Cristóbal abrió la boca. La cerró. Miró el bosque que lo rodeaba, la nieve, el claro donde todavía se erguía la estatua de mármol con la daga alzada. Pensó en la cabaña. Pensó en la botella vacía. Pensó en Santiago y en el apartamento devuelto y en la caja de cartón con sus cosas. —No lo sé —admitió. —Entonces Veronia es tan buen destino como cualquier otro —dijo Lohejtell, con la lógica tranquila de quien ha esperado dos mil años y puede esperar un poco más. Cristóbal soltó una risa corta y seca, casi histérica. —De acuerdo —dijo—. Pero con una condición. Lohejtell arqueó una ceja. Era la primera vez que alguien le ponía condiciones en mucho tiempo. —Si en algún momento decido que quiero irme, me dejas ir. Sin argumentos. Sin hechizos. Sin historias sobre destinos y profecías. Lohejtell consideró esto durante un segundo. —Trato —dijo. Beroom, desde donde estaba, emitió un sonido que podría haber sido una tos o podría haber sido una risa contenida. Imposible saberlo. Cristóbal lo miró de reojo. «Un minotauro riéndose. Excelente. Definitivamente estoy en el limbo. O en el infierno con sentido del humor negro.» Emprendieron el camino los tres juntos. El gnomo diminuto, el minotauro enorme, y el hombre que caminaba entre ellos con el paso inseguro de quien todavía no confía del todo en el suelo que pisa. Cristóbal iba con el abrigo mal abrochado y los dedos todavía entumecidos. Físicamente se sentía mejor de lo que debería, considerando lo que había bebido horas antes, y eso en sí mismo era una perturbación más que añadir a la lista. Fue Lohejtell quien rompió el silencio. —Hay cosas que debes saber —dijo—. No todo a la vez. Pero algunas no pueden esperar. —¿Como cuáles? —preguntó Cristóbal. —Como de dónde vienes. Y a qué has vuelto. Cristóbal no respondió. Pero tampoco apartó la mirada. —Hace treinta mil años humanos, que son tres mil años Naverdianos —comenzó Lohejtell—, Naverdell era gobernado por una Reina. No una gobernante común. Una semidiosa. Se llamaba Naturella. —¿Treinta mil años? —repitió Cristóbal, con una risa incrédula—. Claro. Por supuesto. ¿Y tú cuántos tienes? —Los suficientes para saber que las interrupciones alargan el relato. Beroom hizo ese sonido que podía ser una risa. Esta vez definitivamente lo era. Soltó una carcajada profunda que hizo temblar algunas ramas cargadas de nieve. Cristóbal se pasó una mano por la cara. «Esto no puede estar pasando… Estoy hablando con un gnomo y un minotauro sobre semidiosas que gobernaron hace treinta mil años. El delirio más elaborado que un cerebro moribundo puede crear.» Lohejtell continuó con calma, como si no hubiera escuchado el comentario. —Naturella era más que una soberana. Estaba conectada a una fuerza superior, una energía que gobierna todo lo que existe y que delega su poder en seres como ella para mantener el equilibrio entre los mundos. Porque ambos mundos están conectados, Cristóbal. El tuyo y el nuestro. Siempre lo han estado. Solo que los hombres llevan mucho tiempo sin saberlo. —¿Cómo están conectados? —preguntó Cristóbal, más por seguirle el juego que por creerlo. —A través de los elementos. La tierra, el agua, el aire, el fuego. Fluyen entre uno y otro como fluye el agua entre vasos comunicantes. —Hizo una pausa—. Pero hay un quinto elemento que los une y les da sentido. Uno que no se ve con los ojos. —¿Cuál? —La bondad que se esconde en el corazón de los hombres —dijo Lohejtell—. El más frágil. El más poderoso. El único que no puede fabricarse ni imponerse. Solo puede elegirse. Había algo en esas palabras que no le sonaba a cuento. Le sonaba a algo que sabía y había olvidado, igual que se olvida el idioma de la infancia cuando uno deja de hablarlo. No lo dijo en voz alta. Pero lo sintió. Beroom, que iba unos metros adelante, soltó de pronto: —Los humanos siempre complican todo. Si fuera por mí, resolveríamos esto a cabezazos y ya. Lohejtell suspiró. —Beroom, por favor. —¿Qué? Es verdad. Este humano parece que va a desmayarse en cualquier momento. Cristóbal soltó una risa nerviosa. —Ojalá me desmayara. Así tal vez despierto en una cama de hospital con morfina y todo esto desaparece. Lohejtell sonrió con ternura y siguió narrando la historia mientras Cristóbal alternaba entre escuchar con atención y preguntarse si todo aquello era real. —¿Y Naturella mantenía ese equilibrio? —Sí. No con armas ni con hechizos. Con la pureza de su corazón. Ese amor era su escudo. Y mientras ese escudo se mantuvo, la energía de Naverdell llegaba con fuerza al mundo de los hombres, sanando lo que necesitaba ser sanado. —¿Cómo llegaba esa energía? —Mientras los humanos duermen —dijo Lohejtell—. Nosotros trabajamos. Los gnomos, las hadas, los elfos. Sanamos la tierra. Reparamos lo que los hombres rompen. Cristóbal lo miró. —¿Mientras dormimos ustedes arreglan el mundo? —Intentamos —dijo Lohejtell, con un tono genuinamente cansado—. No siempre lo logramos. Los hombres rompen bastante rápido. Cristóbal no supo si reírse o callarse. Optó por lo segundo, aunque por dentro pensaba: «Esto es ridículo. Estoy teniendo una conversación filosófica con un gnomo mientras camino con un minotauro.» —Había también un problema —dijo Lohejtell, bajando la voz—. Uno que existía desde mucho antes que Naturella. Desde mucho antes que cualquier cosa que los hombres hayan podido registrar. Se llamaba Mobir. Un demonio tan antiguo y tan poderoso que los propios demonios huían de él. No por lealtad ni por respeto. Por miedo puro. Cristóbal lo miró. —¿Qué tipo de criatura puede asustar a un demonio? —Mobir no era solo un demonio —dijo Lohejtell—. Era una inteligencia de corrupción. Entraba en la mente de los hombres y encontraba lo que ya estaba roto, lo que ardía de resentimiento o de ambición, y lo soplaba hasta convertirlo en incendio. No creaba el mal. Lo cultivaba. Cristóbal pensó, sin querer, en ciertas épocas de su propia vida. En el modo en que el rencor, cuando se alimenta, empieza a parecerse a una convicción. En cómo había llegado a creer que el mundo le debía algo y que tenía todo el derecho de odiarlo por no pagarlo. No lo dijo en voz alta. Pero Lohejtell lo miraba con una atención que no juzgaba. —Durante miles de años —continuó el gnomo—, Naturella mantuvo a Mobir a distancia con la fuerza de su pureza. Pero el demonio siempre buscaba grietas. Y un día encontró una muy grande. Lohejtell hizo una pausa. —En el mundo de los hombres, había un Rey llamado Marcos. Gobernaba un reino poderoso, pero Mobir había enviado a uno de sus sirvientes, una criatura llamada Bogul, a envenenar ese reino desde adentro. Bogul manipulaba las mentes de los consejeros y los generales, sembraba desconfianza entre los aliados, empujaba al Rey hacia decisiones que lo llevaban a guerras que solo servían para debilitar todo lo que había construido. El reino se estaba destruyendo solo, sin que nadie pudiera ver claramente por qué. —¿Y Naturella fue a ayudarlo? —Naturella fue porque era su deber —dijo Lohejtell—. El equilibrio entre los mundos dependía de que ese reino sobreviviera. Cruzó al mundo de los hombres y enfrentó a Bogul en la batalla de Voltavôr. Juntos, Naturella y el Rey Marcos derrotaron a la criatura y la enterraron bajo la tierra. —El Rey Marcos quedó maravillado —continuó Lohejtell—. No solo por el poder de Naturella, sino por algo que no había visto en mucho tiempo: alguien que luchaba sin buscar nada para sí misma. Tomó una decisión que sorprendió a todos: abdicó a su trono. Abandonó su reino y pasó siete años buscando la puerta de Naverdell porque ya no podía imaginar ninguna vida que no tuviera que ver con ella. —¿Y la encontró? —La encontró. Por el Arcoíris de Badum. La misma puerta por la que tú cruzaste esta noche. Cristóbal no respondió. Pero algo en su pecho se movió al escuchar eso. —Naturella aceptó casarse con él —dijo Lohejtell—. Fue la celebración más hermosa que Naverdell había visto. Las flores florecieron en pleno invierno. Los árboles se inclinaron. Las luciérnagas de los jardines del castillo iluminaron la noche como si el propio cielo quisiera participar. Pero el amor tiene un precio. Al unirse a un hombre, Naturella cedió parte de su poder divino. Se volvió mortal en algunos aspectos. Y aunque gobernaron juntos en armonía durante años, el miedo que ella siempre había guardado terminó haciéndose realidad. —¿Y entonces llegó Mobir de nuevo? —preguntó Cristóbal. —El mal no desaparece —dijo Lohejtell—. Solo espera. Cristóbal reflexionaba lo que escuchaba. —Eso sí lo entiendo. Muy lejos de allí, en un lugar donde la luz nunca había llegado ni llegaría, un cuervo negro cruzaba volando túneles de piedra antigua. No era un vuelo errático ni asustado. Era el vuelo de un mensajero que conoce el camino de memoria y que lleva algo que no puede retrasarse. El cuervo descendió en espiral por una galería que se hundía en la oscuridad con la naturalidad de algo que fue construido para no ser encontrado. Las paredes rezumaban humedad. El aire tenía el peso de los lugares que llevan demasiado tiempo cerrados. Aterrizó en el borde de una piedra plana. Y esperó. Desde las sombras más densas del fondo, algo se movió. No con prisa. Con la lentitud de quien sabe que no necesita apresurarse porque lo que le pertenece no va a ningún lado. Una figura se puso de pie desde un trono que no era exactamente un trono sino algo más antiguo y más oscuro, del tipo de asiento que no fue construido sino acumulado por siglos de algo que no tenía nombre en ningún idioma disponible. No se vio el rostro. Solo la silueta. Y una mano. Una mano que se cerró despacio, con una deliberación que no era rabia sino algo más frío y más peligroso: reconocimiento. Los dedos se apretaron hasta que de entre ellos brotó algo oscuro que no era exactamente sangre pero que caía con el mismo peso y la misma lentitud. Una respiración agitada llenó el túnel. El cuervo levantó el vuelo sin que nadie le diera ninguna orden. Y en las profundidades, la figura volvió a sentarse. Y aguardó. De vuelta en el camino, Lohejtell continuó su relato. —Pero Mobir no se quedó quieto —dijo—. Si Bogul había fallado, él mismo no fallaría. Descendió desde el cielo con todo su poder, y lo que comenzó fue la guerra más larga y devastadora que Naverdell había conocido: no contra un sirviente enviado, sino contra el origen mismo de la corrupción. Naturella, que ya sabía lo que era enfrentarse a su sombra, salió a su encuentro. La guerra duró seiscientos setenta y ocho días. Guerreros humanos y naverdianos luchando juntos, con Naturella al frente, su escudo de pureza enfrentando la oscuridad de Mobir en un equilibrio brutal que ninguno de los dos lados podía romper del todo. —Finalmente —dijo Lohejtell—, una flecha disparada por el centauro Adamarú atravesó el corazón del demonio. Beroom, que había caminado con la vista al frente, tensó levemente los hombros. —¿Tú estuviste allí? —le preguntó Cristóbal. Beroom tardó un momento. —Era joven —dijo—. Pero sí. No añadió nada más. Y Cristóbal supo que no debía preguntar más. —La victoria fue agridulce —continuó Lohejtell—. En el último suspiro de Mobir, cuando se hundía en el pantano de Songra, sus ojos se encontraron con los de Naturella. Y ella cayó de su corcel, como si el demonio, al morir, hubiera encontrado la manera de dejar una herida que ninguna espada habría podido causar. Cristóbal sintió un escalofrío recorrerle la espalda sin saber exactamente por qué. —Desde aquel día algo cambió en Naturella —dijo Lohejtell—. Aunque volvió a reinar, una inquietud nunca abandonó su semblante. Como si supiera que lo que habían enterrado en el pantano de Songra era algo más que el mismo demonio. El gnomo se detuvo. Cristóbal y Beroom se detuvieron también. —Hay algo que debo decirte —dijo Lohejtell—. Puede que no lo entiendas ahora. Puede que parte de ti lo rechace. No te pido que lo creas de inmediato. Solo te pido que lo escuches. Cristóbal aceptó. —Muchos años después de la guerra, Naturella y el Rey Marcos tuvieron hijos. No uno. Dos. Mellizos. — Hizo una pausa—. Uno de esos mellizos eres tú. El silencio que siguió fue quieto. Denso. Del tipo que ocurre cuando algo enorme cae en un lugar profundo y tarda en llegar al fondo. Cristóbal miró al gnomo. Luego el suelo. Luego el horizonte. Luego volvió al gnomo. —¿Sabes lo que hice antes de llegar aquí? —dijo. —Sí —respondió Lohejtell. —¿Y aun así me dices que soy el hijo de una semidiosa? —Sí. —¿No te parece que hay algo que no cuadra? —Me parece —dijo Lohejtell, con una certeza más parecida a la fe que a cualquier pensamiento propio— que los hijos de las semidiosas también pueden romperse. Y que quizás por eso necesitabas romperte antes de poder recordar quién eras. Cristóbal no supo qué responder. Se quedó mirando la nieve un momento. —Es una buena historia —dijo al fin—. De verdad. Pero yo soy un arquitecto arruinado de Santiago. —Lo sé —dijo el gnomo—. Y sin embargo estás aquí. Beroom habló sin volverse. —Si no fueras el príncipe, yo ya me habría ido. No tengo tiempo para acompañar a hombres comunes por la nieve. —¿Eso es un cumplido? —Es una observación —respondió Beroom. Y siguió caminando. Le habló de Antonio. —Desde el principio mostraba señales oscuras —dijo Lohejtell—. Mientras tú crecías con curiosidad y bondad, Antonio era diferente. Frío. Calculador. Donde tú veías personas, él veía posiciones. Donde tú sentías, él medía. —¿Recuerdas al potrillo unicornio? —preguntó Beroom, sin volverse. —Cuéntalo tú —dijo el gnomo. Beroom se detuvo. Se volvió lentamente con la expresión de alguien que va a decir algo que no ha olvidado aunque quisiera haberlo olvidado. —Había un potrillo unicornio en los jardines del castillo. Tenía un ala lastimada. Antonio tenía doce años. Lo hipnotizó, lo llevó a la torre más alta del ala este, y lo hizo saltar. Silencio. —Sin razón —dijo Beroom—. Solo para ver qué pasaba. Solo para saber que podía. Cristóbal sintió algo frío moviéndose por su pecho. —Eso fue la crueldad de un niño —dijo, con menos convicción de la que pretendía. —No —dijo Lohejtell—. Fue la primera señal de que Mobir estaba despertando en él. La sangre de ese demonio corría por sus venas, y por más que Naturella y el Rey Marcos intentaron rodearlo de amor y de límites, esa oscuridad siguió creciendo. A esa edad ya podía fijar sus ojos en alguien y quebrantar su voluntad. Ya construía alianzas con criaturas de zonas oscuras, con hechiceros expulsados del castillo, con soldados que habían cometido faltas graves. Los convertía en instrumentos de un juego que nadie más podía ver todavía. Cristóbal bajó la mirada. Sentía cosas contradictorias: incredulidad, pero también una resonancia incómoda, como cuando uno escucha hablar de un lugar que no ha visitado pero que de alguna manera reconoce. —¿Y ahora? —preguntó. —Ahora Antonio sigue expandiendo su poder. Ha llegado hasta el mundo de los hombres. Ha encontrado a ciertos líderes, los que gobiernan sobre el hambre y la guerra de sus pueblos, y les ha ofrecido más poder todavía. A cambio de obediencia. A cambio de convertirse en instrumentos de algo que ni siquiera comprenden del todo. —Hizo una pausa—. Es un peligro que no tiene fronteras. No amenaza solo a Naverdell. Amenaza a todo. Cristóbal caminó unos pasos sin decir nada. Algo en el pecho le resultaba difícil de nombrar. La sensación de que aquella historia, por absurda que resultara, le concernía de una manera que ninguna historia había logrado pertenecerle nunca. No porque fuera su deber. Sino porque era, de algún modo que todavía no sabía articular, la suya. —¿Cómo se supone que yo voy a hacer algo contra todo eso? —preguntó. Lo preguntó en serio. Era la confesión más honesta que había hecho en mucho tiempo. —Esa —dijo— es exactamente la pregunta correcta. Cristóbal esperó más. —¿Y la respuesta? —La respuesta viene caminando —dijo el gnomo—. No antes. Beroom hizo ese sonido de nuevo. Esta vez Cristóbal también sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi involuntaria, del tipo que aparece cuando uno se da cuenta de que lleva un rato sin odiar el mundo y no sabe exactamente cuándo ocurrió. Siguieron caminando hacia Veronia, los tres juntos, bajo un cielo que comenzaba a aclarar muy despacio, como si también él estuviera aprendiendo a decidir algo.

La Papisa
Capítulo II

La Papisa

«Nadiegritamásfuertequeelsilenciodequienlosabetodoy nodicenada»

El camino hacia Veronia seguía cubierto por nieve intacta. A cada paso, las botas de Cristóbal dejaban una marca oscura sobre el blanco, como si el propio suelo quisiera recordar que un hombre de otro mundo estaba cruzándolo. El frío era intenso, pero ya no lo sentía igual. Desde que Lohejtell le había hablado de Naturella, de los mellizos y de Antonio, algo dentro de él caminaba en estado de alarma permanente. No sabía cuánto de esa historia era verdad, cuánto era locura y cuánto pertenecía a una memoria dormida que, por momentos, parecía despertarle bajo la piel. Beroom iba unos metros más adelante, enorme y silencioso, apartando ramas cargadas de nieve con una facilidad casi humillante. Lohejtell avanzaba con paso ligero, apoyado en su bastón, como si conociera cada piedra del camino desde antes de que el tiempo tuviera nombre. Cristóbal rompió el silencio. —Todo esto que me cuentas… —dijo, con la respiración convertida en vaho—. Si de verdad pasó, entonces mi vida no me pertenece. Nunca me perteneció. Lohejtell alzó la vista hacia él. —Te pertenece más de lo que imaginas. Pero para entenderlo, debes conocer la noche en que todo se quebró. Cristóbal no respondió. Solo siguió caminando, con la mandíbula tensa. Entonces el gnomo comenzó a hablar. En aquellos años, Naverdell vivía una paz hermosa pero frágil. Desde fuera, el reino seguía siendo un lugar luminoso: sus torres blancas, sus jardines eternamente cuidados, sus lagos serenos y sus bosques vivos daban la impresión de que ninguna sombra podía tocarlo. Pero dentro del castillo, la tensión ya había empezado a crecer como una grieta que nadie quería mirar. Cristóbal tenía quince años. Era amable, sereno y observador. No tenía la dureza del guerrero ni el orgullo del noble que se sabe importante. Escuchaba a los sirvientes, recordaba nombres, agradecía favores pequeños y hacía preguntas que sorprendían a los sabios. Por eso muchos dentro del reino lo veían como el heredero natural. Antonio, en cambio, observaba todo aquello en silencio. Y ese mutismo no era paz. Al principio había sido una molestia. Luego, una herida. Después, una obsesión que le carcomía las entrañas. —Tu hermano no soportaba verte querido sin esfuerzo —dijo Lohejtell, mientras caminaban—. Para él, tu bondad no era una virtud. Era una humillación diaria. Cristóbal bajó la vista, incómodo. —Yo no le hice nada. —Lo sé —respondió el gnomo—. Y a veces eso empeora las cosas en el corazón de quien ya decidió odiar. Aquella noche, en el castillo, Naturella caminaba sola por los pasillos. Era la noche previa a la presentación oficial de Cristóbal como heredero. El aire del palacio estaba raro. Algo más que el viento golpeando los vitrales y las nubes cerrando el cielo. Una presión sutil. Era otra cosa. Un presentimiento que se le clavaba en el pecho. Naturella lo sintió desde antes del anochecer. Se movía con su elegancia habitual, envuelta en un vestido azul oscuro bordado con símbolos antiguos, pero por dentro llevaba una inquietud que no lograba apagar. Tocó varias veces el medallón que descansaba sobre su pecho, como si aquel gesto pudiera protegerla de lo que se avecinaba. Pasó junto a los aposentos de Cristóbal. Se detuvo. Dentro, su hijo conversaba con uno de los jóvenes cuidadores del ala norte sobre un ave herida que había encontrado en los jardines esa tarde. Naturella sonrió apenas, con ternura. Esa era la clase de cosas que definían a Cristóbal. Aun en los días grandes, seguía atento a lo pequeño. Más adelante pasó frente a la habitación de Antonio. La puerta estaba cerrada. No oyó nada. Y sin embargo, al detenerse allí, un frío breve y profundo le subió por la espalda. Apoyó la mano sobre la madera fría. —Hijo… —murmuró, casi sin darse cuenta. No hubo respuesta. Naturella siguió su camino, pero ya sabía que aquella noche no iba a dormir. Antonio tampoco dormía. En la penumbra de su habitación, sentado junto a una mesa donde una sola vela consumía su última mitad, contemplaba la daga negra que había escondido durante semanas. La había conseguido en los Pantanos de Songra, en un viaje secreto que nadie conocía. Había entrado solo en aquel territorio maldito, donde la niebla parecía tener voluntad propia y el barro tragaba sin ruido a los incautos. Allí, guiado por rumores y por una voz interior que ya no distinguía si era suya o de algo más oscuro, encontró la daga. El arma parecía viva. No brillaba como una espada común. Absorbía la luz. Su hoja era oscura, delgada y cruel. El mango, cubierto de inscripciones antiguas, se calentaba bajo su mano. Al tomarla por primera vez sintió que no la había robado… sino que ella lo había elegido a él. Esa noche la observó largo rato, girándola lentamente entre sus dedos. Después se puso de pie. No había temblor en sus manos. No había duda. Solo una decisión fría, afilada como la propia daga. Sabía que Cristóbal no era fácil de matar. Los hechizos de protección del castillo lo envolvían como una segunda piel. Una espada cualquiera no bastaría. Pero aquello no era una espada cualquiera. Era una daga nacida en el lugar donde había caído la sangre de Mobir. El castillo dormía bajo una noche sin luna. Las antorchas de los corredores ardían con una llama inestable. Antonio salió de sus aposentos sin hacer ruido. Conocía los pasos de los guardias, los cambios de turno, los lugares donde el castillo parecía contener la respiración. Avanzó por el ala este. Al primero de los guardias —un elfo joven— lo encontró cerca del corredor de las estatuas. Antonio no desenvainó la daga. Se le acercó despacio y sostuvo su mirada. Los ojos del elfo vacilaron… luego se vaciaron. Quedó inmóvil, apoyado contra la pared, respirando como si hubiera caído en un sueño abierto. El segundo era un minotauro veterano. A él no podía doblegarlo solo con la mirada. Antonio esperó a que pasara junto a un tapiz grueso, salió de la sombra y le descargó un golpe seco en la base del cuello con el pomo de la daga. El minotauro cayó de costado sin alcanzar a rugir. Tres guardias más custodiaban el corredor real. Dos fueron hipnotizados. El tercero terminó inconsciente en el suelo. Antonio se movía como si llevara años ensayando aquella noche. Y tal vez era así. Porque el odio, cuando madura durante tanto tiempo, se vuelve ordenado, preciso y terriblemente paciente. Llegó ante la alcoba de Cristóbal. La puerta estaba apenas entornada. Desde dentro salía una luz débil. La empujó muy despacio. Cristóbal dormía. La vela de siempre seguía encendida sobre la mesilla. Desde niño le gustaba dejar una luz pequeña durante la noche. Decía que algunas sombras eran menos agresivas cuando se las miraba un poco. Dormía de lado, con la respiración tranquila, ajeno al peligro. Por un instante, Antonio lo miró sin moverse. Allí estaba su hermano. El preferido. El futuro rey. El hijo que parecía haber nacido con el reino ya rendido ante él. Algo se retorció violentamente dentro de Antonio. Una mezcla de odio, envidia y un dolor antiguo que le quemaba el pecho. Levantó la daga. La hoja negra reflejó el fuego de la vela. Y entonces la puerta se abrió de golpe. El rey Marcos estaba allí. No había llegado corriendo. Solo estaba de pie en el umbral, con una expresión que mezclaba comprensión, horror y una tristeza inmensa. —Antonio —dijo en voz baja. No gritó. Y fue precisamente esa calma la que volvió la escena más terrible. Antonio giró con violencia. Padre e hijo se miraron durante una fracción de segundo. Marcos lo entendió todo. La daga. La intención. La herida secreta que durante años había crecido en su hijo sin que él supiera curarla. —No —alcanzó a decir. Pero ya era tarde. Antonio se lanzó hacia él y hundió la daga en su pecho. El sonido fue breve. Casi seco. Marcos abrió los ojos con una sorpresa muda. Dio un paso atrás. Sus dedos rozaron el marco de la puerta. Cristóbal despertó al instante. Al ver a su padre herido y a Antonio sobre él, lanzó un grito desgarrador y saltó de la cama. —¡No! Corrió hacia ellos, se abalanzó sobre Antonio y ambos cayeron al suelo. La daga resbaló entre manos, tela y sangre. Antonio golpeaba con rabia ciega. Cristóbal peleaba sin técnica, solo con desesperación. Marcos, de rodillas, trató de incorporarse. La herida era demasiado profunda. La sangre ya empapaba su túnica. Los guardias irrumpieron entonces. Hubo gritos, órdenes, el choque del metal. Tres soldados sujetaron a Antonio. Otro apartó a Cristóbal. Uno más se arrodilló junto al rey. Demasiado tarde. Naturella llegó segundos después. Su esposo en el suelo. Cristóbal manchado de sangre. Antonio retenido por los guardias, con la mirada todavía encendida por una furia espantosa. El grito de la reina recorrió el castillo entero. No fue un grito elegante ni contenido. Fue el sonido de una mujer viendo cómo su casa se rompía delante de ella. Se dejó caer junto a Marcos, tomó su rostro entre las manos y buscó en sus ojos una vida que ya se estaba apagando. —Marcos… Marcos, mírame… El rey la miró una última vez. No habló. Pero en su rostro había amor. Y pena. Y un cansancio antiguo. Naturella apoyó la frente sobre la suya. Cristóbal quedó inmóvil, incapaz de acercarse ni de retroceder. Antonio no apartó la vista. Y eso fue quizá lo más insoportable de todo. No lloró. No pidió perdón. No mostró espanto. Solo observó. Lohejtell hizo una pausa. Durante unos segundos solo se oyó la nieve crujiendo bajo sus pies. Cristóbal tenía la mandíbula tensa. —¿Y mi madre? —preguntó con voz baja. —Tu madre se rompió esa noche —dijo el gnomo—. Pero no cayó. Aún no. Siguió narrando. Antonio fue encerrado en una torre interior bajo vigilancia permanente. Nunca antes se había usado aquella celda para un miembro de la familia real. El castillo entero entró en duelo. Los pasillos fueron cubiertos con telas oscuras. Las campanas tocaron al amanecer y al anochecer durante nueve días. En los jardines dejaron de oírse las canciones. Naturella apenas dormía. A veces permanecía horas enteras sentada en la antigua sala de mapas, con la mirada fija en una misma llama. Otras veces caminaba hasta la torre donde retenían a Antonio y se quedaba al otro lado de la puerta sin entrar. Una noche apoyó la mano contra la piedra fría y cerró los ojos. —¿Qué te arrancó de nosotros? —susurró. Desde dentro no llegó ninguna respuesta. Pero ella sentía algo. No solo el odio de Antonio. Había otra presencia. Una sombra. Una vibración sucia, escondida todavía, pero real. Naturella sabía leer señales donde otros solo veían conducta. Sabía escuchar lo que no era dicho. Por eso comprendió, antes que nadie, que la tragedia no terminaba en el asesinato de Marcos. Aquello era apenas el comienzo. En los días siguientes los consejeros exigieron una decisión. Volques, Morum, Petrón, Hobler y Fogos pedían que Antonio fuera exiliado a las profundidades antes de que volviera a hacer daño. Naturella los escuchó. Los dejó hablar. Aceptó cada argumento. Pero dentro de ella seguían peleando dos fuerzas opuestas: la madre que todavía veía al niño que había sostenido en sus brazos, y la soberana que entendía que el reino no podía vivir bajo la amenaza de su propio príncipe. Esa lucha silenciosa fue peor que cualquier batalla. Porque nadie oye el ruido que hace una madre cuando empieza a aceptar que quizá no podrá salvar a uno de sus hijos. Y ese fue el verdadero nacimiento de su transformación. No la de la reina. La de la Papisa. La mujer que, aun rota de dolor, podía ver la verdad escondida bajo la superficie. La mujer que sabía que el amor, a veces, no basta para impedir el desastre. Al final de aquel día, mientras el cielo de Naverdell se cubría de un gris pesado, Naturella se quedó sola en la cámara alta del castillo y miró la lluvia empezar a caer sobre los jardines. Sabía que pronto tendría que escoger. Y sabía también que, eligiera lo que eligiera, una parte de su alma no saldría intacta.

La Emperatriz
Capítulo III

La Emperatriz

«Elamordemadreeslafuerzamásantiguaeinvencibledel cosmos»

La sala del trono de Naverdell nunca había estado tan silenciosa. Ni siquiera el viento se atrevía a entrar por las ventanas aquella mañana. Los consejeros, los guardias, los sabios del reino, todos habían llegado convocados por la reina, y todos guardaban un silencio que tenía el peso específico de quienes esperan que alguien diga lo que nadie quiere decir. Naturella estaba de pie frente al trono, pero no sentada en él. No era un detalle menor. Sentarse en ese momento habría sido el gesto de una reina que gobierna desde la distancia. Estar de pie era el gesto de una madre que ha tomado una decisión que le rompe el alma, y que de todas formas la va a tomar. —No es un simple niño —dijo Naturella, y su voz resonó en la sala del trono con una firmeza desconocida—. Es un hombre que ha elegido el camino de la oscuridad. Hasta ese momento, los consejeros, los guardias y los sabios del castillo habían contemplado en ella a una madre herida, a una mujer devastada por la muerte del rey Marcos y por la caída del príncipe Antonio. Pero aquellas palabras no fueron pronunciadas por una madre vencida por el dolor. Fueron pronunciadas por una emperatriz. Naturella enderezó la espalda con una dignidad solemne, como si al hacerlo despertara también la memoria más antigua de su linaje. La luz que se colaba por los vitrales del salón del trono se derramó sobre su figura, delineando su porte majestuoso, el contorno severo de su rostro y el brillo de sus ojos, donde aún latía el dolor, sí, pero ahora domesticado apenas por el deber. Durante un instante nadie se atrevió a hablar. Los cinco grandes consejeros del reino —Volques, Morum, Petrón, Hobler y Fogos— se miraron fijamente. Habían visto a Naturella enfrentarse a guerras, pestes, sequías y conjuras. La habían visto consolar pueblos enteros, sanar heridas abiertas por la ambición de los hombres y sostener a Naverdell en tiempos de sombra. Pero nunca la habían visto así: desgarrada por dentro, y sin embargo erguida; quebrada por la maternidad, y aun así invencible en su condición de soberana. Naturella avanzó un paso hacia el centro del salón. Su vestido azul oscuro susurró contra el suelo de mármol. —He llorado como madre —continuó, con la mirada clavada en el vacío, como si allí pudiera ver el rostro del hijo que había amado desde antes de oír su primer llanto—. He rogado al cielo, a la tierra y a las antiguas fuerzas de nuestra sangre para que Antonio volviera de su mundo interno tan oscuro. He suplicado de rodillas, noche tras noche, un milagro que nunca llegó. He intentado creer que aún quedaba luz dentro de él. Hizo una pausa. Su voz se quebró apenas, pero se recompuso con esfuerzo visible. —Pero ya no puedo seguir confundiendo compasión con debilidad. Sus palabras cayeron en la sala como piedras sobre agua inmóvil. —Un príncipe puede equivocarse —dijo—. Un hijo puede caer. Un hombre puede arrepentirse. Pero quien asesina, traiciona y desata el mal sobre inocentes ya no pertenece solo a su madre. Pertenece al juiciode la historia. Volques, el más anciano de los consejeros, inclinó ligeramente la cabeza. —¿Está vuestra majestad segura de lo que va a ordenar? Naturella lo miró. En sus ojos había lágrimas, pero ninguna vacilación. —No —respondió, y aquella sinceridad estremeció a todos—. No estoy segura como madre. Ninguna madre podría estarlo. Cada noche me despierto llamando a mi hijo, recordando sus manos pequeñas aferrándose a mis vestidos, su risa en los jardines, las noches en que dormía sobre mi pecho haciéndose el valiente, pero realmente temeroso de las tormentas. Pero sí lo estoy como emperatriz. Y hoy debo elegir no con el corazón que sangra, sino con la corona que me fue confiada. Un silencio espeso cubrió el salón. En el fondo, detrás de las columnas, las antorchas ardían con una llama inquieta, como si incluso el fuego comprendiera la magnitud de lo que estaba a punto de suceder. Afuera, sobre los jardines altos del castillo, el cielo se había cubierto de nubes rojizas. Parecía el presagio de una herida abierta sobre el mundo. Naturella cerró los ojos un instante. En lo profundo de su memoria acudieron a ella las enseñanzas de las diosas de su linaje: la reina que no es capaz de sacrificar su propia dicha por el bien del reino no merece llamarse guardiana de la vida. Esas palabras, aprendidas en la juventud y olvidadas durante los años felices de paz, regresaban ahora como un mandato implacable. Volvió a pensar en Antonio. No en el ser frío y calculador en que se había convertido, sino en el niño que había sido antes de que la oscuridad lo reclamara del todo. Recordó algo que muy pocos en el castillo habían notado: cuando los mellizos jugaban a las batallas en los jardines, Antonio dejaba ganar a Cristóbal. Siempre. No por debilidad, sino por una forma torturada de amor que nunca supo expresarse de otro modo. Pero el Rey Marcos, al ver a Cristóbal alzar la espada de madera como vencedor, lo felicitaba con una alegría que no dejaba espacio para mirar al otro hijo, al que había tendido la mano sin que nadie lo viera. Y ese desaire repetido, silencioso, acumulado año tras año, había ido labrando en Antonio una herida que Naturella había intentado sanar demasiado tarde. Nada de eso justificaba lo que vino después. Los seres sacrificados en secreto. Las criaturas encontradas sin vida en los rincones del castillo, víctimas de una curiosidad hacia la muerte que heló el corazón de quienes lo descubrieron. Esos actos habían sido guardados en silencio para no devastar a los habitantes de Naverdell, pero habían pesado sobre la decisión de quién debía asumir el trono. No había sido solo la bondad de Cristóbal lo que lo señalaba como heredero. Había sido también la certeza, creciente e inapelable, de que su hermano no podía reinar sin que el reino pagara un precio que nadie estaba dispuesto a nombrar en voz alta. Y aun así, el recuerdo de ese niño dejando ganar a su hermano la golpeó con una fuerza que ningún argumento racional podía amortiguar. Pero entonces volvió la imagen de los inocentes muertos. A la sangre derramada. Al reino entero viviendo bajo la amenaza de una oscuridad nacida desde dentro de su propio hogar. Y comprendió, con un dolor que le partía el alma, que el amor verdadero no siempre salva acariciando. A veces salva condenando. —Antonio será enviado a las profundidades del abismo —declaró al fin, y su voz, aunque firme, llevaba un peso que todos en la sala reconocieron—. No como hijo de esta casa, sino como culpable ante Naverdell. Será conducido a las entrañas de la tierra, al lugar donde son confinados aquellos cuyos actos atentan contra la paz de los mundos. Allí será custodiado. Allí será vigilado. Allí permanecerá lejos de los hombres, lejos de este reino y lejos de toda voluntad que pueda volver a convertir su sombra en desastre. Morum apretó los labios. Fogos bajó la cabeza. Hobler respiró hondo. Ni uno solo de los presentes ignoraba lo terrible de aquella sentencia. —Su esencia está manchada —prosiguió Naturella, con la voz cada vez más baja—. Y si permitimos que permanezca entre nosotros, el mal que ya ha despertado seguirá extendiéndose. No lo condeno por odio. Lo condeno por justicia. Y no lo expulso de mi corazón; lo aparto del reino porque aún amo demasiado a este pueblo para dejarlo indefenso. Entonces su voz se quebró apenas, pero fue solo un segundo. —Siempre será mi hijo —murmuró, casi para sí misma—. Siempre. Pero desde este instante, mi deber será mayor que mi herida. Volques avanzó dos pasos y apoyó una mano sobre el pecho, en señal de reverencia. —Vuestra majestad acaba de hacer lo que ningún gobernante desearía hacer jamás. —No —replicó ella, endureciendo la mirada—. Acabo de hacer lo único que podía hacer una emperatriz digna de ese nombre. Un murmullo contenido recorrió la sala. La orden fue escrita allí mismo y sellada con el emblema imperial. Los guardianes del subsuelo serían convocados. Los caminos hacia el abismo serían abiertos bajo los ritos más antiguos. Antonio sería trasladado bajo vigilancia estricta, y ningún lazo de sangre podría ya interponerse entre su destino y la sentencia. Cuando los consejeros se retiraron para poner en marcha el mandato, Naturella permaneció sola junto al trono. Por primera vez desde que había pronunciado la condena, dejó que el peso de lo decidido se abatiera sobre ella. Sus piernas flaquearon y tuvo que apoyarse en uno de los brazos dorados del trono de Marcos. Acarició la madera tallada con dedos temblorosos, como si allí todavía pudiera sentir la presencia cálida de su esposo. —Marcos —susurró con un dolor tan hondo que parecía venir de una región más antigua que el lenguaje—, ayúdame a sostener esto. Porque he entregado a nuestro hijo a la justicia, y aunque sé que era necesario, siento que una parte de mí ha descendido con él antes incluso de que lo lleven. Nadie la oyó. Fuera, el viento levantó remolinos de hojas secas en los patios del castillo. Aquella noche, Naverdell durmió bajo un cielo extraño. Las nubes, teñidas de rojo oscuro, cubrieron las lunas. Los animales del bosque permanecieron inquietos. Los ríos parecían arrastrar un murmullo más grave. Como si la naturaleza entera supiera que en el corazón del palacio una madre había sido obligada a convertirse, por encima de sí misma, en la encarnación de la justicia. Y así fue como Naturella dejó atrás, al menos por un tiempo, la imagen de la madre deshecha por la tragedia. No porque hubiera dejado de amar. Sino porque amaba demasiado. Renació entonces en ella la Emperatriz. La guardiana de Naverdell. La mujer que aceptó romper su propio corazón con tal de impedir que la oscuridad devorara el mundo.

El Emperador
Capítulo IV

El Emperador

«Elverdaderopodernosereclamaconpalabras,sinocon actosquetransformanelmundo»

Pasaron los días. En el castillo, la sentencia pronunciada por Naturella seguía pesando sobre cada corredor, cada patio y cada salón como una campana cuyo eco no terminaba nunca de extinguirse. El reino continuaba su curso aparente, pero ya nada se sentía del todo en calma. Había orden, sí; había disciplina, había vigilancia, había silencio. Y, sin embargo, en el fondo de todas las cosas vibraba una inquietud profunda, un presagio que nadie lograba nombrar del todo, como si el propio aire del reino supiera que algo irremediable se había puesto en marcha. La noticia llegó una mañana antes del amanecer, fría y cortante como una hoja de acero. Antonio había huido. No esperó a que los guardianes del subsuelo vinieran a buscarlo. Aprovechó una sombra, un cambio de turno, un corredor mal sellado por la humedad, y se deslizó fuera de su encierro sin mirar atrás. Los guardianes que debían custodiarlo fueron encontrados inconscientes, con la mirada perdida y el cuerpo temblando como si hubieran visto algo que no pertenecía a este mundo. Los pasillos que llevaban a su torre estaban vacíos. Y en el suelo de su celda solo quedaban las marcas de unos pies que se habían ido en dirección a las profundidades. Naturella lo supo antes de que nadie se lo dijera. Lo supo de la manera en que las madres saben las cosas que nadie les ha contado todavía: por el aire que de pronto se vuelve más pesado, por el silencio que se vuelve ensordecedor, por algo que se mueve en el cuerpo antes de que la mente alcance a formular la pregunta. Se lo comunicaron de todas formas. Con la delicadeza torpe de quienes llevan una mala noticia a alguien que ya la conoce en lo más profundo de su ser. Ella no respondió. Se quedó inmóvil frente a la ventana durante un tiempo que nadie se atrevió a medir. Su figura, recortada contra la primera luz del alba, parecía una estatua de dolor. Luego, sin decir nada a nadie, sin escoltas y sin estandartes, bajó hacia las regiones profundas siguiendo un impulso que ni la razón ni el deber fueron capaces de detener. Había condenado a Antonio por justicia, pero el amor materno — derrotado en la sala del trono— se había levantado de nuevo en secreto dentro de ella, más antiguo que la ley y más testarudo que la propia muerte. Fue ese amor el que la condujo a buscarlo en las profundidades del abismo. Quería hallarlo antes de que la oscuridad lo reclamara del todo. Quería alcanzarlo antes de que el mal terminara de consumir lo poco humano que quizá aún quedara en él. Quería salvarlo, si todavía era posible. Y luego desapareció. Nadie volvió a verla. Pasaron días. Luego semanas. Naturella no regresó. Cuando la espera se volvió imposible de sostener con silencios, los cinco consejeros tomaron una decisión que habían postergado demasiado: era hora de decirle la verdad a Cristóbal. El príncipe había permanecido en el Castillo de Veronia durante todo ese tiempo, alejado de los eventos que se habían desencadenado en el castillo principal. No sabía que Antonio había huido antes de ser conducido al confinamiento. No sabía que su madre, al enterarse, había bajado sola a las profundidades a buscarlo. Los consejeros lo habían mantenido al margen, esperando noticias que nunca llegaron, y esa espera se había convertido, sin que nadie lo decidiera del todo, en una mentira hecha de silencios. Fue Volques quien pidió que se lo convocara al gran salón, al alba, cuando la luz todavía no se decidía entre la noche y el día. Cristóbal acudió sin demora. Había en su rostro señales de un insomnio largo y devastador. Hacía semanas que vivía recorriendo pasillos, deteniéndose frente a las puertas cerradas, esperando noticias que no llegaban. Había aprendido a leer en los rostros ajenos aquello que nadie se atrevía a decirle. Y por eso, apenas vio a los cinco consejeros reunidos, supo que algo se había roto definitivamente. —Decidlo ya —ordenó, sin sentarse, sin disimular la tensión que le endurecía la voz—. No me hagáis perder fuerzas en rodeos. Los consejeros intercambiaron miradas cargadas de gravedad. Volques dio un paso al frente. —Tu madre ha desaparecido, príncipe. Cristóbal no parpadeó. Pareció, por un segundo, no haber entendido del todo. —¿Qué significa eso? —Supimos demasiado tarde que había partido hacia las profundidades —dijo Morum, grave—. Lo hizo movida por el amor de madre… y quizá también por la esperanza de impedir que tu hermano siguiera causando daño entre los hombres. Cristóbal sintió que el aire abandonaba la sala. Un frío repentino le recorrió la espalda. No preguntó por qué nadie se lo había dicho antes. No preguntó quién la había dejado ir. No preguntó cómo era posible que la emperatriz de Naverdell hubiese desaparecido sin que nadie pudiera seguirle el rastro. Lo único que hizo fue bajar la cabeza, cerrar las manos hasta clavarse las uñas en la piel y respirar como quien está conteniendo a la vez un grito y un derrumbe. Al cabo de unos instantes alzó la vista. Sus ojos brillaban con una determinación feroz. —Entonces iré por ella. Fue una frase sencilla. Sin alardes. Sin dramatismo. Pero en cuanto salió de su boca, todos comprendieron que no era una reacción impulsiva. Era una decisión. —No —dijo Volques. Cristóbal lo miró con una mezcla de incredulidad y rabia contenida. —¿No? —No puedes ir todavía —intervino Petrón, con su voz de roca antigua—. Si desciendes ahora, morirás. O algo peor: serás reclamado por lo mismo que reclamó a tu hermano. —Mi madre está sola en el abismo —replicó Cristóbal, dando un paso al frente—. Mi hermano ha sido tragado por una fuerza monstruosa, y vosotros pretendéis que espere aquí mientras ella arriesga su vida. —No se trata de esperar —dijo Hobler—. Se trata de comprender. —¿Comprender qué? —estalló Cristóbal, con la voz quebrada por la desesperación—. ¿Que el mal existe? ¿Que mi familia está siendo destruida? ¿Que el reino se desmorona mientras deliberamos como ancianos temerosos? Fogos, que casi nunca intervenía, habló entonces con una voz baja y abrasadora. —Comprender de qué clase de mal estamos hablando. El silencio cayó de nuevo sobre el salón, más pesado que nunca. Morum fue quien continuó: —Tu hermano no descendió únicamente a un lugar de castigo. Antes de ser conducido, huyó. Y en las profundidades encontró algo que no debía ser encontrado. Bebió la sangre de Mobir. El nombre pareció oscurecer la sala entera. Cristóbal frunció el ceño. Había oído ese nombre en antiguos relatos, en advertencias inconclusas, en mitos que los niños de Naverdell escuchaban como quien escucha la historia de una sombra imposible. Pero jamás nadie lo había pronunciado con aquella gravedad. —Mobir —repitió en voz baja. Volques estuvo de acuerdo. —Uno de los demonios más poderosos que han existido. Una inteligencia de corrupción. Una fuerza capaz de crecer dentro de la herida de un hombre hasta convertirla en reino. Quien bebe de su sangre no recibe solo poder: se vuelve puerta, instrumento, carne disponible para la maldad. Cristóbal sintió un frío nuevo y profundo recorrerle la espalda. —Entonces Antonio… —Antonio ya no es solo Antonio —dijo Petrón—. En él germinó algo mucho más antiguo, mucho más oscuro. Y si tu madre fue a buscarlo creyendo que aún podía rescatar al hijo, es posible que haya encontrado al demonio. Las palabras golpearon al príncipe con la brutalidad de una verdad desnuda. Durante un largo rato nadie habló. El amanecer comenzó a teñir con luz pálida los ventanales, pero aquella claridad no lograba entrar de verdad en el salón. Todo parecía suspendido en una penumbra moral, en esa zona terrible donde el amor y la catástrofe se confunden. —Aun así iré —dijo Cristóbal al fin, con la mandíbula rígida—. Si él se ha convertido en algo peor, más razón hay para detenerlo. —No —insistió Volques, esta vez con una severidad casi paternal—. Si vas ahora, no sabrás reconocer el mal cuando se disfrace de dolor, de compasión o de justicia. Y ese es precisamente el modo en que actúa la fuerza que habita en Mobir: no entra solo por la violencia, sino por la grieta interior. Cristóbal cerró los ojos, desesperado. —¿Qué queréis de mí? —Que conozcas al hombre —respondió Morum. El príncipe abrió los ojos de golpe. —¿Al hombre? —Sí —continuó Morum—. No al habitante de los cuentos. No al enemigo abstracto. No al ser que desde aquí juzgamos a la distancia. Debes conocer la maldad del hombre desde dentro de su mundo. Debes ver cómo la ambición lo corrompe, cómo el poder lo enceguece, cómo la envidia lo devora, cómo la violencia se instala en lo cotidiano hasta parecer natural. Debes aprender la forma en que la oscuridad crece en los corazones humanos si quieres, algún día, enfrentarte a Mobir sin convertirte en lo mismo que combates. Cristóbal retrocedió un paso. —Me pedís que abandone Naverdell cuando mi madre está perdida y mi hermano se ha transformado en una abominación. —Te pedimos que te prepares para no perderlo todo —dijo Hobler con voz contenida—. Si bajas al abismo sin haber conocido el mundo del hombre, Mobir encontrará en ti un camino fácil. Porque el mal que lleva tu hermano no se combate solo con valentía. Se combate con conocimiento. Con resistencia. Con cicatrices. Petrón avanzó entonces hacia él. —Debes cruzar el Portal de Badum e ir al mundo de los humanos. Allí conocerás su grandeza y su miseria. Verás cómo aman y cómo destruyen. Comprenderás por qué el mal echa raíces en ellos con tanta facilidad. Aprenderás a distinguir la culpa del dolor, la ambición del hambre, la crueldad del miedo. Solo entonces podrás regresar a Naverdell y descender a las profundidades no como un hijo desesperado, sino como aquel que puede enfrentarse a la fuente misma de la corrupción. Cristóbal no respondió de inmediato. Se acercó lentamente a una de las ventanas del gran salón. Afuera, el reino despertaba: los bosques extendían su verdor antiguo, el río Daroma centelleaba a lo lejos, y las torres de los cinco territorios parecían custodiar el horizonte con un silencio sagrado. Todo aquello podía perderse. Pensó en su madre Naturella descendiendo sola hacia la negrura. Pensó en Antonio, su hermano, alguna vez niño, luego príncipe, luego asesino, ahora quizá huésped de un demonio. Pensó en su padre el Rey Marcos. Pensó en sí mismo, siempre a la sombra de acontecimientos demasiado grandes, obligado de pronto a decidir. —¿Y si me niego? —preguntó sin volverse. —Entonces irás al abismo por amor —dijo Volques—, pero no volverás. Y tu muerte no salvará a tu madre ni detendrá a Mobir. Las palabras lo atravesaron como una sentencia. Cristóbal permaneció inmóvil durante un largo momento. Cuando habló de nuevo, su voz había cambiado. Ya no era la del hijo que implora ni la del príncipe que protesta. Era una voz todavía joven, sí, pero endurecida por el peso del deber. —Si parto al mundo de los hombres… ¿qué ocurrirá con Naverdell? Fogos levantó la cabeza. —Naverdell resistirá si tiene guardianes. Entonces Cristóbal se volvió hacia ellos. Había dolor en su rostro, y rabia, y miedo. Pero por primera vez había también una claridad naciente, una forma temprana de autoridad. —Entonces escuchadme —dijo—. Si he de partir, no dejaré a esta tierra sin orden. Desde este día, cada uno de vosotros asumirá una jurisdicción solemne sobre los territorios y fuerzas de Naverdell. Ya no seréis solo consejeros. Seréis reyes custodios, guardianes de los elementos y de las fronteras. Volques, Morum, Petrón, Hobler, Fogos: velaréis sobre este reino hasta mi regreso. Los cinco hombres se quedaron sin palabras. Cristóbal continuó, con una firmeza que llenaba el salón: —Gobernaréis no para ocupar mi lugar, sino para preservarlo. Mantendréis al mal alejado del hombre cuanto os sea posible. Defenderéis los cinco elementos de la vida. Contendréis la sombra mientras yo aprendo aquello que debo aprender. Y cuando vuelva… cuando vuelva, no volveré solo como hijo de Naturella, sino como quien ha visto el mal de cerca y no ha sido vencido por él. Volques inclinó la cabeza. Petrón apoyó un puño sobre su pecho. Morum cerró los ojos un instante, como quien reconoce al fin que el muchacho se ha convertido en otra cosa. —Y cuando regrese —añadió Cristóbal, con una firmeza ya imposible de confundir con impulso—, iremos a buscar a mi madre. Y enfrentaremos juntos a Mobir. La decisión quedó sellada en el aire. Aquel fue el día en que Cristóbal empezó a convertirse en emperador. No porque recibiera una corona. No porque se sentara en el trono. No porque el reino lo proclamara aún con ceremonias y trompetas. Sino porque aceptó el peso del tiempo, del sacrificio y de la espera. Porque comprendió que hay destinos que no se conquistan corriendo hacia ellos, sino preparándose para sobrevivirles. Y así, mientras en lo más profundo del abismo una sombra antigua seguía creciendo, y mientras Naturella permanecía perdida en regiones donde la luz no recordaba ya su nombre, el heredero de Naverdell se dispuso a abandonar su mundo para conocer la oscuridad de los hombres. Solo entonces, algún día, podría regresar. Solo entonces estaría listo para mirar a Mobir sin ser devorado por él.

El Sumo Sacerdote
Capítulo V

El Sumo Sacerdote

«Soloquienconoceelmaldesdeadentropuedecombatirlo desdelaluz»

Naturella había bajado sola a las profundidades, impulsada por ese amor de madre que se niega a aceptar la derrota. Bajó con la esperanza desesperada de encontrar aún algo rescatable en su hijo. Pero lo que la esperaba en el fondo del abismo ya no era Antonio. Esto es lo que había ocurrido. En la celda más profunda de la torre interior, Antonio permaneció sentado durante horas, envuelto en una penumbra espesa y fría. Las lágrimas rodaban silenciosas por sus mejillas, pero su mandíbula estaba tan apretada que parecía tallada en mármol. Por fuera era hielo. Por dentro era un volcán a punto de estallar. Lloraba de pura frustración. «¿Por qué siempre él? ¿Por qué Cristóbal recibe todas las miradas de orgullo, todas las caricias, toda la luz… y yo solo las sobras?» Recordaba cada escena con una claridad dolorosa: su madre abrazando a Cristóbal con esa ternura que a él nunca le dedicó por completo, su padre enseñándole técnicas de espada solo a su hermano mellizo, los consejeros susurrando que Cristóbal sería el gran rey. Antonio siempre había sido el segundo. El oscuro. El que generaba desconfianza. El que nunca era suficiente. Esa noche, mientras las lágrimas seguían cayendo, algo se quebró dentro de él de forma irreversible. Ya no quería ser el hijo tolerado. Prefería ser el hijo temido. Prefería ser monstruo antes que seguir mendigando un amor que nunca llegaría. Se limpió el rostro con rabia, respiró hondo y se levantó. Su expresión volvió a ser de piedra. El llanto quedó encerrado donde nadie pudiera verlo. Y comenzó a planear su huida con una frialdad aterradora. La Huida La noche elegida fue especialmente oscura y ventosa. El viento aullaba entre las almenas como un lamento fúnebre. Antonio esperó con paciencia de depredador. El corredor principal estaba custodiado por dos minotauros veteranos: criaturas enormes, de pelaje oscuro y músculos como rocas, armados con hachas pesadas y sentidos agudizados por décadas de guerra. Eran casi imposibles de sorprender. Antonio salió de las sombras y se plantó frente a ellos. Sus ojos brillaron con un poder oscuro que llevaba años cultivando en secreto. No dijo una palabra. Solo los miró fijamente, dejando que su voluntad invadiera sus mentes. El primer minotauro gruñó y levantó el hacha, pero su brazo se detuvo en el aire. Sus ojos se nublaron. La voluntad de Antonio entró como un cuchillo caliente en su cerebro. El segundo intentó resistir, sacudiendo la cabeza con furia y rugiendo, pero Antonio intensificó la mirada. El minotauro cayó de rodillas, respirando con dificultad, babeando. —Dormid —susurró Antonio con voz ronca y cargada de odio. Los dos gigantes se desplomaron inconscientes con un golpe sordo. Más adelante encontró tres guardias elfos. A ellos los durmió con un simple gesto de la mano y un susurro cargado de poder. Conocía sus mentes débiles. Las había estudiado durante meses. Así, paso a paso, fue abriéndose camino fuera de la torre. Cada guardia que caía aumentaba su sensación de poder. Por primera vez en su vida se sentía verdaderamente fuerte, temible, superior. Cuando finalmente cruzó la última puerta y salió al bosque nevado, ya no estaba solo. Docenas de duendes malévolos lo esperaban arrodillados en la nieve. Sus ojos amarillos brillaban de devoción fanática. Detrás de ellos, sombras más oscuras, trasgos, goblins, nagas de los pantanos y criaturas retorcidas salían de entre los árboles y se inclinaban hasta tocar el suelo con la frente. —Mesías… —susurraron todos al unísono—. Hijo del Mal… El prometido ha llegado. Para las fuerzas oscuras de Naverdell, Antonio no era solo un príncipe traidor. Era el Mesías del Mal. El hijo de Naturella que había elegido la sombra. El recipiente perfecto que Mobir había esperado durante siglos. Todos los seres de la noche sentían su llegada como una señal sagrada, como el cumplimiento de una antigua profecía oscura. Uno de los duendes más antiguos, con cuernos retorcidos y piel cubierta de musgo negro, se acercó arrastrándose por la nieve. —Te hemos esperado durante mucho tiempo, Amo. El Abismo te llama. Ven. Te guiaremos hasta él. Todos los hijos de la noche te rendimos pleitesía. Antonio los miró desde arriba. Por un instante sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Pero luego levantó la barbilla y aceptó. —Llevadme. Y así comenzó el verdadero descenso. Guiado por los duendes que corrían delante como pequeñas luces malignas, Antonio se internó en la antigua senda prohibida de Garolmapu. A su paso, más y más criaturas salían de las sombras para rendirle pleitesía: lobos negros con ojos rojos, espíritus errantes, trolls menores que se arrodillaban torpemente, incluso algunas brujas de los pantanos que murmuraban bendiciones oscuras. —Mesías… —Hijo prometido… —Mobir despierta a través de ti… —Que la oscuridad reine por fin… Antonio caminaba con la mandíbula apretada, pero por dentro las lágrimas seguían cayendo en silencio. Sentía el peso de esa reverencia oscura. Una parte de él se deleitaba en ella. Otra parte, la más profunda y asustada, tenía terror de lo que estaba despertando. Pero no se detuvo. El Descenso Las profundidades lo tragaron con lentitud cruel. El frío era tan intenso que parecía vivo, metiéndose bajo la piel y calando los huesos. La oscuridad era tan absoluta que sus propios pasos sonaban como los de un extraño. Antonio avanzaba a veces caminando, a veces arrastrándose por galerías tan estrechas que la roca le raspaba la piel hasta sangrar. Sus manos estaban en carne viva. Sus rodillas destrozadas. El hambre le roía las entrañas como un animal vivo. Y aun así, lloraba. Lloraba en silencio mientras bajaba, maldiciendo entre dientes. Lloraba por el niño que nunca fue suficiente. Lloraba por el odio que lo consumía. Lloraba porque, a pesar de todo, una pequeña parte de él aún quería volver y pedir perdón. Los murmullos del abismo lo acompañaban constantemente, dulces y venenosos: —Sigue… —Más abajo… —Ellos nunca te quisieron como a él… —Libérame… y serás el primero por fin. Antonio les respondía. A veces les gritaba. A veces les suplicaba que callaran. Ya no sabía dónde terminaba él y dónde empezaba la oscuridad. La frustración era su veneno más letal. Más que el odio. El odio quema rápido. La frustración pudre lentamente, día tras día, año tras año. Los días se volvieron semanas. O tal vez meses. El tiempo había perdido todo sentido. La oscuridad le arrancaba recuerdos y se los devolvía deformados. Veía a su madre abrazando a Cristóbal. Veía a su padre enseñándole solo a él. Veía las miradas de lástima de los consejeros. Cada recuerdo era una puñalada. Y cada puñalada alimentaba al ser que crecía dentro de él. Finalmente, después de un tiempo imposible de medir, llegó a la cámara prohibida. La fuente de mármol blanco brillaba obscenamente en medio de tanta negrura. El líquido negro dentro de ella palpitaba como un corazón enfermo. Antonio cayó de rodillas frente a ella, exhausto, temblando, con el rostro cubierto de lágrimas y suciedad. La voz habló con una dulzura aterradora: —Has sufrido mucho, mi hijo. Has sido rechazado. Has sido humillado. Libérame… y nunca volverás a sentirte pequeño. La lucha interior fue brutal. Antonio lloró con más fuerza, gritando de miedo y rabia al mismo tiempo. Pero al final ganó la frustración acumulada de toda una vida. Se inclinó y bebió. El líquido explotó en su interior como fuego helado y veneno dulce. Le quemó la garganta, le recorrió las venas como ácido y miel negra. Cayó al suelo convulsionando, vomitando y riendo al mismo tiempo en una mezcla demencial de agonía y éxtasis. Y entonces comenzó la transformación. Fue lenta. Atroz. Cada segundo parecía una eternidad. Primero los huesos: uno por uno se quebraron con crujidos secos y horribles. La columna se arqueó con violencia mientras algo inmenso despertaba dentro de su carne. La piel se rasgó en líneas negras y de ellas brotaron escamas ásperas y frías. Sus manos se alargaron dolorosamente, los dedos se curvaron en garras afiladas. El pecho se expandió como si tuviera que contener dos almas. Sus ojos ardieron en un rojo profundo, antiguo, inhumano. Gritó hasta quedarse sin voz. Gritó mientras sus dientes se afilaban. Mientras sus músculos se hinchaban bajo la piel desgarrada. Mientras su rostro se deformaba en algo que conservaba solo un lejano eco de humanidad. El dolor era tan brutal que cualquier hombre habría suplicado la muerte. Pero Antonio no murió. La sangre que había bebido lo mantuvo consciente en ese umbral infernal, obligándolo a sentir cada segundo de su propia destrucción y renacimiento. Mientras su cuerpo se transformaba, la lucha interior alcanzó su punto máximo. Una parte de él gritaba de terror y pedía ayuda. La otra parte, la llena de frustración acumulada, abrazaba el poder con desesperación. —Esto es lo que soy —se repetía entre espasmos—. Esto es lo que siempre fui. Cuando finalmente se incorporó junto a la fuente, temblando, cubierto de sangre y fluidos negros, ya casi no quedaba nada del príncipe que había sido. Era más alto. Más vasto. Más oscuro. Un cuerpo diseñado para la devastación. Un rostro donde los rasgos humanos persistían solo como una burla cruel. Miró sus manos transformadas. Miró su reflejo distorsionado en el líquido negro. Y entonces rio. Una risa profunda, gutural, victoriosa. La risa de quien ha renunciado a todo lo humano y cree, en su locura, que ha ganado el universo. La caverna entera respondió a esa risa. Las paredes temblaron. Los musgos negros se inclinaron. Las criaturas del subsuelo huyeron aterrorizadas. Mobir había encontrado un cuerpo digno. Pero ese cuerpo todavía lloraba por dentro. Desde las profundidades, la corrupción comenzó a extenderse como veneno lento a través de las venas del mundo. No solo en la tierra oscura, sino en los corazones de los hombres. Allí donde existía la más mínima grieta —un rencor guardado, una envidia callada, un deseo insaciable de poder— Mobir susurraba con paciencia infinita. No creaba el mal. Solo lo regaba. Lo alimentaba. Lo convertía en destino. Porque el abismo más peligroso no siempre nace debajo de la tierra. A veces nace en el corazón de un hombre que prefiere convertirse en monstruo antes que reconocer su propia culpa. Y cuando esa grieta se abre… el demonio no necesita forzar la puerta. Solo espera a ser invitado.

Los Enamorados
Capítulo VI

Los Enamorados

«Elcorazóneligesucaminoantesdequelamentecomprenda eldestino»

Cristóbal se detuvo en medio del camino con una mano apoyada en el estómago. —Tengo que parar —dijo—. Ahora. Lohejtell abrió el morral sin prisa y sacó un manojo de yerbas. —Toma esto —dijo—. Te ayudará. Cristóbal tomó las hojas sin preguntar demasiado y desapareció entre los arbustos. Lo que siguió duró varios minutos. Sonidos poco dignos llenaron el bosque. Cristóbal, desde su escondite, solo podía pensar en lo absurdo de su situación: había intentado suicidarse, había despertado en otro mundo, y ahora estaba agachado detrás de un arbusto en un reino mágico sufriendo una emergencia estomacal. Beroom se alejó unos pasos con los brazos cruzados. Después de un momento que incluyó algunos sonidos que el bosque de Naverdell probablemente no había escuchado antes, dijo en voz alta sin dirigirse a nadie en particular: —¿Qué comen los humanos? —De todo —dijo Lohejtell. —Huele a que comen cosas que no deberían. —Calla —dijo Lohejtell, aunque se notaba que contenía una sonrisa. Cuando Cristóbal volvió al camino, pálido y con la dignidad apenas recuperada, miró las hojas que le sobraban en la mano y se las llevó a la boca para terminarlas. —Esto es realmente extraño, muy poroso, pero al menos tiene buen aroma —dijo Cristóbal. Beroom soltó una carcajada enorme que hizo temblar las ramas cercanas. Cristóbal lo miró. —¿Qué tiene de gracioso? Beroom intentó responder pero la risa no lo dejaba. Se dobló, sujetándose el estómago con las manos enormes. Lohejtell carraspeó. —Las hojas de Yllantra —dijo con una calma que era casi ofensiva— son para limpiarte. Ya sabes. La parte que acabas de usar. Cristóbal tardó un segundo en procesar eso. —¿Me diste papel de baño? —En Naverdell lo llamamos de otra manera —dijo Lohejtell—. Pero sí, esencialmente. Beroom se dobló de risa de nuevo. Era una risa enorme, profunda, del tipo que tienen los minotauros cuando algo les parece genuinamente gracioso. —¡Se comió las hojas! —logró decir entre carcajadas—. ¡El príncipe heredero se comió las hojas para limpiarse el culo! Cristóbal miró al gnomo con una expresión que prometía que esto no iba a olvidarse en mucho tiempo. —No especifiqué el modo de uso —dijo Lohejtell, con una serenidad impecable—. Eso es verdad. Lo asumo. —¿Lo asumes? —Completamente. Beroom seguía riéndose. Cristóbal decidió que la única respuesta posible era seguir caminando y no hablar durante un rato. Lo cual hizo. Fue Lohejtell quien rompió el silencio, con esa manera suya de introducir los temas como quien abre una ventana sin anunciarla. —¿Has estado enamorado alguna vez? Cristóbal lo miró. —¿Me preguntas eso ahora? ¿Después de lo que acaba de pasar? —Es un buen momento —dijo Lohejtell—. Acabas de soltar un peso considerable. El corazón también debería poder soltar algo. Beroom emitió ese sonido suyo que era mitad gruñido, mitad risa contenida, aunque todavía con rastros de la anterior. —El amor —dijo el minotauro—, es innecesario. Yo tengo una novia en cada castillo y más de cincuenta hijos repartidos por Naverdell. Nadie llora. Nadie espera. Todo el mundo sabe exactamente cómo están las cosas. —¿Cincuenta hijos? —dijo Cristóbal, aún rojo de vergüenza. —Cuarenta y ocho —corrigió Beroom después de pensarlo un momento—. Los otros dos no estoy completamente seguro. —¿Y los conoces a todos? —A la mayoría —dijo Beroom, con una tranquilidad que sugería que la mayoría le parecía un número perfectamente aceptable. —La mejor relación —concluyó—, es no tener una relación. —Eso lo dice alguien que tiene cuarenta y ocho — observó Cristóbal. Beroom consideró eso un momento. —Eso es diferente —dijo, y siguió caminando como si el argumento estuviera cerrado. Lohejtell negó levemente con la cabeza y se volvió hacia Cristóbal. —¿Y bien? ¿Has estado enamorado? —Creí estarlo —dijo Cristóbal—. Pero si lo que sentí era amor de verdad, no fue correspondido. Y si no era amor de verdad, no sé qué era. —Lo que describes suena a alguien que entregó todo sin recibir nada —dijo Lohejtell—. Eso no es amor. Es generosidad mal dirigida. —Muy reconfortante. —No pretendo reconfortarte. Pretendo que entiendas algo. Quizás nunca has conocido el amor verdadero. O quizás ya lo conoces y todavía no lo sabes. —¿Eso qué significa? —Que cuando el amor verdadero toca el corazón, el camino se vuelve uno solo. No dos caminos que se cruzan. Uno. Beroom, desde adelante, emitió una risa breve. —Muy bonito —dijo—. Mientras tanto yo tengo cuarenta y ocho hijos y duermo bien todas las noches. —Tú duermes bien —dijo Lohejtell— porque no piensas demasiado. —Exactamente —dijo Beroom, sin entender que no era un cumplido. Muy lejos de allí, en un lugar donde la luz nunca había llegado ni llegaría, algo se movía. El General Zamuro avanzaba por un corredor de piedra negra con la cabeza ligeramente inclinada. Era un Eputroll de rango: cuerpo ancho y bajo, sin pelo, con una piel grisácea que parecía siempre húmeda. El hocico largo y chato, colmillos que sobresalían, dos cuernos cortos y ojos pequeños y rojos que no necesitaban luz para ver. No era la criatura más poderosa del ejército de Mobir. Era la más metódica. Calculaba. Esperaba. Sus soldados lo temían precisamente porque su crueldad nunca era impulsiva. Al fondo del corredor había una sala enorme y oscura. En el centro, sobre un trono hecho de huesos, estaba Mobir. Mobir no necesitaba imponerse con tamaño. Su presencia sola bastaba. Los brazos cubiertos de una sustancia oscura, los ojos sin color que absorbían todo. Zamuro se inclinó. —Maestro. Se encuentran acampando en el Valle de Piedra. Los cuatro Croomos están listos. Con su orden, podemos acabar con ellos esta noche. Mobir permaneció inmóvil un largo momento, dejando que el silencio hiciera su trabajo. —Así que el hijo de Naturella ha llegado —dijo al fin, con voz baja y calmada—. Los Brujos de Connesis tenían razón. Este es el año lunar. Se puso de pie lentamente. —Un humano —dijo, y en esa palabra había un desprecio antiguo—. El hombre ha perdido la fe. Sus guerras, su hambre, sus líderes que venden a sus pueblos… todo eso es obra mía. Y son tan pocos los que todavía luchan por algo más grande que sí mismos. Caminó alrededor del trono. —Yo también tomé una decisión una vez. Abandoné el peso inútil del amor, de la lealtad, de las cadenas que los hombres llaman vínculos. Lo cambié por algo que no se pierde. Que no se traiciona. —¿El poder, Maestro? Mobir lo miró. —El poder no tiene familia. No tiene dudas. Por eso gana siempre. Zamuro inclinó la cabeza. —¿Y el humano? —Envía los Croomos —dijo Mobir—. Sea mi supuesto hermano o no, no llegarán al castillo. Los quiero muertos a todos. No me falles, Zamuro. Zamuro salió sin hacer ruido. Mobir volvió a sentarse. No con satisfacción. Con la calma absoluta de quien nunca ha considerado seriamente la posibilidad de perder. Y esperó. De vuelta en el bosque, los tres seguían caminando. El silencio entre ellos tenía ahora una calidad diferente. Más liviana. —Cuando dijiste que quizás ya conozco el amor y no lo sé —dijo Cristóbal—. ¿A qué te referías exactamente? Lohejtell caminó unos pasos antes de responder. —Me refería a que hay personas que uno reconoce antes de conocerlas. No con la mente. Con algo más antiguo. —Hizo una pausa—. Y cuando eso ocurre, el camino se vuelve uno solo aunque uno todavía no lo sepa. Cristóbal no respondió. Pero algo en su interior se movió con esa quietud específica de las cosas que todavía no tienen nombre pero que ya existen. Beroom, desde adelante, habló sin volverse. —La mejor relación —repitió, con absoluta convicción— es no tener una relación. —Ya lo dijiste —dijo Cristóbal. —Lo repito porque es importante —dijo Beroom. —Beroom —dijo Lohejtell. —¿Qué? —Tienes cuarenta y ocho hijos. —Cuarenta y ocho pruebas —dijo Beroom, sin perder la compostura— de que mi sistema funciona perfectamente. Cristóbal miró a Lohejtell. Lohejtell miró el cielo con la expresión de alguien que lleva siglos rodeado de personas que no escuchan sus mejores consejos y que ha aprendido a encontrar en eso cierta ternura. El cielo sobre Naverdell comenzaba a aclarar muy despacio, como si también él estuviera tomando una decisión.

El Carro
Capítulo VII

El Carro

«Avanzarsinsabereldestinoeselactodefemásgrandeque existe»

La luz del atardecer teñía el valle de un naranja cálido cuando los tres se detuvieron a descansar. Lohejtell trazó un mapa en la tierra con una rama, marcando líneas y puntos con la precisión de quien conoce el territorio de memoria. Beroom se había sentado sobre una roca plana masticando algo que Cristóbal prefirió no identificar. Cristóbal, todavía con las piernas cansadas, se acercó a mirar el dibujo sobre el suelo. —Tenemos dos caminos —dijo el gnomo—. El primero cruza directamente por el valle. Es más rápido, pero nos deja expuestos. —¿Expuestos a qué? —preguntó Cristóbal. —A lo que no queremos encontrar —respondió Lohejtell, sin elaborar más. —El segundo bordea la colina. Más seguro en visibilidad, pero el sendero es angosto. En algunos tramos, caerse significa caer más de doscientas lanzas de altura. —¿Cuánto es eso en términos que pueda entender? —Mucho —dijo Beroom, sin dejar de masticar. —¿Y el castillo? Lohejtell señaló hacia la caída del sol. —Detrás de esas colinas amarillas hay montañas verdes. Detrás de esas montañas, otro valle. Al final, al noreste, en la colina más alta de Naverdell, está el castillo. Cinco días de viaje, aproximadamente. Cristóbal miró la distancia. —Dos a tres días —dijo. —Si no hay contratiempos —aclaró Lohejtell. Beroom masticó más despacio. Ninguno añadió nada más sobre los contratiempos. La noche llegó despacio. Cristóbal dormía con la espalda contra un tronco. Lohejtell estaba sentado cerca, con los ojos cerrados pero no del todo dormido. Beroom no dormía. Nunca dormía del todo en terreno abierto. Fue él quien notó el silencio primero. No un sonido. Una ausencia de sonido. El bosque de Naverdell por la noche tiene su propio ruido constante: insectos, viento, animales lejanos. Cuando ese ruido se detiene de golpe, es porque algo lo apagó. Beroom se puso de pie sin hacer ruido. —Lohejtell. El gnomo abrió los ojos. —Cuatro pares —dijo Beroom—. Entre los árboles. Lohejtell miró. Los vio. Cuatro pares de ojos rojos, inmóviles, brillando como brasas. Sin parpadear. Sin moverse. —Croomos —dijo en voz baja—. Beroom. El humano. Ahora. Beroom se arrodilló junto a Cristóbal. —Despierta. —Déjame —murmuró Cristóbal. —Cristóbal. El tono lo despertó. Vio la expresión del minotauro y se incorporó sin decir nada. —Súbete. Ahora. Sin ruido. Y entonces los Croomos atacaron. Salieron todos al mismo tiempo. Cuatro cuerpos enormes rompiendo el bosque como si los árboles fueran papel, aplastando la nieve con un tronar de patas que hacía vibrar el suelo. Sus fauces abiertas despedían vapor en el aire helado. Sus ojos rojos no dejaban de brillar. —¡CORRE! —gritó Lohejtell. Beroom ya corría. Cristóbal se aferró al lomo del minotauro con ambas manos, los dedos hundidos en el pelaje oscuro, los nudillos blancos. El viento le golpeaba la cara. El suelo pasaba debajo a una velocidad imposible para una criatura de ese tamaño. —¡¿QUÉ SON?! —gritó. —¡CROOMOS! —respondió Lohejtell desde su hombro, con la voz sacudida por el galope—. ¡CUERPO DE LOBO, TAMAÑO DE CABALLO! ¡NO LOS MIRES DIRECTAMENTE! —¡¿POR QUÉ?! —¡TE QUEDAS PARALIZADO! —¡ESO ES LO MÁS INJUSTO QUE HE ESCUCHADO EN MI VIDA! El primer Croomo se lanzó hacia las patas traseras de Beroom. Sus fauces se cerraron a centímetros del tobillo, arrancando solo pelo y aire. Beroom rugió y aceleró. —¡ME ACABAN DE INTENTAR MORDER LAS PATAS! —¡SIGUE CORRIENDO! —gritó Lohejtell. —¡ESO ESTOY HACIENDO! El sendero se estrechó. Pared de roca a la izquierda. Vacío a la derecha. Las piedras saltaban bajo las patas de Beroom y desaparecían en la oscuridad del precipicio. El silencio antes del impacto abajo duraba demasiado. Cristóbal miró hacia abajo. Error. El abismo lo tragaba todo antes de que la vista pudiera llegar al fondo. Se aferró al cuello de Beroom con los brazos, casi cortándole la respiración. —¡ME ESTÁS ESTRANGULANDO! —gruñó el minotauro sin reducir la velocidad. —¡PREFIERO ESTRANGULARTE A CAER! —¡SON OPCIONES QUE NO SE EXCLUYEN! Los Croomos ganaban terreno. El primero corría casi de costado, las garras arañando la roca para mantener el equilibrio en el sendero angosto. Sus fauces se abrían y cerraban a menos de quince metros. Luego doce. Luego diez. Entonces, desde una roca saliente sobre el camino, algo saltó. Un Eputroll. Enorme. Gris. Sin aviso. Cayó desde arriba directamente sobre la trayectoria de Beroom, los brazos abiertos, los colmillos al descubierto, con el peso de algo que no necesita ser elegante para matar. Beroom lo vio en el último instante. Giró el cuerpo en plena carrera. Un giro brutal, imposible para algo de su tamaño. El Eputroll pasó rozando y aterrizó en el suelo donde Beroom había estado una fracción de segundo antes, levantando una nube de piedras que cayeron al precipicio. Con el giro, Cristóbal perdió el agarre con una mano. El cuerpo entero quedó suspendido sobre el abismo. Una sola mano aferrada al cuello de Beroom. Las piernas colgando sobre la nada. El viento tirando hacia abajo. —¡BEROOM! —¡LO VEO! —¡ME CAIGO! —¡NO TE SUELTES! —¡NO ES UNA DECISIÓN QUE ESTÉ TOMANDO VOLUNTARIAMENTE! Beroom bajó la cabeza con violencia, creando el ángulo justo. Cristóbal recuperó el agarre con la otra mano y se aplastó contra el lomo del minotauro como si nunca fuera a separarse de él. —¡GRACIAS! —¡DE NADA! ¡AGÁRRATE MEJOR! —¡ESTOY INTENTANDO NO MORIR, DAME UN SEGUNDO! El camino se ensanchó brevemente. Y luego se cortó. Adelante, nada. Solo el borde del acantilado y más allá, la oscuridad completa del valle. Beroom frenó en seco. Un derrape brutal que levantó piedras en todas direcciones y lo dejó con las patas delanteras a menos de un metro del borde. Cristóbal se inclinó hacia adelante por la inercia, los ojos desorbitados mirando el precipicio directamente debajo de él. El abismo era insondable. —No —dijo Beroom, con una calma absolutamente demencial dada la situación—. No salto eso. —¡Son doscientas lanzas! —confirmó Lohejtell. —¡LO SÉ! ¡POR ESO NO SALTO! Detrás, el tronar de las patas. El primer Croomo dobló la curva. Sus ojos rojos brillaron con el brillo de algo que sabe que ha atrapado lo que perseguía. Los otros tres aparecieron detrás. El Eputroll, recuperado, cerraba el paso. Cinco contra tres. Con un precipicio de doscientas lanzas por delante. Cristóbal miró el abismo. Miró a Lohejtell. El gnomo tenía los ojos cerrados, los labios moviéndose sin parar, las palmas abiertas hacia el cielo con una luz blanca creciendo entre sus dedos. —¿QUÉ ESTÁS HACIENDO? —susurró Cristóbal. —Un hechizo —respondió Beroom sin apartar los ojos de los Croomos—. No lo interrumpas. —¿UN HECHIZO DE QUÉ? —No lo interrumpas. Los Croomos avanzaban. Lentos ahora. Con la certeza de quien ya no necesita apresurarse. El primero abrió las fauces mostrando tres filas de dientes. Su aliento llegaba hasta ellos cargado de algo que olía a tierra húmeda y a algo peor. El Eputroll rugió desde atrás. —¡LOHEJTELL! —gritó Cristóbal. —¡SALTA! —respondió el gnomo, sin abrir los ojos—. ¡AHORA! —¿QUÉ?! —¡AHORA! Beroom tomó impulso. Las piedras del borde crujieron bajo su peso. Y saltó. El vacío los recibió. Cristóbal cerró los ojos. El viento le golpeó la cara con una fuerza que le impidió respirar. Sintió el cuerpo de Beroom tenso como una roca, cayendo, sin nada alrededor salvo oscuridad y aire y la certeza de que doscientas lanzas de altura era exactamente tanto como sonaba. Arriba, el rugido de los Croomos en el borde. Luego el silencio del vuelo. Cayeron. Y cayeron. Y entonces algo los detuvo. No fue el suelo. Fue blando. Elástico. Rebotaron una vez, dos veces, y luego la red cedió y los tres rodaron cuesta abajo por una pendiente de tierra y piedra durante cincuenta metros hasta que el terreno se aplanó y los detuvo. Silencio. Cristóbal estaba boca arriba mirando el cielo. Respiraba. —¿Qué fue eso? —preguntó, sin levantarse. Lohejtell estaba sentado a su lado, sacudiéndose el polvo con una tranquilidad casi ofensiva. —Una Acromántula. Una araña grande que vive en las cuevas del valle. El hechizo la convenció de que algo comestible iba a caer en esa dirección. Cristóbal procesó eso. —Me usaste de cebo para una araña gigante. —Te usé de cebo para salvarte la vida. Hay una diferencia. —¿Y si nos hubiera comido? —No comió —dijo Lohejtell, con la lógica de quien juzga los planes únicamente por sus resultados. Beroom miró hacia arriba. Las siluetas de los Croomos eran apenas visibles en el borde. Inmóviles. No saltaron. —No bajarán —dijo—. Ninguna criatura de Mobir arriesga la muerte por cumplir una orden. Lohejtell recogió su bastón. —El hechizo les dio nuestra ubicación a las fuerzas de Mobir. Saben dónde estamos. —Estupendo —dijo Cristóbal. —Sí. Así que es mejor que no sigamos aquí. Cristóbal miró el cielo. Luego el acantilado. Luego al gnomo que esperaba como si saltar doscientas lanzas al vacío fuera completamente normal. Se levantó. Le dolía todo. Pero se levantó. —Está bien —dijo—. Sigamos. Y los tres se internaron en la oscuridad del valle, con los Croomos mirando desde arriba y la noche de Naverdell abriéndose ante ellos con esa calidad suya de no prometer nada pero de contener siempre algo más de lo que uno esperaba encontrar.

La Fuerza
Capítulo VIII

La Fuerza

«Laverdaderafuerzanorompelatormenta;laabrazayla transforma»

Mientras los tres caminaban por el valle con cautela, Lohejtell comenzó a hablar de Naverdell de una manera diferente a como lo había hecho hasta entonces. No con la gravedad del relato histórico ni con la urgencia de quien explica una amenaza. Con la voz tranquila de quien describe un lugar que conoce bien y que le importa. Le habló a Cristóbal del reino tal como era ahora. Cinco castillos distribuidos por el territorio, cada uno guardado por uno de los reyes que Cristóbal había convertido en custodios antes de partir al mundo de los hombres. Al suroeste, el castillo de Daliov, donde gobernaba el Rey Fogos, guardián del elemento tierra. Al este, Erona, bajo el mando del Rey Morum, guardián del agua. Al noreste, Absdan, donde el Rey Petrón custodiaba el aire. Al sur, Veronia, el destino inmediato de los tres, donde el Rey Volques gobernaba sobre el fuego. Y en el centro de todo, en la colina más alta de Naverdell, el castillo principal, donde el Rey Hobler esperaba protegido por los otros cuatro reinos que lo rodeaban como un escudo vivo. —¿Y el castillo central está a salvo? —preguntó Cristóbal, frotándose las manos para intentar entrar en calor. —Por ahora —dijo Lohejtell—. Hobler tiene cuatro puestos avanzados alrededor del castillo, cada uno formado por elfos y centauros. Son los ojos del reino. Si algo se mueve hacia el centro, ellos lo verán primero. —¿Y los demás castillos? El gnomo tardó un momento en responder. —Mobir ha estado moviéndose. Hace días que algunos poblados fueron arrasados. Aldeas de gnomos, de faunos, de duendes. Los sobrevivientes huyeron a los castillos más cercanos. —Hizo una pausa—. Naverdell lleva mucho tiempo sin guerra real. Muchos de los que ahora tienen que defender sus hogares nunca han combatido. Razas enteras que antes eran guerreras emigraron hace siglos, cuando el reino se dividió, y no volvieron. Lo que queda es suficiente para resistir un tiempo. Pero no para ganar. —¿Y nosotros? —preguntó Cristóbal, con la voz cargada de cansancio y una nota de ironía. —Nosotros llegamos a tiempo o no llegamos —dijo Lohejtell, con una simplicidad que no pretendía ser dramática pero que lo era—. Eso es todo. Cristóbal caminó unos pasos, mirando el suelo nevado. —¿Sabes lo que me resulta extraño? —dijo al fin. —Muchas cosas, imagino —respondió Beroom desde adelante, con su tono seco y cortante. —Que me importe. —Hizo una pausa—. Que todo esto me importe, aunque no debería. Aunque todavía no sé con certeza si es real o si soy un hombre que se está muriendo de frío en una cabaña del sur de Chile y su cerebro está inventando esto para darle sentido a los últimos minutos. Nadie respondió de inmediato. Fue Lohejtell quien habló. —¿Importa? —dijo. Cristóbal lo miró. —Si fuera un delirio —continuó el gnomo—, ¿cambiaría algo de lo que estás sintiendo? ¿Cambiaría el bosque, el frío, el camino? ¿Cambiaría el hecho de que estás caminando hacia algo en lugar de estar tirado en ese suelo? Cristóbal no respondió. Pero siguió caminando. El cambio en la temperatura llegó sin aviso. No fue gradual. Fue inmediato, como si alguien hubiera abierto una puerta enorme en el cielo y dejado entrar el frío de golpe. En cuestión de minutos, el aire que antes era fresco se convirtió en algo más serio. Las hojas de los arbustos que bordeaban el camino se pusieron rígidas. El suelo comenzó a cubrirse de una escarcha fina que crujía bajo los pies con un sonido seco, casi metálico. Beroom levantó la cabeza. —Esto no es natural —dijo. —No —confirmó Lohejtell, mirando el cielo con una expresión que Cristóbal ya empezaba a reconocer como preocupación genuina—. Es un conjuro. Mobir sabe dónde estamos. —¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Beroom. —No mucho. Cristóbal se abrochó el abrigo hasta el cuello. El frío ya no era simplemente frío: tenía peso, tenía dirección, venía de algún lado con una intención específica. Respiró hondo y el aire le entró en los pulmones como agua helada. Cada paso se volvía más pesado, más doloroso. —¿Adónde vamos? —preguntó. —Hay un pueblo de Uldras a menos de una hora de aquí —dijo Lohejtell—. Vive allí un amigo mío, un druida llamado Drenier. Conoce estos bosques mejor que nadie. Nos puede guiar por las colinas que bordean los pantanos de Songra, que es el camino más seguro hacia Veronia. Y tiene ropa abrigada, que en este momento vale más que cualquier hechizo. —Partamos ahora —dijo Beroom, y en su voz había una urgencia que no solía estar allí—. Mis patas me dicen que si no llegamos rápido, no llegamos. Caminaron a paso rápido durante un tiempo que Cristóbal no supo medir porque el frío fue borrando su capacidad de pensar en otra cosa que no fuera el siguiente paso. El temporal llegó primero como un silbido lejano entre los árboles. Luego como un empuje. Luego como algo vivo que golpeaba desde todos los ángulos a la vez, cargado de escarcha que cortaba la piel expuesta y de un sonido grave, continuo, que no era exactamente viento sino algo peor: el tipo de silencio que el viento hace cuando viene a matar. —El viento de la muerte —dijo Lohejtell, casi en voz baja. —¿Cómo lo llaman así tan tranquilamente? — preguntó Cristóbal, con la voz entrecortada por el frío. —Porque es lo que es —respondió el gnomo. La temperatura cayó de forma brutal. Cristóbal sintió cómo el frío le atravesaba la ropa como si no estuviera ahí, le entraba en los huesos, le agarrotaba los dedos, le lentificaba el pensamiento. Sus pies dejaron de sentirse suyos primero. Luego las manos. Luego los hombros. Siguió caminando por inercia más que por voluntad. —Resiste —dijo Lohejtell a su lado. Cristóbal quiso responder y no pudo. La mandíbula le temblaba demasiado. Beroom se volvió hacia él y lo miró con esos ojos oscuros e inteligentes. —Súbete —dijo. —Puedo caminar —intentó decir Cristóbal. —No puedes —dijo Beroom, con la misma calma con que habría dicho que llovía—. Súbete de una vez, príncipe de pacotilla, antes de que tenga que cargarte como un saco de papas congeladas. Cristóbal soltó una risa débil y temblorosa, casi delirante. —Qué honor… —murmuró mientras Beroom lo levantaba con facilidad y lo acomodaba sobre su lomo. Se aferró al pelaje oscuro del minotauro con los dedos entumecidos, apoyando la frente contra su espalda y dejando que el calor animal de esa criatura enorme le llegara a través de la ropa. Era poco. Pero era algo. Beroom aceleró el paso. Cada zancada era poderosa, pero incluso él comenzaba a sentir el peso de la tormenta. La ráfaga arreciaba. La escarcha formaba ahora una capa sobre las ramas de los árboles, sobre las piedras del camino, sobre las ropas de los tres. Lohejtell caminaba con la cabeza baja, el sombrero calado hasta los ojos, murmurando algo en voz muy baja que Cristóbal no alcanzaba a escuchar pero que sonaba a concentración, no a miedo. —Lohejtell —dijo Beroom—. No aguanta mucho más. El gnomo levantó la vista y miró a Cristóbal sobre el lomo del minotauro. Lo que vio en su rostro lo hizo acelerar el paso sin decir nada. Cristóbal sentía que el pensamiento se le volvía más lento. No era como quedarse dormido. Era más brusco que eso. Como cuando una radio pierde la señal y el sonido se convierte en estática. Todavía estaba consciente, todavía sentía el balanceo del cuerpo de Beroom bajo él, pero ya no podía construir frases completas en su mente ni recordar exactamente por qué importaba seguir avanzando. En ese borde entre el pensamiento y la nada, un recuerdo llegó sin que él lo buscara. Su madre sacándolo temblando del lago. Sus manos pequeñas envueltas en la toalla. Y su voz, tranquila como siempre: "Hay cosas que no se entienden. Pero eso no significa que no existen." Y después, más bajito, casi para sí misma: "Tú tienes una fuerza diferente, hijo. La llevas adentro aunque no la veas todavía." Cristóbal apretó los dedos contra el pelaje de Beroom con lo último que le quedaba. No fue suficiente para sostenerse. Pero fue un gesto suyo. Propio. Elegido. Sus manos se soltaron del pelaje. Beroom lo sintió de inmediato y lo sujetó con un brazo. —No te sueltes, maldita sea —gruñó. Cristóbal intentó responder. No salió nada. Y entonces se desplomó. Beroom lo atrapó antes de que tocara el suelo, pero el peso muerto de un hombre inconsciente es diferente al de uno que colabora, y el minotauro tuvo que detenerse, arrodillarse en la nieve y reorganizar el agarre mientras el temporal golpeaba con una ferocidad que hacía difícil mantenerse en pie. —¡No puedo levantarlo con esta tormenta! —gritó Beroom—. ¡Se me resbala de las manos! Lohejtell se arrodilló junto a él. Abrió el morral de cuero y sacó dos piedras blancas luminosas, pequeñas, que brillaban levemente incluso con la poca luz que quedaba. —Frótatelas en las manos —dijo, poniéndoselas en las palmas—. Rápido. Beroom lo hizo sin preguntar. Las piedras desprendieron un calor inmediato, casi sorprendente, que le recorrió los dedos y las muñecas y le devolvió el agarre. Esta vez pudo levantarlo. Se puso de pie con Cristóbal sobre el hombro y miró a Lohejtell. —¿Adónde? Antes de que el gnomo pudiera responder, una voz llegó desde los arbustos a su derecha. —Por aquí. Los dos se volvieron. Entre las ramas cargadas de escarcha salió un puma. Grande, de pelaje oscuro con manchas más oscuras todavía, con unos ojos amarillos que miraban con una inteligencia que no era la de un animal común. Era Katu, uno de los mensajeros de élite del Rey Fogos: un cambiaformas parcial, capaz de mantener forma felina durante días en terrenos difíciles, conocido por su lealtad feroz y su carácter directo. —Soy Katu —dijo, con una voz baja y clara—. Mensajero del Rey Fogos. No hay tiempo para presentaciones. Hay una cueva a doscientos metros. Si no llegamos en los próximos minutos, los tres morirán aquí. Lohejtell y Beroom intercambiaron una mirada rápida. —¿Puedes fiarte de él? —preguntó Beroom. —Del Rey Fogos, sí —respondió Lohejtell—. Vamos. Katu se volvió y comenzó a correr con una velocidad sorprendente a pesar del temporal. Beroom lo siguió con Cristóbal sobre el hombro, resoplando por el esfuerzo. Lohejtell detrás de los dos, con el bastón clavado en el suelo helado a cada paso para no resbalar. El viento rugía a su alrededor como algo vivo y furioso. La escarcha volaba horizontal, cortando el aire. Los árboles crujían con un sonido que no parecía de madera sino de hueso. Katu no se detuvo, no miró atrás, no redujo la velocidad. Conocía el camino con la certeza de quien lo ha recorrido muchas veces en condiciones peores. Los doscientos metros fueron los más largos que Lohejtell recordaría en mucho tiempo. Y luego apareció la cueva. Era una abertura en la roca, ancha y baja, oculta detrás de una formación de piedras que la protegía del viento. Desde fuera no parecía gran cosa. Desde dentro era otra historia. Beroom entró primero, agachando la cabeza y los cuernos para pasar, y depositó a Cristóbal en el suelo con más cuidado del que su tamaño sugería. Lohejtell entró detrás. Katu fue el último, y en cuanto los cuatro estuvieron dentro, el sonido del viento cambió de carácter: siguió siendo poderoso, pero ya no los alcanzaba. La roca los separaba de él con una solidez simple y definitiva. El interior de la cueva estaba oscuro, pero no completamente. En las paredes había vetas de mineral que brillaban con una luz propia, tenue y azulada, suficiente para ver. El suelo era de tierra seca. El aire era frío pero quieto, que es un tipo de frío completamente diferente al del viento: un frío que no mata, que solo recuerda que el exterior existe. Lohejtell sacó del morral una piedra de calor, más grande que las anteriores, de un naranja oscuro, y la depositó en el centro del espacio. Comenzó a arder despacio, como una brasa que hubiera estado guardando calor para exactamente ese momento. No era fuego real. Pero calentaba igual. Beroom se sentó con la espalda contra la pared y miró a Cristóbal, que seguía inconsciente en el suelo. —¿Vivirá? —preguntó. Lohejtell se arrodilló junto a Cristóbal y le puso una mano pequeña sobre el pecho. Cerró los ojos un momento. Luego los abrió. —Sí —dijo—. Necesita calor y tiempo. Las dos cosas que ahora tenemos. Katu se había sentado en la entrada de la cueva, mirando hacia fuera, con los ojos entrecerrados y los oídos en movimiento constante. —¿Cuánto dura el viento de la muerte? —preguntó Beroom. —Depende de cuánta energía haya puesto Mobir en él —respondió Lohejtell—. Unas horas. Quizás hasta el amanecer. —¿Y después? —Después seguimos —dijo el gnomo, con esa calma suya que a veces era irritante y a veces era lo único que impedía que todo se viniera abajo—. Drenier, el druida, vive a menos de media jornada de aquí. Si llegamos a él mañana, nos puede guiar hasta Veronia por el camino de las colinas, lejos de los pantanos. Beroom concedió lentamente. Afuera, el viento rugía con una furia que parecía personal. Adentro, la piedra de calor ardía. Cristóbal respiraba. Despacio al principio. Luego con más regularidad. El color fue volviendo a su cara de a poco, como vuelve la luz a una habitación cuando alguien abre una persiana muy despacio. Lohejtell lo observó durante un buen rato sin decir nada. Luego miró a Beroom. —¿Sabes qué es lo más interesante de este hombre? —dijo. —¿Qué? —respondió el minotauro. —Que ya murió una vez esta semana. —Hizo una pausa—. Y aquí sigue. Beroom miró a Cristóbal. Luego miró al gnomo. —Eso —dijo— o es una señal, o es una molestia para todos. Lohejtell sonrió. —Puede ser las dos cosas. El viento siguió aullando afuera durante horas. Dentro de la cueva, los cuatro esperaron, cada uno con sus pensamientos, mientras la piedra de calor ardía con una constancia pequeña y firme, como lo hacen las cosas que saben exactamente para qué existen.

El Ermitaño
Capítulo IX

El Ermitaño

«Unasolaluzenlaoscuridadbastaparaguiaralosquese hanperdido»

Cristóbal comenzó a despertar despacio. El calor de la piedra de calor le llegaba en oleadas suaves, y el dolor sordo en las extremidades le indicaba que el cuerpo seguía peleando. Abrió los ojos. El techo de la cueva era irregular, con salientes de roca que proyectaban sombras móviles a la luz de la piedra. Beroom estaba sentado contra la pared de la derecha con los brazos cruzados, mirando al frente. Lohejtell estaba a su izquierda, de espaldas, con la cabeza levemente inclinada. —¿Dónde estamos? —preguntó. La voz le salió ronca. —A salvo —dijo Katu desde la entrada, sin volverse. Cristóbal lo miró con cautela. —¿Eres un tigre? —Soy un puma —respondió Katu, con paciencia—. Mensajero del Rey Fogos. Estás en un refugio protegido del temporal de hielo. —¿El Rey Fogos te mandó a buscarnos? —Me mandó a confirmar un aviso. Las aves que vuelan sobre Daliov detectaron la presencia de un humano en territorio de Naverdell. El Rey Fogos no lo creía posible. Me envió a verificarlo. —Hizo una pausa—. Lo he verificado. Cristóbal cabeceó despacio. Luego miró a su alrededor y vio a Lohejtell arrodillado junto al fuego, con la cabeza inclinada y los hombros caídos, en silencio. —¿Qué le pasa? —preguntó a Beroom, en voz baja. El minotauro tardó un momento. —Katu nos trajo una noticia —dijo—. El pueblo de los Uldras, al sur del río Bekron, fue destruido hace unos días. Bestias de Mobir. No quedó nadie. Cristóbal miró la espalda del gnomo. —¿Tenía amigos allí? —Drenier —dijo Beroom—. El druida que gobernaba ese clan. Lohejtell lo conocía desde hace siglos. Iban a ser nuestra guía hasta Veronia. Silencio. Cristóbal sacó los pies del recipiente de piedra despacio, sin hacer ruido. Se puso de pie con las piernas todavía torpes y caminó hasta donde estaba Lohejtell. Se sentó en el suelo junto a él, con la espalda contra la pared de roca. No dijo nada de inmediato. Lohejtell tampoco. Afuera, el viento de Mobir rugía con una furia que hacía vibrar levemente las piedras de la entrada. Adentro, la piedra de calor ardía con su constancia silenciosa. Cristóbal miró sus propias manos apoyadas sobre las rodillas. Las mismas manos que horas antes habían sostenido una botella. Las mismas manos que ahora, por razones que todavía no comprendía del todo, seguían aquí, en este lugar imposible, junto a un gnomo que lloraba por dentro a un amigo muerto. —Oye —dijo al fin, en voz baja. Lohejtell no respondió. —No lo conocía —continuó Cristóbal—. No tengo ningún derecho a sentir lo que siento. Pero lo siento igual. —Hizo una pausa—. No sé si eso tiene algún sentido para ti. El gnomo permaneció inmóvil un momento más. Luego, muy despacio, giró la cabeza hacia él. Sus ojos estaban secos. No era el tipo de dolor que llora. Era el tipo que se queda muy quieto y muy adentro, que ocupa todo el espacio disponible sin derramarse. —Tiene sentido —dijo, con una voz que era casi la suya pero con algo raspado en los bordes—. Más de lo que crees. Cristóbal no preguntó por qué. Simplemente se quedó allí, sentado junto al gnomo en el suelo frío de la cueva, mientras el viento aullaba afuera y la piedra ardía adentro. Beroom los observó desde su rincón sin decir nada. Katu siguió mirando hacia la oscuridad exterior con sus ojos amarillos y pacientes. Y así pasaron un rato los cuatro, en ese silencio que no es vacío, el tipo de silencio que solo existe entre personas que han atravesado algo juntas y ya no necesitan explicárselo. Fue Katu quien lo oyó primero. Se puso de pie sin hacer ruido, con los músculos tensos bajo el pelaje oscuro, los oídos completamente erguidos. —Hay movimiento afuera —dijo, en voz baja. Beroom se levantó de inmediato. Lohejtell también, con una rapidez que desmintió por completo el abatimiento de los minutos anteriores. Cristóbal se puso de pie y cerró las manos en puños, mirando hacia la entrada con la atención de quien ha decidido, aunque sea provisionalmente, que tiene algo que defender. —¿Croomos? —preguntó Beroom. —Sí —dijo Katu—. Varios. Se aproximan rápido. Beroom ocupó la entrada de inmediato, con los brazos extendidos como una barrera viviente. Katu se posicionó a su lado. Lohejtell comenzó a recitar algo en voz muy baja, con las manos abiertas hacia arriba. Las piedras blancas luminosas del morral brillaban entre sus dedos. El rugido llegó desde afuera. Grave. Constante. Del tipo que no viene de una sola garganta sino de varias moviéndose juntas. —¡Se aproximan! —gritó Katu. —¡A las posiciones! —ordenó Beroom. Cristóbal buscó algo con qué defenderse y no encontró nada. Se quedó de pie detrás de los otros, con los puños apretados, inútil y consciente de serlo. El primer Croomo asomó en la entrada con los ojos rojos encendidos. Beroom lo enfrentó con un rugido que hizo vibrar las paredes de la cueva. El choque fue brutal y breve: el minotauro usó todo su peso para empujar la criatura hacia atrás, ganando metros, pero detrás venían más. Lohejtell seguía recitando. La luz de las piedras blancas creció, tenue al principio, luego más firme, proyectándose hacia la entrada como una advertencia. Los Croomos dudaron. No mucho. Pero lo suficiente. Y entonces llegó otra luz. Blanca. Fría. Viniendo desde afuera, desde detrás de las criaturas, iluminando la entrada de la cueva con una intensidad que no pertenecía a ninguna antorcha ni a ninguna piedra mágica que Cristóbal hubiera visto. Los Croomos retrocedieron. Y en medio de esa luz apareció un Druida. Alto, con ropas de viaje cubiertas de barro y nieve. Un bastón de madera nudosa más alto que él, con algo brillando en la punta. Barba larga y oscura con hebras grises. Y unos ojos que, cuando encontraron los de Lohejtell, se abrieron con una mezcla de alivio y algo más difícil de nombrar. —Lohejtell —dijo. El gnomo se quedó completamente inmóvil durante un segundo. Luego cruzó la cueva en cuatro pasos y se lanzó contra él con los brazos abiertos. —¡Drenier! —exclamó, con la voz rota—. ¡Creí que estabas muerto! El hombre lo recibió, agachándose para alcanzarlo, y lo abrazó con una solidez tranquila. Cuando se separaron, Drenier miró la cueva con la misma atención con que se mira un mapa antes de moverse. —Casi —dijo—. Pero no. Los Croomos, sin el impulso de Mobir sosteniéndolos y ante la luz del bastón de Drenier, se dispersaron en la oscuridad sin mirar atrás. La entrada de la cueva quedó en silencio. Drenier entró del todo y se sentó junto al fuego. Aceptó el agua caliente que Katu le ofreció, bebió despacio, y miró a Cristóbal durante un momento largo antes de hablar. Lohejtell y Drenier se separaron del abrazo. El gnomo lo observó de arriba abajo. —¿Y los Uldras? La expresión de Drenier cambió levemente. —Muchos sobrevivieron. Los saqué por el camino del norte, antes de que llegara la segunda oleada. Están a salvo en las cuevas del río Bekron. —Hizo una pausa—. Perdimos a algunos. Pero no a todos. Lohejtell cerró los ojos un instante. Luego los abrió. —Bien —dijo, con una voz que era pequeña pero firme—. Bien. Cristóbal sostuvo la mirada de Drenier cuando el druida volvió a mirarlo. Había algo en ella que no era hostilidad pero que tampoco era la calidez simple de un primer encuentro. Era la mirada de alguien que está evaluando. Midiendo. Calculando. Más tarde recordaría esa mirada con otros ojos. Pero entonces, en la cueva, todavía no lo sabía. —Así que eres tú —dijo Drenier, sin inflexión. Como quien verifica un dato. —Eso dicen —respondió Cristóbal. —¿Y tú qué dices? —Que no lo sé con certeza. Pero que hay cosas que me hacen pensar que podría serlo. Drenier inclinó su cabeza. No era el asentimiento de alguien que acepta. Era el de alguien que registra. —Deja que lo evalúe —dijo al fin—. Como druida. Hay cosas que se leen en una persona que van más allá de la apariencia. Lohejtell asintió, confiado. —Por supuesto. Drenier se levantó y se acercó a Cristóbal. Tomó sus manos sin apresurarse. Las sostuvo un momento con los ojos todavía abiertos, como si la lectura hubiera comenzado antes del ritual. Luego le pidió que las extendiera, palmas arriba. Cerró los ojos. Sus labios se movieron apenas, con un murmullo tan bajo que no llegaba a ser sonido. El silencio en la cueva era completo. Beroom miraba sin moverse. Katu había dejado de observar el exterior y miraba la escena con sus ojos amarillos e ilegibles. Lohejtell esperaba con la confianza de quien no tiene ninguna razón para dudar del resultado. Cristóbal, en cambio, miraba el rostro de Drenier con una atención diferente. No la del que espera un veredicto sino la del que observa a quien va a darlo. Y lo que veía le producía una sensación difícil de nombrar: algo que no correspondía exactamente a la concentración. Algo más parecido al cálculo. A la preparación de una respuesta que ya existe antes de que el proceso termine. No dijo nada. Drenier abrió los ojos. Soltó las manos de Cristóbal despacio. —No es el príncipe —dijo. La frase llegó sin pausa, sin el peso que debería tener una conclusión de ese tamaño. El silencio que siguió fue diferente al anterior. Más pesado. Del tipo que ocurre cuando algo que estaba construido con cuidado se rompe de golpe. Lohejtell no dijo nada durante un momento. —¿Qué? —dijo al fin. —Lo siento, Lohejtell —dijo Drenier, y en su voz había algo que sonaba a pena genuina—. La energía es parecida. Entiendo por qué lo creíste. Pero no es él. Este hombre es humano en su totalidad. Lo que sentiste en el claro fue probablemente el eco del portal todavía activo, no la marca del príncipe. Lohejtell y Cristóbal se miraron sin comprender nada. Y en ese intercambio hubo algo extraño: no alivio en Cristóbal, como habría esperado. Sino algo más parecido a una pérdida. Pequeña, inesperada, sin nombre claro. Beroom habló desde su rincón. —¿Estás completamente seguro? —dijo, con voz cuidadosa. —Completamente —respondió Drenier, sin vacilar. Fue esa velocidad lo que algo en Cristóbal registró. Sin dudas. Sin matices. Como si la respuesta hubiera existido antes de que el proceso comenzara. No dijo nada todavía. Pero lo guardó. Nadie habló durante un tiempo. El fuego ardía. El viento afuera había bajado de intensidad. La piedra de calor seguía irradiando su constancia paciente. Fue Lohejtell quien rompió el silencio. —Cristóbal —dijo—, tengo que pedirte perdón. —No tienes que pedirme nada —respondió Cristóbal. —Sí tengo. Te traje a un viaje peligroso basándome en una certeza que resultó ser un error. Pusiste tu vida en riesgo. El frío casi te mata. —Hizo una pausa—. Eso no tiene disculpa, pero sí tiene responsabilidad. Y la asumo. Cristóbal lo miró durante un momento. —¿Puedo decirte algo? —Adelante. —Cuando me senté junto a ti antes, cuando sentí tu dolor aunque no conocía a Drenier, eso no lo inventé. Lo sentí. —Se detuvo—. Y cuando caminaba por ese bosque antes del ataque, algo en mí reconocía ese lugar. No como quien reconoce un sitio que ha visitado. Como quien reconoce un idioma que habló de niño y después olvidó. Puede que no sea el príncipe. Probablemente no lo soy. Pero algo en este lugar me conoce. O yo conozco algo de este lugar. Lohejtell miró a Drenier. —¿Puedo preguntarte algo, amigo? Cuando leíste su energía. ¿Cuánto tiempo tardaste exactamente? —El tiempo necesario —dijo Drenier. —¿Cuánto es eso normalmente? Una pausa. —Depende de la persona. —Sí —dijo Lohejtell—. Lo sé. Por eso pregunto cuánto tardaste con él. El silencio que siguió tenía una textura específica. La textura de una pregunta que no ha recibido respuesta porque quien debe darla está calculando cuál dar. Drenier no respondió. Y Cristóbal vio algo pasar por el rostro del druida. Algo muy rápido, muy controlado, pero real. No era confusión. Era la expresión de quien calibra. —De todas maneras, no podemos partir —dijo Beroom, mirando hacia la entrada—. El frío intenso nos mataría en minutos. —Descuida —dijo Drenier—. Antes de llegar aquí elevé un hechizo que anuló el conjuro de Mobir. El frío y el viento han cesado. Pueden partir. —¿Cuál es el camino que nos aconsejas? —preguntó Lohejtell. —Tendrán que cruzar el pantano de Songra —dijo Drenier—. Es el único corredor que Mobir no controla del todo. Allí descansan siete dagas enterradas con el poder de alejar a cualquier espíritu maligno. Si van directo y no se desvían, nada podrá tocarlos. —Hizo una pausa breve—. El pantano es seguro si no se desvían —repitió, con la generosidad tranquila de quien hace un favor. Lohejtell estuvo de acuerdo. Drenier se puso de pie, recogió su bastón y miró a Lohejtell una última vez. No hizo falta decir nada más. Salió de la cueva sin volverse, perdiéndose en la oscuridad del bosque por el camino que solo él conocía. Los tres se quedaron solos. Salieron cuando el viento había bajado a un susurro y el cielo mostraba la claridad fría y quieta que precede al amanecer. Caminaron durante horas en silencio. Los pantanos de Songra aparecieron al mediodía. El paisaje cambió de golpe. Los árboles se hicieron más bajos y retorcidos, el suelo perdió firmeza, el aire adquirió una humedad vieja y cargada. El olor era fuerte. Barro, agua estancada, algo oscuro que hacía que el instinto dijera cuidado antes de que la mente pudiera formular por qué. —No os separéis del camino marcado —dijo Lohejtell—. Las dagas están enterradas en los bordes del sendero. Mientras caminemos entre ellas, nada de lo que sirve a Mobir puede tocarnos. Si alguno se desvía, pierdo esa garantía. Nadie preguntó qué pasaba si se desviaban. Caminaron en fila, uno detrás del otro, por un sendero apenas visible entre la vegetación. El suelo firme tenía el ancho justo para caminar con cuidado. A ambos lados, el agua oscura y quieta reflejaba el cielo con una fidelidad perturbadora, como si abajo hubiera otro mundo mirando hacia arriba. Fue entonces cuando Cristóbal se volvió hacia Lohejtell. —¿Cómo estabas tan seguro de que podría ser yo el elegido? —Cuando te miré ese día, cuando estabas desmayado, sentí una energía muy parecida a la que tenía el príncipe antes de partir. —¿Esto quiere decir que conociste al príncipe? —Lohejtell era el amigo y consejero personal de los Reyes —respondió Beroom, desde atrás. Cristóbal caminó unos pasos en silencio, procesando eso. —Pero Lohejtell, ¿no tienes otra manera de encontrarlo? Puede ser que haya llegado y esté perdido en algún otro lugar. Lohejtell abrió la boca para responder. Pero antes de que pudiera hacerlo, el sendero se estrechó y el silencio del pantano los absorbió a los tres, denso y oscuro, como si el lugar mismo pidiera que ciertas preguntas esperaran un poco más para ser respondidas.

La Rueda de la Fortuna
Capítulo X

La Rueda de la Fortuna

FORTUNA «Cuandoeldestinogira,elsabionocae;aprendeabailarcon él»

Cristóbal caminaba el último de la fila. Delante iban Beroom y luego Lohejtell. El sendero era estrecho y el barro a los lados brillaba con esa humedad oscura y quieta que tienen los lugares que llevan mucho tiempo sin ser tocados por la luz. A cada paso, el suelo firme tenía el ancho justo para un pie, y Cristóbal lo pisaba con la atención de quien sabe que equivocarse tiene un precio inmediato. Lohejtell iba delante de él, respondiéndole algo que Cristóbal había preguntado antes de que el camino se volviera demasiado estrecho para caminar de frente. El gnomo hablaba con esa voz suya tranquila y precisa, y Cristóbal seguía sus palabras con la mitad de la mente mientras la otra mitad monitoreaba el suelo bajo sus pies. Fue exactamente en ese momento de atención dividida cuando ocurrió. El pie derecho buscó tierra firme y no la encontró. No fue un tropiezo. Fue algo más silencioso: el suelo que debería estar allí simplemente no estaba, y el cuerpo, que no tuvo tiempo de corregir, siguió el impulso hacia adelante y hacia abajo. Cristóbal cayó al agua. El pantano lo recibió con una frialdad que no era solo temperatura sino algo más antiguo, más denso, como si tuviera una voluntad propia y llevara mucho tiempo esperando exactamente eso. El impacto le cerró la garganta. El barro lo jaló desde abajo con una paciencia brutal. Intentó incorporarse y no pudo. Intentó gritar y no salió nada útil. —¡Cuidado! —rugió Beroom desde adelante. Pero Cristóbal ya estaba debajo. No del todo. La cabeza todavía asomaba, los brazos todavía luchaban. Pero el barro tiraba hacia abajo con una fuerza que no discutía. Y entonces algo cambió. No en el agua. En él. El pánico, que debería haber sido lo único que quedara, cedió de golpe, de una manera que no podía explicarse con ninguna lógica que Cristóbal conociera. El frío siguió allí. El barro siguió jalando. Pero dentro de él algo se aquietó con una rapidez imposible, y en ese silencio repentino, el sueño llegó. No fue gradual. Fue inmediato y completo, como son las cosas que uno lleva mucho tiempo sin recordar y que de pronto vuelven todas juntas. Era un jardín. No cualquier jardín: uno que conocía. No de haberlo visto en fotografías ni en descripciones. De haberlo pisado. De haber crecido entre sus árboles. Las flores eran de colores que no tenían nombres exactos en ningún idioma que Cristóbal hablara, pero que reconoció de inmediato igual que se reconocen los colores de la infancia. Los árboles susurraban con el viento de una manera que no era solo movimiento de hojas sino algo más cercano a una conversación. Las luciérnagas, aunque era de día, flotaban entre las ramas con una luz tenue que no desafiaba al sol sino que lo completaba. Estaba sentado en el borde de una fuente de mármol blanco. Y junto a él estaba Elena. Era la más hermosa de toda Naverdell. Tenía quince años, con una piel clara que la luz del atardecer tocaba con delicadeza. El cabello negro le caía en ondas largas sobre los hombros. Los ojos eran de un castaño con vetas de algo más oscuro, casi rojizo, del color de la madera vieja vista a contraluz. Los tenía fijos en él con una expresión que era varias cosas a la vez: tristeza, amor, una determinación serena que no era propia de alguien tan joven pero que en ella no parecía forzada. Amante de la pintura, la poesía y la música, su presencia iluminaba cualquier rincón que habitaba. Pero ese día, sentada en los jardines del castillo, su luz parecía opacada por algo que los dos sabían pero que ninguno quería nombrar primero. Estaban tomados de las manos. Cristóbal la miró. Tenía diecisiete años en ese sueño, o ese recuerdo, la distinción ya no importaba. Ojos color miel que destellaban con la calidez de su corazón, cabello castaño ondulado cayendo suavemente sobre la frente. Una mezcla de la belleza interior de su madre Naturella y el valor de su padre el Rey Marcos. Miró esas manos unidas y sintió el peso exacto de ese contacto: no era el inicio de algo sino el final. Era la textura de un adiós que ninguno de los dos quería decir pero que ambos sabían que ya había sido dicho en algún nivel más profundo que el de las palabras. —¿Por qué tienes que partir? —preguntó Elena, su voz suave resonando en el aire como una melodía triste. —Por Naverdell —dijo Cristóbal—. Por los humanos. Por nosotros. Elena aceptó despacio. Sus ojos brillaban con lágrimas que todavía no caían. —¿Cuánto tiempo? —preguntó. Cristóbal no respondió de inmediato. Porque la respuesta era la parte más difícil. La parte que los consejeros habían discutido en la Mesa Escarlata con voces que intentaban ser razonables y que no lo lograban del todo. —No lo sé con certeza —dijo al fin—. El tiempo allá es diferente al nuestro. Elena apretó su mano. —¡No me abandones ni me olvides! —dijo, su voz temblando mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. —¡Jamás! —respondió Cristóbal, con lágrimas en los ojos—. Te llevaré siempre en mi corazón. Volveré, y pronto estaremos nuevamente sentados aquí, escuchando el canto de las ninfas junto a las luciérnagas que iluminarán nuestro amor por toda la eternidad. Fue entonces cuando llegó Volques. —Es hora de partir —dijo, con semblante serio—. Pronto caerá el arcoíris de Badum y abrirá la puerta que te llevará al mundo de los humanos. Los dos se abrazaron con fuerza, como si intentaran fusionar sus almas en un solo ser. Con dolor, se separaron lentamente. Cristóbal, con el corazón pesado, comenzó a caminar junto a Volques hacia el interior del castillo. Elena, al verlo desaparecer en el arco de la entrada, se dejó caer sobre el césped mojado, llorando en soledad mientras la oscuridad se instalaba como si el mundo perdiera su color sin él. En uno de los salones del castillo, Cristóbal recibía las últimas disposiciones de los cinco consejeros. La Mesa Escarlata tenía la forma de una luna creciente. Solo podían sentarse allí si un miembro de la familia real estaba presente. Cristóbal ocupaba el sitial de madera de sauce, elevado sobre los demás, con la mirada firme, aunque su corazón todavía latía por la princesa que había dejado atrás en el jardín. —Recuerda, querido príncipe —dijo Fogos, su tono cargado de peso—. En el mundo de los humanos vivirás para aprender del mal. Es la única manera de poder combatirlo después. —Tendrás que resistir cerca de dos mil años humanos —dijo Petrón—. El tiempo allá fluye de manera diferente. Lo que aquí es un instante, allá se convierte en generaciones. —¿Cómo le pedimos eso? —replicó Volques, levantando la voz—. Tiene diecisiete años. No sabemos si su cuerpo resistirá la travesía. No sabemos a qué época llegará. —Sabemos que no hay otra salida —dijo Hobler, con firmeza—. Consultamos a los brujos de Connesis. Revisamos cada alternativa posible. Esta es la única. —¡Basta! —dijo Cristóbal. El salón se quedó en silencio. —¿Tenemos alguna otra salida? —preguntó, mirando a cada uno. Nadie respondió. —¿Tenemos alguna otra salida? —repitió, más despacio. —Ninguna —dijo Morum, bajando la vista. Cristóbal bajó y alzó su mirada. —Entonces preparen mi caballo. Parto antes del amanecer. Fogos se levantó antes de que Cristóbal abandonara la sala. —Hay algo más, querido príncipe. Los brujos de Connesis nos entregaron el Pergamino Sagrado. Solo puede ser leído y comprendido por un hijo de Naturella. Contiene un mensaje y un poder que otorgará la sabiduría y la fuerza necesarias para la batalla final. Pero no puede ser leído hasta tu regreso. Lo guardaremos protegido hasta entonces. —¿Por qué no antes? —Porque antes no estarás listo —dijo Fogos—. El poder de ese pergamino requiere que hayas vivido lo que tienes que vivir. Requiere cicatrices. Requiere que hayas tocado fondo y hayas encontrado algo que sigue en pie después de eso. Cristóbal guardó silencio un momento. Luego observó unos instantes las pinturas heroicas y salió del salón. La última imagen del sueño fue el amanecer. Su caballo negro, de crines largas y ojos brillantes, esperaba en el patio del castillo. Las primeras luces del día tocaban las torres con un naranja suave. Los pájaros que normalmente cantaban a esa hora estaban callados. Las luciérnagas brillaban con una luz más tenue, como si también ellas supieran lo que estaba pasando. Cristóbal montó. Sintió el peso de la espada atada al flanco, el morral con los víveres, el frío de las riendas en las manos. Sintió también, desde el jardín que quedaba a su izquierda, la presencia de Elena sin necesidad de mirar. Sabía que estaba allí. Sabía que no iba a llamarla porque si la miraba una vez más no iba a poder irse. Espoleó el caballo. El galope resonó en el silencio del amanecer de Naverdell, entre los árboles y las flores y las luciérnagas y el agua de las fuentes y todo lo que era ese lugar que había sido suyo durante diecisiete años y que iba a dejar de ser suyo durante dos mil años. Y el viento, mientras corría, sonaba exactamente como un adiós. —¡Sácalo del agua! La voz de Lohejtell llegó desde muy lejos y muy cerca al mismo tiempo. Beroom lo tenía del brazo. Cristóbal sintió el jalón, el barro soltándolo con una resistencia como si el agua prefiriera no devolver lo que había tomado. Luego la superficie, el aire, el frío diferente del exterior, y la tos que llegó de forma instintiva, sacando el agua que había entrado. Se quedó unos momentos en el borde del sendero, de rodillas, con las manos apoyadas en el suelo firme, recuperando el aliento. Lohejtell estaba a su lado con una mano pequeña en su espalda. —¿Estás bien? Cristóbal no respondió de inmediato. Miraba el agua oscura desde donde lo habían sacado. Quieta ahora, sin rastro de lo que había ocurrido. —¡Es cierto, Lohejtell, es cierto! —dijo, mientras recuperaba el aliento—. Lo he visto todo. Con claridad. —¿De qué me hablas? —preguntó Lohejtell, mirándolo asombrado. —De toda la historia que me contaste. El jardín. La fuente de mármol. Elena. La Mesa Escarlata. Los cinco consejeros discutiendo sobre los dos mil años. Mi caballo negro en el amanecer. El viento cuando me fui. Beroom, que había permanecido de pie junto a ellos, se volvió lentamente. —¿Cómo sabes lo que es la Mesa Escarlata? — preguntó. —No lo sé —dijo Cristóbal—. O sí lo sé. No lo recuerdo como se recuerdan las cosas aprendidas. Lo recuerdo como se recuerda algo que uno vivió. Silencio. —¿Viste a Elena? —preguntó Lohejtell, con una voz cuidadosa. —Sí. Tenía quince años. Pelo negro. Ojos castaños con algo rojizo. Le gustaba la pintura. Tenía la energía del agua: lo sentía todo antes de entenderlo, y cuando te miraba de verdad, era como si viera algo en ti que tú mismo todavía no habías nombrado. Sabía escuchar de una manera que no era silencio sino presencia. Pero también necesitaba ser escuchada, y lo pedía sin pedirlo, con esa dignidad específica de quien ha aprendido desde pequeña que la lealtad vale más que cualquier promesa. No soportaba la mentira. No la toleraba ni un segundo, aunque la detectara antes de que terminara de ser dicha. Y cuando algo la hería, no se derrumbaba: construía argumentos. Se ponía firme. Solo quien la conocía bien sabía que detrás de esa fortaleza había algo más frágil y más real que todo lo demás. Y lloraba sin llorar. Era el tipo de persona que llora por dentro antes de que las lágrimas lleguen afuera. Lohejtell cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, algo había cambiado en su expresión. Era la expresión de alguien que tenía dos informaciones contradictorias y que estaba comenzando a entender que una de las dos no podía ser verdad. —Beroom —dijo el gnomo, en voz baja. —Ya lo sé —respondió el minotauro. —¿Qué saben? —preguntó Cristóbal, mirando de uno a otro. —Que nadie en el mundo de los hombres sabe cómo es Elena —dijo Beroom—. Nadie. Su existencia no está en ningún relato que haya cruzado el portal. Ningún libro humano la menciona. Ninguna leyenda, ninguna historia. —Hizo una pausa—. La única manera de saber cómo es Elena es haberla conocido. El silencio que siguió tenía un peso diferente a todos los silencios anteriores. Lohejtell miró el agua. Luego miró a Cristóbal. —No logro entenderlo —dijo, con una honestidad que le costó algo—. Nunca mi amigo Drenier se ha equivocado en sus predicciones. Y sin embargo lo que acabo de escuchar no tiene otra explicación posible. —¿Y qué quieres hacer con eso? —preguntó Cristóbal. Lohejtell caminó unos pasos sin responder. —Dime, Lohejtell —insistió Cristóbal—. ¿Cuál de los cinco castillos es el más cercano a donde nos encontramos? El gnomo lo miró. —Al castillo que íbamos, Veronia —dijo, y en sus ojos había algo que no había estado allí hace unas horas: una ilusión que volvía despacio, con cuidado, como vuelven las cosas que uno había guardado porque no podía permitirse perderlas. —Es allí donde debemos ir —dijo Cristóbal, con una calma que no era la de alguien que ha tomado una decisión impulsiva sino la de alguien que por fin ha dicho en voz alta algo que ya sabía desde hace un rato—. Allí está el Rey Volques. Lo que vi en ese sueño y la conexión que sentí me dicen que debemos ir a Veronia. —A Veronia —respondió Lohejtell, con una firmeza que no estaba allí hace unas horas—. Allí formaremos tu ejército y marcharemos hacia el castillo de Naverdell. —Entonces no perdamos más tiempo —dijo Cristóbal—. Tengo un reino que organizar. Miró hacia donde Katu esperaba unos metros más adelante. —Katu —dijo—. Cuando llegues al Rey Fogos, dile que el príncipe ha regresado. Que esta noticia llegue a todas las criaturas de Naverdell. Katu inclinó la cabeza con una dignidad que no necesitaba palabras. Lohejtell no podía hablar. Beroom se arrodilló. No porque alguien se lo pidiera. Porque era lo que correspondía. Y Cristóbal, que algunos días antes había bebido veneno en una cabaña del sur de Chile convencido de que su vida no tenía ningún sentido, miró el horizonte de Naverdell con los ojos de alguien que por fin sabe exactamente dónde tiene que estar. —Beroom —dijo—, vas a tener que llevarme sobre tu lomo. Necesitamos llegar rápido. —Será un honor —respondió el minotauro, levantándose. Y echaron a andar hacia Veronia.

La Justicia
Capítulo XI

La Justicia

«Labalanzadeldestinopesanolaspalabras,sinolas decisionesdelcorazón»

El Castillo de Daliov olía a piedra húmeda y a algo más difícil de nombrar: la tensión acumulada de días en que el peligro se anuncia sin terminar de llegar, que es a veces peor que cuando ya llegó. El Rey Fogos caminaba en círculos por el salón real. No era un hombre dado a los círculos. Era un hombre de decisiones directas, de órdenes claras, de esa clase de liderazgo que no necesita deliberar mucho porque lleva décadas preparándose para exactamente este tipo de momento. Pero esta vez los círculos tenían sentido, porque la decisión que se avecinaba no era del tipo que se toma de frente sino del tipo que uno rodea despacio, buscando el ángulo desde el que duela menos, hasta descubrir que no existe. La puerta del salón se abrió de golpe. Entró el Capitán Camus. Era un Hobbit, lo que significaba que llegaba a la altura del codo de la mayoría de los presentes, pero había algo en su manera de entrar a las habitaciones que hacía que el tamaño fuera completamente irrelevante. Tenía la postura de alguien que ha dado malas noticias muchas veces y que ha aprendido que la única manera de darlas bien es sin rodeos. —Rey Fogos —dijo, con la voz de quien ha estado corriendo—. Las fuerzas de Mobir se mueven hacia aquí. Cuatro mil monstruos, según los exploradores. Catapultas. Cadenas. Criaturas que ninguno de mis hombres había visto antes. El Rey se detuvo. —¿A cuántas horas? —Siete, aproximadamente. Fogos miró el salón. Los tapices en las paredes narraban batallas antiguas, victorias de otros tiempos, cuando las fuerzas estaban de otro lado. Los miró con la expresión de quien constata que el pasado y el presente no siempre se parecen. —¿Cuántos guerreros tenemos? Camus no necesitó consultar ningún papel. —Treinta y ocho arqueros hobbits. Setenta y seis elfos lanceros. Cinco centauros. Algunos animales guerreros: pumas, tigres, osos. En total, no llegamos a ciento setenta. —Ciento setenta contra cuatro mil —repitió Fogos, no como pregunta sino como constatación. —Sí, señor. Silencio. Fogos caminó hasta la ventana y miró afuera. El pueblo de Daliov se extendía bajo el castillo con sus casas de piedra clara y sus jardines bien cuidados y sus habitantes que en ese momento seguían con sus vidas sin saber todavía lo que se acercaba. Vio a dos jóvenes elfos corriendo entre los puestos del mercado. Vio a una driade mayor regando sus plantas con una concentración tranquila. Vio todo eso y tomó su decisión. —Que mi pueblo prepare la retirada hacia Veronia — dijo—. En una hora partimos. Camus confirmó con su mirada. —¿Y usted, señor? El Rey no respondió de inmediato. Mientras tanto, a varios días de distancia, Cristóbal llegaba a Veronia. Lo hizo montado sobre el lomo de Beroom, con Lohejtell en su hombro y Katu corriendo a su lado, y lo primero que sintió cuando el castillo apareció entre los árboles fue algo que no supo nombrar del todo: una mezcla de reconocimiento y extrañeza, como volver a un lugar que uno conocía de otra manera y encontrarlo cambiado, o encontrarse a uno mismo cambiado frente a él. Pero no tuvo tiempo de procesar eso. Porque Veronia los estaba esperando. Las torres del castillo estaban llenas de criaturas mirando hacia el camino. Cuando Beroom dobló la última curva y el grupo quedó visible, el sonido que llegó desde las murallas no fue un murmullo sino algo más parecido a una ola: primero en las alturas, luego bajando, extendiéndose hacia las calles, multiplicándose con cada criatura que lo recibía y lo transmitía a la siguiente. —¡Ha llegado! ¡El príncipe ha llegado! Beroom aminoró el paso sin que nadie se lo pidiera. Cristóbal miraba a su alrededor con esa atención suya que desde niño lo había hecho notar lo que otros no notaban. Vio los rostros individuales: la anciana gnomo con los ojos cerrados y las manos sobre el pecho. El elfo joven que alzaba a su hijo pequeño para que pudiera ver. El centauro veterano, con cicatrices en el pecho, que golpeaba el suelo con una pata con una cadencia que parecía un saludo de guerra. Llegaron a la puerta principal del castillo. Nueve minotauros formaban una escuadra de honor a ambos lados del acceso. Cuando Cristóbal descendió del lomo de Beroom y puso los pies en el empedrado, los guardias se cuadraron con una sincronía que venía del entrenamiento pero también de algo más. —¡Honores al Príncipe Cristóbal! —gritó el comandante—. ¡Vista a la derecha, atención, presenten armas! Cristóbal caminó frente a la escuadra. No lo pensó. No lo deliberó. Su cuerpo sabía exactamente qué hacer con la misma naturalidad con que sabe caminar o respirar. Llegó al final de la escuadra, se detuvo, se dio la media vuelta y saludó. —Buenos días —dijo, con una voz que todavía tenía algo de timidez pero que sostuvo el saludo sin quebrarse. —¡Buenos días, señor príncipe! —respondieron los nueve minotauros al unísono, con la firmeza de un solo trueno. El pueblo de Veronia estalló. Beroom le murmuró a Lohejtell: —¿Cómo sabía cómo saludar? —Porque es él —respondió Lohejtell, en voz baja—. Esto es algo que algún día contarás a tus nietos. El Rey Volques los esperaba en los escalones de mármol de la entrada. Los observó acercarse con la atención de alguien que lleva siglos esperando este momento y que ahora que ha llegado no está dispuesto a entregarse a la emoción hasta no haber evaluado bien lo que tiene delante. —Querido príncipe —dijo, bajando los últimos escalones—. Ha llegado finalmente de tan largo viaje. Se acercó y lo abrazó. Al hacerlo, le habló al oído: —Seas quien seas, eres bienvenido. —Gracias —dijo Cristóbal, igualmente en voz baja. —Conduzcan al príncipe a sus aposentos reales — ordenó el Rey. —Un momento, señor —dijo Cristóbal—. Le agradezco la hospitalidad. Pero le pido que no me separe de mis asesores. Ellos van conmigo a donde yo vaya. —Que así sea —dijo el Rey. Los aposentos reales eran amplios, con paredes de piedra clara y ventanas que daban a los jardines. Había ropa preparada sobre la cama: una guerrera azul marino con botones dorados, pantalones negros con una línea amarilla al costado, y un sable en su vaina de cuero oscuro. En la hoja, grabadas con una precisión que no era decorativa sino deliberada: No me saques sin razón ni me envaines sin honor. Cristóbal se vistió despacio, mirando cada pieza con la atención de quien reconoce algo que no debería reconocer. —Lohejtell —dijo—. Esta ropa. —Es una réplica del uniforme que vistió el príncipe antes de partir —respondió el gnomo—. En cada castillo se guardó una. Por si acaso. —¿Qué debo hacer ahora? —preguntó. —Lo que ya estás haciendo —dijo Lohejtell—. Estar aquí. —Eso no es suficiente. —Por ahora lo es. Antes de que Cristóbal pudiera responder, alguien tocó la puerta. El Salón Azul tenía paredes de cristal y piedra que captaban la luz y la devolvían en tonos azules y dorados. Una mesa rectangular ocupaba el centro, y alrededor de ella estaban sentados cuatro autoridades que miraron a Cristóbal con expresiones que iban desde la curiosidad hasta la desconfianza abierta. El Rey Volques presidía desde el extremo. —Adelante, príncipe —dijo—. Tome asiento en el centro. Cristóbal se sentó en la silla de madera de sauce, más alta que las demás, con una talla en el respaldo que representaba los cinco elementos. El Rey presentó a sus asesores. Exhora, cónsul de los Dradianos del Norte. Ixma, ministro de paz. Dorw, general del tercer cuerpo de ejército. Y Tucep, rey legítimo de los elfos de Naverdell. Tucep era el más anciano de los presentes y el que más había perdido en las últimas guerras. Dos de sus hijos habían muerto defendiendo Absdan. No era un hombre dado a la esperanza fácil, y los que llegan tarde con grandes promesas le recordaban demasiado a quienes lo habían convencido de arriesgar lo que no podía permitirse perder. Su expresión desde el principio dejó claro que la reunión no iba a ser sencilla. —Basta de ceremonias —dijo Tucep—. Todos sabemos que este hombre no es el príncipe. Es probable que sea un enviado de Mobir para confundirnos en el peor momento posible. —Tiene razón —dijo Ixma—. No podemos presentar al pueblo un falso heredero. Las características físicas del príncipe no corresponden a las de este hombre. Mientras las voces seguían chocando en el Salón Azul, en el patio interior del castillo una figura se movía entre los minotauros de la guardia. Era Elysia, la Valkiria de los Andes. No la habían convocado al consejo. Las Valkirias no debaten: esperan, observan, y actúan cuando llega el momento. Llevaba una manzana en la mano. Se detuvo junto a Gurk, el veterano de la cicatriz en el hocico. —¿Qué ocurre adentro? —preguntó él, sin levantar la vista de su coraza. —Lo de siempre —dijo Elysia—. Hombres que no se ponen de acuerdo sobre si creer en algo. Gurk sonrió despacio y siguió trabajando. Elysia dio otro mordisco a la manzana. —Perdí a Mira en el río Daroma —dijo al fin, sin que nadie le hubiera preguntado—. La batalla más importante en que he participado. La ganamos. Ella no volvió. —Hizo una pausa—. Desde entonces me cuesta estar presente cuando sé que algo se avecina. No sé cuándo ni cómo. Pero se siente. Gurk dejó la coraza sobre el banco y la miró. —¿Y qué haces con eso? —Por ahora —dijo Elysia— como una manzana. Gurk hizo ese sonido grave que en los minotauros era lo más cercano a una risa. Elysia terminó la manzana, tiró el corazón al suelo, y miró el castillo con la expresión de quien todavía no ha decidido algo pero que sabe que pronto no tendrá más remedio. Luego se volvió y siguió caminando. De vuelta en el Salón Azul, Cristóbal escuchaba las acusaciones con la cabeza ligeramente inclinada. Sintió las palabras posarse sobre él con el peso específico de las acusaciones que tienen algo de verdad y algo de mentira mezclados. Sintió también la tentación de hundirse. Entonces sintió la mirada de Lohejtell. Cristóbal levantó la cabeza. Cerró la mano sobre el borde de la mesa. Y golpeó. No con rabia. Con una firmeza que sorprendió incluso a él mismo. —¿Qué se creen ustedes? —dijo—. ¿Invitan a un príncipe y lo tratan de impostor delante de todos? Tucep abrió la boca. —Siéntese —dijo Cristóbal. Tucep se sentó. Cristóbal se levantó y los miró uno por uno. —Soy el Príncipe Cristóbal, hijo de Naturella y del Rey Marcos. He pasado dos mil años en el mundo de los hombres aprendiendo lo que vine a aprender, sufriendo lo que vine a sufrir. No vengo a pedirles que me crean. Vengo a decirles lo que voy a hacer. —En el mundo de los hombres he visto lo que Mobir hace cuando nadie lo detiene. He visto guerras que mataron cincuenta millones de personas en menos de una generación. He visto ríos envenenados, cielos grises, hambre en países que tenían recursos para alimentar a todos. Eso es Mobir trabajando desde adentro. Y si no lo detenemos aquí, en Naverdell, el mundo de los hombres no tiene ninguna posibilidad. El salón estaba completamente quieto. —Volques volverá a ser mi asesor, manteniendo su puesto como Rey de Veronia. Los demás reinos se organizarán para la defensa coordinada del territorio. Y el Pergamino Sagrado que el Rey Fogos guarda con su vida me será entregado cuando llegue el momento correcto. Mientras lo decía, Cristóbal vio algo en los ojos de Volques que no era reconocimiento sino cálculo. Y entendió, con una claridad que no esperaba, que el Rey no lo creía todavía. Que lo estaba midiendo. Que quizás lo estaba usando. Eso no lo detuvo. Pero lo guardó. —¡Esto no lo permitiré! —Volques se levantó—. ¡Guardias! ¡Arresten a este impostor! Los guardias se movieron. Cristóbal levantó una mano. —Alto. Los guardias se detuvieron. Miraron a Cristóbal y algo en lo que vieron los hizo dudar. —Disculpe, su majestad —dijo uno, mirando no al Rey sino a Cristóbal. Fue en ese momento cuando las puertas del salón se abrieron de golpe. Drenier entró envuelto en una luz blanca y fría. —¡No es el elegido! —dijo. Cristóbal lo miró con esa atención que llevaba días entrenando. Vio la velocidad excesiva con que ese rostro adoptaba las expresiones correctas. La precisión demasiado cuidada de cada gesto. No lo dijo todavía. Pero lo registró. —Desde que llegué a esta tierra —dijo Cristóbal— algo en mí ha estado recordando. No aprendiendo. Recordando. Hay cosas que sé sin que nadie me las haya enseñado. Se volvió hacia Drenier. —Y usted llegó dos veces a decirme que no soy quien soy. La primera vez lo acepté. Ahora tengo más. —¿Como qué? —preguntó Ixma. —Como el nombre de la princesa Elena. Como la forma de la Mesa Escarlata. Como el sable que ahora llevo en el cinto y cuya inscripción leí antes de que nadie me la señalara. Lohejtell se incorporó. —El Pergamino Sagrado que guarda el Rey Fogos solo puede ser leído por los ojos del verdadero heredero. Nadie puede falsificar eso. La pregunta es si están dispuestos a esperar esa confirmación o si prefieren tomar una decisión equivocada ahora por miedo a equivocarse después. Dorw golpeó la mesa con los nudillos. Exhora impactado observó. Tucep miraba el suelo. Drenier no dijo nada. Fue ese silencio de Drenier el que Cristóbal registró más que cualquier otra cosa. Entonces una voz nueva llegó al salón. —¿Por qué no puedo estar en esta discusión, padre? Todos se volvieron. Era exactamente como la había visto. El pelo negro en ondas sobre los hombros. Los ojos castaños con ese algo rojizo. La postura de alguien que no pide disculpas por estar donde está. —Elena —dijo Cristóbal, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta. —Podrán darse cuenta —dijo ella, dirigiéndose a la sala pero sin apartar los ojos de Cristóbal— de que este hombre no es el príncipe Cristóbal. Cristóbal la miró. —Sé que te pedí que no me olvidaras. Y sé que me dijiste que jamás lo harías. No espero que lo recuerdes todavía. Pero yo sí lo recuerdo. El salón entero contuvo la respiración. Algo en la expresión de Elena cambió de una manera sutil y definitiva. Tucep se puso de pie. —¡Basta! El Rey Volques lo detuvo con un gesto. Luego miró a Cristóbal durante un momento largo. Y entonces tomó su copa y la alzó. —Salud y gloria a nuestro príncipe —dijo—. Salud. Dorw alzó su copa. Exhora la alzó. Lohejtell la alzó con las dos manos y una sonrisa que llevaba siglos guardando para ese momento. Beroom, desde la puerta, inclinó la cabeza con una dignidad que no necesitaba palabras. Drenier no alzó su copa. Y Cristóbal, que lo vio, guardó ese detalle junto a todos los demás. Lejos de allí, en el Castillo de Daliov, el Rey Fogos montó su corcel negro y cabalgó hasta donde sus soldados esperaban. Ciento setenta guerreros contra cuatro mil. Los miró uno por uno antes de hablar. —En pocas horas enfrentaremos las fuerzas oscuras de Mobir. Sus familias marcharán hacia Veronia. De nosotros depende que lleguen. Un soldado de Daliov no se rinde. Nunca. El corazón de Naturella está en cada habitante de Naverdell, y será su luz la que nos guíe. Y cuando caigamos, llegaremos como luciérnagas a los jardines del castillo, y allí brillaremos para siempre. Silencio. Luego una voz. —¡Daliov! Y otras voces uniéndose hasta que el eco llegó a las murallas y las murallas lo devolvieron amplificado. El Rey Fogos se volvió hacia Camus. —Capitán. Llevará a mi pueblo a Veronia. Sano y salvo. —Pero señor, usted debe— —Silencio —dijo el Rey, con suavidad—. Solo cumpla la orden. Camus lo miró con todo lo que no podía decir. —Así lo haré, señor. El Rey le entregó un sobre sellado y el tubo de cuero oscuro con el pergamino. —Esta carta es para el Rey Volques. El pergamino es para el príncipe Cristóbal. En sus manos. Solo en sus manos. Camus los apretó contra su pecho. —¡A Veronia, marchen! La columna comenzó a moverse. El Rey Fogos los vio partir desde su caballo, inmóvil, con la espalda recta y los ojos fijos en el camino que se alejaba. Esperó. Y Daliov, detrás de él, esperó también.

El Colgado
Capítulo XII

El Colgado

«Aveceshayqueverlotododesdeunánguloimposiblepara encontrarlaverdad»

El salón del Castillo de Veronia había recuperado algo parecido al orden después de la llegada de Cristóbal, pero era el orden frágil y tenso de los lugares donde la paz es reciente y todavía no confía del todo en sí misma. Katu había entrado minutos antes con la respiración entrecortada y los ojos cargados de noticias que no eran buenas. Cristóbal lo había escuchado con una atención que no tenía nada de ceremonial: la atención de alguien que sabe que lo que escucha va a exigirle algo. Las fuerzas de Mobir se movían hacia Daliov. El Rey Fogos había evacuado a su pueblo pero se había quedado atrás con un puñado de soldados para ganar tiempo. El castillo caería. Era solo cuestión de horas. Entonces Cristóbal hizo algo que nadie esperaba: se levantó, se ajustó la guerrera azul marino con sus botones dorados, y caminó hacia el gran salón donde el Rey Volques y sus asesores seguían deliberando con la calma característica de quienes llevan siglos tomando decisiones y han aprendido a no apresurarse. A veces esa calma es sabiduría. A veces es cobardía disfrazada de protocolo. Cristóbal todavía no sabía cuál era en este caso. Pero estaba dispuesto a averiguarlo. El gran salón del Castillo de Veronia era exactamente el tipo de lugar diseñado para hacer sentir pequeño a quien entrara sin invitación. Las paredes de piedra oscura se elevaban hasta una altura que parecía innecesaria para cualquier propósito práctico pero que cumplía a la perfección con otro propósito: recordarle a quien estuviera de pie en el centro que el espacio llevaba mucho más tiempo que él. Los asesores del Rey Volques estaban reunidos alrededor de la mesa rectangular. Exhora, el cónsul de los Dradianos del Norte, con esa atención suya que registraba todo sin mostrarlo. Ixma, el ministro de paz, cuya calma era tan perfecta que a veces resultaba imposible de distinguir de la indiferencia. Dorw, el general, con los brazos cruzados y una expresión que ya había tomado una decisión sobre Cristóbal antes de que este abriera la boca. Y Tucep, el rey de los elfos, que miraba al frente con la altivez de quien considera que la mayoría de las conversaciones son una pérdida de su tiempo. El Rey Volques presidía desde el extremo. Cristóbal entró. No pidió permiso. No esperó a que nadie lo invitara a hablar. Caminó hasta el borde de la mesa y habló con la voz de alguien que ha tomado una decisión y que no ha llegado aquí a pedir aprobación sino a comunicar una urgencia. —Katu acaba de llegar de Daliov —dijo—. La situación es esta: el Rey Fogos evacuó a su pueblo pero se quedó en el castillo con menos de ciento setenta guerreros para retener el avance de Mobir. La división enemiga supera las cuatro mil criaturas. El castillo caerá. La pregunta no es si, sino cuándo. Y lo que yo quiero saber es qué va a hacer este consejo al respecto. Silencio. Dorw fue el primero en hablar. —¿Qué sabes tú de táctica de combate? —dijo, con un tono que no era una pregunta sino una descalificación. —Lo suficiente para saber que ciento setenta contra cuatro mil no es una batalla —respondió Cristóbal, sin perder el hilo—. Es un sacrificio. Y me parece que este consejo lo sabe perfectamente y ha decidido que ese sacrificio es aceptable. Ixma intervino con su calma habitual. —Si nos movilizamos hacia Daliov, no llegaríamos a tiempo. La distancia y la situación táctica hacen que cualquier fuerza de apoyo llegue después de que el castillo haya caído. Sería gastar recursos que necesitamos para defender Veronia. —¿Y los hombres del Rey Fogos? —preguntó Cristóbal. —Son soldados —dijo Dorw—. Saben lo que implica su posición. —¿Eso es todo? —La voz de Cristóbal subió un tono. No perdió el control, pero tampoco se contuvo—. ¿Son soldados y por eso los dejamos morir sin intentar nada? —¡Silencio! —dijo el Rey Volques, con una voz que no necesitaba elevarse para llenar el salón. El silencio llegó. Pero Cristóbal no se sentó. Se quedó de pie, mirando al Rey, y lo que el Rey vio en esa mirada no era el desafío impulsivo de alguien que ha perdido la paciencia. Era algo más difícil de ignorar: la mirada de alguien que ha decidido que tiene razón y que está dispuesto a sostener esa razón aunque le cueste algo. —Su Majestad —dijo Cristóbal, y su voz bajó de tono, pero no de convicción—. Le pido disculpas por la forma. No por el fondo. Allí en Daliov hay criaturas que están dando su vida para que otras puedan llegar aquí sanas y salvas. No estoy pidiendo que enviemos un ejército completo. Estoy pidiendo que no los abandonemos sin intentar absolutamente nada. Porque si lo hacemos, si nos quedamos aquí deliberando mientras ellos mueren, no somos mejores que quienes los atacan. Hizo una pausa. —Y les digo algo más. Sé que muchos en este salón todavía dudan de si soy quien digo ser. Está bien. No los culpo. Pero hay algo que sí sé con certeza: vine al mundo de los hombres durante dos mil años a aprender precisamente esto. Aprendí que el abandono es una forma de traición que no necesita daga para herir. Aprendí que la inacción también tiene víctimas. Y aprendí que la diferencia entre un líder y un administrador es que el líder actúa cuando la situación lo exige, aunque los números no cuadren. El salón estaba completamente quieto. Lohejtell, sentado en su lugar más pequeño junto a la pared, miraba a Cristóbal con esa expresión que el gnomo usaba cuando algo lo sorprendía después de siglos en que pocas cosas todavía podían hacerlo. Beroom, desde la entrada, no se había movido. Pero sus brazos, que normalmente mantenía cruzados sobre el pecho, estaban a los lados. Era un gesto pequeño. Pero en Beroom, ese gesto significaba algo. Dorw fue el primero en romper el silencio, y esta vez su tono era diferente. No menos escéptico, pero sí menos automático. —¿Y qué propones exactamente? Cristóbal no lo esperaba tan pronto. Pero tampoco lo tomó desprevenido. —Lo que propongo me lo dijo Lohejtell hace un momento —respondió, con una honestidad que a varios en el salón les resultó desconcertante—. No finjo tener una estrategia militar elaborada. Lo que tengo es esto: convocatoria abierta. Quien quiera unirse. Sin obligación. Sin órdenes. Solo voluntad. Y con quienes vengan, hacemos lo que podamos. —¿Y si vienen pocos? —preguntó Exhora. —Entonces iremos pocos —dijo Cristóbal—. Pero iremos. Lohejtell se acercó a él durante el breve receso que el Rey decretó antes de dar su respuesta formal. —Escúchame —dijo el gnomo, en voz muy baja—. Hay algo que debes hacer antes de que el Rey te dé su respuesta. Y debes hacerlo tú solo, sin que nadie te lo pida. Cristóbal lo miró. —En nuestra cultura —explicó Lohejtell—, cuando un líder siente que no está siendo obedecido y que la situación no admite más deliberación, puede ejercer el gesto del último pronunciamiento. Se toma la copa de vino de la Mesa Escarlata, se alza ante todos y se derrama sobre la superficie. Eso significa: he dicho lo que tenía que decir. Quienes me son leales que vengan. Los demás pueden quedarse. Cristóbal lo miró un momento. —¿Y si nadie viene? —Entonces sabrás con quién cuentas —dijo Lohejtell—. Que también es información valiosa. Cristóbal escuchó con detención casi hipnótica. Luego entró de nuevo al salón. Lo hizo sin anunciar nada. Caminó hasta la Mesa Escarlata con el paso tranquilo de alguien que ya no necesita convencer a nadie porque ha dejado de buscar aprobación y ha empezado a buscar compañía. Tomó la copa de vino que estaba frente al sitial vacío. La alzó ante todos los presentes, que lo miraban sin entender todavía. Y la derramó. El vino oscuro se extendió sobre la superficie de la mesa con una lentitud que parecía deliberada, como si el líquido también entendiera la gravedad del momento. Llegó al borde, cayó en hilo fino al suelo de piedra. Nadie habló. Cristóbal dejó la copa vacía sobre la mesa, se volvió, y comenzó a caminar hacia la salida. Uno de los asesores estalló en una risa breve, nerviosa, que murió tan rápido como nació cuando nadie la siguió. Cristóbal salió del castillo. Cruzó el patio, caminó entre los grupos de criaturas que lo miraban, y siguió hacia el bosque que comenzaba donde terminaban los adoquines del acceso. No dijo nada. No llamó a nadie. No hizo gestos de convocatoria. Caminó. Fue entonces cuando Beroom se detuvo. —Hay alguien que deberías conocer antes de partir — dijo. Elysia estaba apoyada contra la muralla del patio con los brazos cruzados, y comenzó a observar como de apoco se iba formando una pequeña columna detrás de Cristóbal. Cuando Beroom se acercó con Cristóbal, lo miró con esa atención suya que no era curiosidad sino evaluación. —Elysia —dijo Beroom—. La Valkiria de los Andes. Ha defendido tres castillos de Naverdell en los últimos dos siglos. No hay guerrera más respetada en este reino. Elysia no reaccionó al elogio. Lo recibió como quien recibe algo que sabe que es verdad y que por eso no necesita celebrarse. Cristóbal la miró. —¿Vendrías con nosotros? —preguntó. Elysia lo miró durante un momento. —No —dijo. Sin elaboración. Sin disculpa. Cristóbal afirmó, respetando la respuesta. —¿Puedo preguntar por qué? —Hace mucho tiempo tomé una decisión —dijo Elysia—. Y no la cambio por una copa derramada sobre una mesa. No había hostilidad en sus palabras. Solo la firmeza de alguien que ha llegado a una conclusión después de pagar un precio real por ella. Cristóbal la miró un momento más, como queriendo decirle algo más. Luego se alejó caminando hacia el bosque. Elysia los vio partir sin moverse de donde estaba. Cristóbal mientras avanzaba, oyó pasos detrás de él. Se volvió. Era Exhora. El cónsul de los Dradianos del Norte caminaba hacia él con la expresión seria de siempre pero con algo nuevo en los ojos: la expresión de alguien que ha tomado una decisión que no le resulta cómoda pero que no puede no tomar. —Yo lo seguiré —dijo Exhora, sin elaborar más. Cristóbal agradeció con una sonrisa. Siguió dando más pasos. Un duende. Luego otro. Luego un grupo de elfos jóvenes que habían estado escuchando desde los márgenes del patio. Un centauro veterano que se había quedado mirando la copa derramada y que ahora caminaba con la cadencia específica de quien ha tomado una decisión que lleva tiempo madurando. Dos gnomos con bastones que parecían demasiado grandes para ellos. Un hobbit con una ballesta tan elaborada que resultaba difícil creer que supiera usarla hasta que uno veía sus manos. Caminaron al bosque. Y siguieron llegando. Beroom apareció junto a Cristóbal sin que nadie supiera exactamente cuándo se había unido, como si siempre hubiera estado allí y el resto del mundo simplemente no lo hubiera notado. —¿Cuántos somos? —preguntó Cristóbal, en voz baja. Beroom miró hacia atrás. —Muchos —dijo. Cristóbal miró también. La columna que venía detrás de él se extendía más de lo que había imaginado. Centauros, elfos, duendes, gnomos, minotauros, hobbits, pumas, osos. Criaturas de razas que Cristóbal todavía no sabía nombrar del todo pero que caminaban con la convicción de quien sabe exactamente a qué va. Mil doscientos cuarenta y uno, contaría Lohejtell más tarde. Todos estos voluntarios que habían visto a un hombre derramar una copa de vino sobre una mesa y habían entendido, antes de que nadie se los explicara, que ese gesto valía más que cualquier discurso. Volques los observaba desde la torre más alta del castillo. A su lado, Ixma permanecía en silencio, con la vista fija en la columna que se alejaba hacia el bosque. —Veo que el humano sí tiene cierto arrastre natural entre su gente —murmuró el ministro. El Rey no respondió de inmediato. Siguió mirando hasta que la figura de Cristóbal desapareció entre los árboles, y un poco después la columna entera se fundió con el bosque y el movimiento se detuvo y solo quedó el silencio del bosque cerrándose detrás de ellos. —No lo menosprecies —dijo Volques al fin—. Lo único que logramos con nuestra desconfianza fue alejar quizás al verdadero Príncipe Cristóbal. Dorw, que había subido también a la torre, miró al Rey. —¿Lo crees ahora? Volques tardó un momento en responder. —Creo que un impostor no hace lo que acaba de hacer —dijo—. Un impostor busca convencer. Ese hombre dejó de convencer y empezó a actuar. —Hizo una pausa—. Y eso, en toda mi vida, solo lo he visto hacer a las personas que no necesitan que nadie les crea porque ellas mismas ya creen. El silencio en la torre tenía el peso específico de las cosas que se comprenden demasiado tarde pero que todavía tienen tiempo de importar. En el aposento de la Princesa Elena, al otro lado del castillo, el Rey Tucep entraba con el paso de quien trae una noticia que considera buena y que confía en que su hija también la recibirá así. —Por fin se marchó —dijo. Elena estaba de pie frente a la ventana, mirando en la dirección en que había desaparecido la columna. No se volvió de inmediato. —¿Y cómo estás tan seguro de que eso es bueno? — respondió. Tucep frunció el ceño. —Elena. No tiene ningún parecido físico con el príncipe. No sabe cómo comportarse en el consejo. Ha desafiado a un rey en su propio salón. —También derramó la copa —dijo Elena, en voz baja. Tucep se detuvo. —¿Qué? —La copa de la Mesa Escarlata. —Elena se volvió finalmente, y había algo diferente en su expresión—. El último pronunciamiento, padre. ¿Cuándo fue la última vez que alguien hizo eso en este castillo? Tucep no respondió. —Yo nunca lo había visto —dijo Elena—. Y dicen que es el gesto de los que ya no necesitan convencer. — Hizo una pausa—. ¿Sabes quién fue la última persona en este reino que actuó así? Tucep seguía sin responder, pero su expresión había cambiado. —Naturella —dijo Elena—. Antes de la batalla de Voltavôr. El silencio que siguió entre padre e hija era del tipo que ocurre cuando una conversación llega a un punto en que ambos saben que uno tiene razón y el otro no está todavía dispuesto a decirlo en voz alta. Tucep salió del aposento sin decir nada más. Elena volvió a mirar por la ventana. El bosque estaba quieto. La columna había desaparecido. Pero algo en el aire seguía teniendo el peso de una decisión que no había terminado de desplegarse todavía. Elena miró sus manos. Pensó en el jardín del castillo. En la fuente de mármol. En la última vez que alguien le había sostenido las manos y le había dicho que volvería. Había algo en él que no encajaba con la mentira. Y Elena llevaba toda la vida sabiendo distinguir las dos cosas. En el bosque, mientras la columna avanzaba entre los árboles, Cristóbal caminaba al frente con Lohejtell en su hombro y Beroom a su izquierda. —¿Tienes miedo? —preguntó Lohejtell. Cristóbal pensó un momento. —Sí —dijo—. Pero de una manera diferente a como tenía miedo antes. —¿Cómo así? —Antes tenía miedo de seguir viviendo —dijo Cristóbal—. Ahora tengo miedo de no hacer esto bien. —Hizo una pausa—. Es un miedo mejor. Lohejtell lo analizaba. Beroom no dijo nada. Pero cuando el bosque se abrió un poco y el sol de Naverdell cayó sobre los tres por un instante antes de que los árboles volvieran a cerrarse, el minotauro levantó levemente la cabeza hacia esa luz, con la expresión breve y privada de alguien que reconoce algo que llevaba tiempo esperando. Y siguieron caminando.

La Muerte
Capítulo XIII

La Muerte

«Cadafinaleselumbralmásvalientequepuedecruzarun almaviva»

El bosque de Naverdell tiene una manera particular de recibir a quienes entran con una decisión tomada. No celebra. No anuncia. No cambia de color ni produce sonidos especiales. Simplemente abre espacio. Como si los árboles, que llevan siglos aprendiendo a distinguir entre los que caminan con miedo y los que caminan con propósito, se corrieran apenas lo suficiente para dejar pasar a los segundos con un poco más de comodidad. Cristóbal lo notó. No lo dijo en voz alta porque todavía había una parte de él que resistía la idea de que los árboles pudieran notar algo. Pero lo notó. Caminaban desde hacía una hora. Una columna que avanzaba entre los troncos con ese silencio específico que tienen los grupos de personas cuando han tomado una decisión juntos y todavía están procesando lo que eso significa. No era el silencio del miedo. Era el silencio de la concentración. El silencio de antes de algo. Cristóbal iba al frente. Lohejtell en su hombro. Beroom a su izquierda. Exhora tres pasos detrás, con una tablilla de madera donde iba anotando cosas que Cristóbal todavía no le había pedido que anotara pero que el cónsul consideraba necesarias de todas formas. Era el tipo de persona que anticipa sin que nadie se lo pida, y Cristóbal estaba empezando a entender que ese tipo de persona vale más que cualquier estrategia elaborada. Fue Lohejtell quien habló primero. Lo hizo con esa voz suya que no anunciaba lo que venía sino que simplemente empezaba, como si la conversación ya hubiera comenzado en algún lugar anterior al primer sonido. —¿Cómo te sientes? —preguntó. Cristóbal pensó un momento antes de responder. Era una pregunta que merecía ese tiempo. —Como alguien que acaba de tirar algo que cargaba hace mucho tiempo —dijo—. No sé todavía si era necesario o si fue un error. Pero ya no lo cargo. —No fue un error —dijo Lohejtell. —Eso no lo sabes todavía. —No —admitió el gnomo—. Pero hay cosas que se saben por el peso que tienen, no por el resultado que producen. Y lo que hiciste en ese salón tenía el peso correcto. Cristóbal caminó unos pasos. Miró hacia atrás, brevemente, hacia el lugar donde el castillo de Veronia había quedado atrás entre los árboles. Ya no se veía. Solo el bosque, cerrándose detrás de ellos con esa naturalidad con que las cosas se cierran cuando uno ha tomado una dirección y el mundo decide respetarla. —Lohejtell —dijo al fin. —¿Sí? —Aquel Cristóbal que llegó a la cabaña. El que tenía la botella en la mochila y estaba convencido de que su vida no servía para nada. El gnomo no respondió. Escuchaba. —Ese hombre está muerto —dijo Cristóbal. Lo dijo sin dramatismo. Con la misma calma con que se constata una cosa que ha ocurrido y que ya no tiene remedio ni lo necesita. Era el reconocimiento sereno de algo que había terminado bien, sin ruido, sin ceremonia, con la dignidad específica de lo que ya no necesita seguir existiendo porque ya hizo lo que tenía que hacer. —No sé exactamente cuándo murió —continuó—. No fue en la cabaña, aunque lo intenté. No fue en el claro del bosque cuando te vi por primera vez. Creo que fue esta noche, cuando derramé esa copa. Lohejtell tardó un momento. —¿Y cómo te sientes con eso? Cristóbal consideró la pregunta con seriedad. —Bien —dijo—. Me siento bien. Lo cual es extraño, porque ese hombre era yo. —Era una versión de ti —dijo Lohejtell—. Recuerda que una parte de ti es humana, eres hijo del Rey Marcos. Lo que ocurre es que una versión de ti ya cumplió su función. Te enseñó todo lo que los hombres pueden hacerse a sí mismos cuando se olvidan de que son algo más que sus fracasos. Una pausa. El viento movió las ramas sobre sus cabezas con ese crujido suave que el bosque de Naverdell produce cuando quiere decir algo pero no tiene palabras para decirlo. —Ese Cristóbal no murió de nada —dijo el gnomo—. Terminó. Que es diferente. Las cosas que terminan bien no dejan cicatriz. Dejan espacio. Cristóbal no respondió. Pero algo en su manera de caminar cambió levemente. Fue imperceptible para cualquiera que no lo conociera. Beroom lo notó. Lohejtell lo notó. El bosque, probablemente, también. Se detuvieron cuando el sol empezaba a caer. No fue un alto planificado. Fue Beroom quien se detuvo primero, con esa manera suya de parar que no requería explicación porque su cuerpo simplemente decidía que el momento lo pedía y los demás lo entendían sin palabras. El claro era amplio, con una hierba más baja que la del resto del bosque y una luz que llegaba de manera diferente, más horizontal, más dorada, del tipo de luz que tienen las tardes cuando el día ha decidido tomarse su tiempo antes de convertirse en noche. Y en el centro del claro había un árbol. Cristóbal tardó un momento en identificarlo como diferente a los demás. No por su tamaño, que era considerable. Sino por algo más difícil de nombrar. Una densidad. Una presencia. La sensación de estar frente a algo que lleva mucho tiempo en el mismo lugar y que ha acumulado en ese tiempo más de lo que la vista puede registrar. Las ramas caían en largas cortinas verdes que rozaban el suelo, creando un espacio interior casi privado, una habitación natural donde la luz llegaba filtrada y cambiada. Un sauce llorón. Y entonces el sauce dijo: —Buenas tardes. Con una voz que tenía algo de antiguo y algo de muy cansado y bastante de alguien que lleva siglos esperando que alguien se detenga a escucharlo. Cristóbal se paró en seco. Miró al árbol. Miró a Lohejtell. —Ya —dijo Lohejtell, con la calma absoluta de quien está completamente acostumbrado a esto—. Los sauces hablan. Y lloran. Generalmente al mismo tiempo. Es mejor no comentarlo directamente. Como confirmando el pronóstico, el sauce emitió un sonido que era inconfundiblemente un sollozo. —No estoy llorando —dijo el sauce, llorando. —Por supuesto que no —dijo Lohejtell, con una diplomacia impecable. Beroom miró al árbol. Luego miró a Lohejtell. Luego volvió a mirar al árbol con la expresión de alguien que ha decidido que esto entra dentro de la categoría de cosas que ya no lo van a sorprender porque la lista de cosas que ya no lo sorprenden se ha vuelto demasiado larga. Cristóbal miró al sauce durante un momento. Luego decidió que había atravesado demasiadas cosas en los últimos días como para que un sauce llorón fuera lo que lo desestabilizara. —Hola —dijo. El sauce hizo una pausa sorprendida. —Hola —respondió, con una voz que se había calmado apenas—. No es frecuente que alguien me salude primero. —¿No? —No. Generalmente pasan por aquí, me usan de sombra, y siguen. —Otro sollozo contenido—. A veces ni me miran. —Lo lamento —dijo Cristóbal, con una honestidad simple. El sauce hizo ese sonido-suspiro suyo. —Me llamo Valor —dijo—. Tengo dos mil ochocientos años. Y he visto muchas cosas en este claro. —¿Qué tipo de cosas? —preguntó Cristóbal. El sauce vaciló. Era evidente que no esperaba esa pregunta. —Guerras —dijo al fin—. Batallas. Generales planeando estrategias. Victorias que nadie recuerda. Derrotas que todo el mundo prefiere olvidar. —Una pausa—. He escuchado las instrucciones del General Dorw durante la batalla de Songra. He visto cómo fuerzas inferiores en número derrotaban a ejércitos enteros porque alguien supo usar bien lo que tenía. Cristóbal lo miró con una atención diferente. —¿Y podrías compartir eso? —preguntó—. Lo que sabes. Lo que escuchaste. El sauce vaciló de nuevo. Luego: —¿Por qué me lo preguntas? La mayoría no pregunta nada. —Porque lo necesito —dijo Cristóbal, con la honestidad directa de alguien que ha dejado de fingir que sabe más de lo que sabe—. Tengo muchas almas siguiéndome y no tengo ni idea de qué pedirles que hagan. Necesito hablar con alguien que haya visto cómo se toman esas decisiones. Silencio. El sauce hizo ese sonido-suspiro suyo otra vez. —Siéntate —dijo Valor—. Esto va a tardar un rato. Y entonces, para sorpresa de nadie más que Cristóbal, lloró de emoción. Beroom se sentó con la espalda contra el tronco del sauce, que protestó brevemente y luego se acomodó al peso con la resignación de quien ha aprendido que resistirse a los minotauros es una batalla perdida. Los voluntarios se dispersaron por el claro, descansando, comiendo lo que llevaban, hablando en voz baja. Exhora se sentó junto a Cristóbal con su tablilla de madera, listo para anotar. Y el sauce habló durante una hora larga. Habló de formaciones. De flancos. De la diferencia entre atacar cuando el enemigo te espera y atacar cuando el enemigo está mirando para otro lado. De la importancia del terreno. De cómo los centauros funcionan como caballería pero necesitan espacio abierto o se vuelven un problema para ellos mismos. De cómo los elfos arqueros son devastadores en posición elevada y casi inútiles en terreno cerrado. De cómo los minotauros en formación rompen cualquier línea pero si los dejas solos se dispersan porque cada uno quiere pelear a su manera, y eso que en un individuo es valentía, en una formación es caos. Cristóbal escuchaba. No todo lo entendía de inmediato. Parte lo absorbía con la mente y parte con algo más instintivo, esa zona que llevaba días despertándose cada vez que algo del mundo de Naverdell tocaba algo que ya existía en él desde antes de que supiera que existía. —El error más grande que cometen los líderes sin experiencia —dijo el sauce en un momento— es creer que liderar es saber más que todos. No lo es. Liderar es saber qué preguntarle a cada uno. Y luego saber qué hacer con las respuestas. Cristóbal lo miró. —¿Eso lo escuchaste de alguien o lo pensaste tú? El sauce hizo ese sonido-suspiro suyo. —Lo escuché de Naturella —dijo—. Hace muchos siglos. Pasó por este claro una tarde y se sentó exactamente donde estás tú ahora. Tenía una expresión muy parecida a la tuya. Silencio en el claro. Hasta los voluntarios que conversaban en voz baja se callaron, como si el nombre de Naturella tuviera la capacidad de aquietar el aire a su alrededor. —¿Qué expresión? —preguntó Cristóbal, en voz baja. —La de alguien que acaba de entender que no puede hacer esto solo —dijo Valor— y que eso no es una debilidad sino la única estrategia que funciona. Cuando oscureció del todo, las luciérnagas del bosque de Naverdell empezaron a encenderse entre las ramas del sauce. No de golpe. Una por una, con la cadencia pausada de las cosas que saben que tienen tiempo y no necesitan apresurarse. Cristóbal se puso de pie. Miró a Exhora. —¿Tienes todo anotado? —La mayor parte —dijo Exhora. —Necesito que esta noche me digas quiénes en este grupo tienen experiencia real de combate y quiénes no. Antes de que durmamos. Exhora aceptó la orden y se alejó entre los voluntarios. Cristóbal se volvió hacia el sauce. —Valor —dijo. —¿Sí? —respondió el árbol. —Necesito un consejo de guerra. Gente que me ayude a tomar decisiones que yo solo no sé tomar. —Hizo una pausa—. ¿Aceptarías ser parte de ese consejo? Silencio. Luego una risa breve, incrédula, con algo de emoción genuina que hizo temblar levemente las ramas más largas. —Nadie me había pedido eso antes —dijo Valor. —Nadie había tenido la necesidad —dijo Cristóbal—. Yo sí. Otra pausa. —Tendré que quedarme en el claro —dijo el sauce, con una practicidad que resultaba enternecedora—. No puedo exactamente moverme con vosotros. —Lo sé. Los mensajeros vendrán a ti cuando necesitemos consejo. —Hizo una pausa—. Y cuando sea posible, tú nos harás llegar lo que veas desde aquí. Los árboles de este bosque se comunican entre sí. Tú lo sabes mejor que yo. El sauce hizo esa pausa suya. —De acuerdo —dijo—. Seré vuestro asesor. —Una pausa—. Aunque debo advertirte que me emociono con facilidad y que eso a veces interfiere con la objetividad. —Lo tendré en cuenta —dijo Cristóbal. Valor lloró. Esta vez definitivamente de alegría. Esa noche, mientras todos dormían entre los árboles y el sauce velaba en el centro del claro con sus luciérnagas, Cristóbal se quedó despierto un rato más. Se sentó con la espalda contra un tronco y miró el cielo de Naverdell. Lohejtell se sentó junto a él sin decir nada durante un rato largo. Fue Cristóbal quien habló primero. —¿Cómo está el pueblo de Daliov? —preguntó—. Los que marchan hacia Veronia. —Katu me informó antes de que entráramos al bosque —dijo Lohejtell—. Camus los tiene en marcha. Van bien, aunque el ritmo es duro. El frío los afecta. Los más fuertes cargan a los que caen. —¿Y el Rey Fogos? Silencio. —No lo sabemos —dijo Lohejtell, con la honestidad que duele más que cualquier mentira. Cristóbal escuchó preocupado. Miró las estrellas un momento. —Hay algo que debo decirte —dijo al fin—. Sobre Drenier. Lohejtell no respondió. Pero tampoco se movió. —Llevo días guardándolo —continuó Cristóbal—. Desde el pantano de Songra. La velocidad con que respondió cuando Beroom le preguntó si estaba seguro. La manera en que me miraba desde el principio, calculando cada gesto. La pregunta sobre el tiempo que no respondió. —Hizo una pausa—. Y la visión que tuve en el pantano. Naturella me miraba con un miedo muy específico. No por ella. Por alguien que estaba cerca de mí y que no debería estar. El gnomo se quedó muy quieto. —Lo sé —dijo después de un momento, en voz muy baja. Cristóbal lo miró. —¿Lo sabías? —Lo he sabido y no he querido terminarlo de saber —dijo Lohejtell. En su voz había algo que Cristóbal no le había escuchado antes: el cansancio específico de quien ha llevado una decepción durante mucho tiempo sin poder depositarla en ningún lugar—. Drenier es uno de los seres en los que más he confiado en siglos. Descubrir que... No terminó la frase. No hizo falta. —¿Qué hacemos? —preguntó Cristóbal. Lohejtell tardó un momento largo. Miró el bosque a su alrededor, observó a todos durmiendo entre los árboles, el sauce velando con sus luciérnagas, Beroom roncando contra la raíz de un árbol enorme. —Lo mismo que hiciste esta noche en ese salón — dijo—. Cortar lo que ya no sirve y seguir adelante. Sin mirar atrás. Sin esperar que lo que cortamos vuelva a ser lo que fue. —¿Y Drenier? —Cuando llegue el momento, tendrá que responder —dijo el gnomo—. Pero ese momento no es esta noche. Esta noche lo que importa es lo que tenemos por delante. Cristóbal estuvo de acuerdo. Miró el cielo de Naverdell durante un rato largo. —Lohejtell —dijo al fin. —¿Sí? —Gracias. El gnomo no preguntó por qué. Simplemente confirmó con su mirada. Cristóbal se recostó contra el tronco y cerró los ojos. Las luciérnagas flotaban sobre él en silencio. Y el bosque de Naverdell siguió respirando despacio, como siempre, como si supiera que lo que dormía entre sus árboles esa noche era algo que había costado mucho llegar hasta aquí.

La Templanza
Capítulo XIV

La Templanza

«Elequilibrionoeslaausenciadeextremos;eslasabiduría desabercuándousarlos»

Cristóbal despertó antes que los demás. No por una señal ni por un ruido. Simplemente abrió los ojos en la oscuridad que precede al amanecer y supo, con esa certeza que a veces llega antes de que la mente pueda formular por qué, que ya no necesitaba más sueño. Que había algo que hacer y que el día lo estaba esperando. Se sentó despacio, con cuidado de no despertar a quienes dormían cerca. Miró el claro. El sauce Valor seguía en el centro, sus ramas inmóviles en el aire quieto de la madrugada. Las luciérnagas que lo habían rodeado durante la noche se habían apagado casi todas. Exhora estaba despierto también. Sentado contra un tronco al otro lado del claro, con su tablilla de madera sobre las rodillas, escribiendo a la luz de una pequeña piedra luminosa que sostenía entre dos dedos con la naturalidad de quien ha hecho eso miles de veces. Cristóbal se acercó. —¿Cuándo dormiste? —preguntó, en voz baja. —Lo suficiente —respondió Exhora, sin levantar la vista. —¿Tienes el inventario? —Aquí. Cristóbal se sentó junto a él y leyó lo que el cónsul había preparado durante la noche. Era una lista ordenada, clara, sin adornos: cuántos centauros, cuántos elfos arqueros, cuántos minotauros, cuántos hobbits, cuántos gnomos, cuántos de cada raza con experiencia de combate real y cuántos que nunca habían peleado pero que habían seguido a Cristóbal al bosque porque algo en ese gesto de la copa derramada les había dicho que era la decisión correcta. Mil doscientos cuarenta y uno en total. Cuarenta y tres con experiencia real. —¿Qué piensas? —preguntó Cristóbal. Exhora dejó de escribir y miró el inventario. —Pienso que cuarenta y tres guerreros experimentados son suficientes para organizar al resto si se usan bien —dijo—. Y pienso que la pregunta correcta no es cuántos somos, sino qué podemos hacer con lo que somos. Cristóbal lo miró un momento. —¿Sabes? Eso suena exactamente a lo que dijo el sauce anoche. —El sauce tiene razón con frecuencia —dijo Exhora, con la naturalidad de quien dice algo que considera un hecho y no una observación notable—. Lleva dos mil ochocientos años escuchando a personas que saben lo que hacen. Algo se le tiene que haber pegado. Cuando el sol empezó a filtrarse entre los árboles, el claro despertó de golpe. Beroom fue el último en despertar y el primero en estar completamente operativo. Era una de esas criaturas que no necesitan transición entre el sueño y la vigilia: abrían los ojos y ya estaban presentes, sin la zona gris que la mayoría de los seres necesita para funcionar. Se acercó a Cristóbal y miró el inventario sobre la tablilla de Exhora. —¿Y bien? —dijo. —Necesito un Ministro de Guerra —dijo Cristóbal—. Alguien que conozca la táctica. Que sepa traducir lo que sabe el sauce en decisiones concretas sobre el terreno. Beroom miró el claro. Recorrió con los ojos los grupos que empezaban a moverse, a comer, a prepararse. —Exhora —dijo. El cónsul levantó la vista. —Tú has servido en tres campañas militares —dijo Beroom—. Lo sé porque tu nombre aparece en los registros de Songra grabados en la piedra del castillo. Exhora no respondió de inmediato. —Eso fue hace mucho tiempo —dijo al fin. —El conocimiento no caduca —dijo Beroom—. Solo se oxida si uno lo deja sin usar. Cristóbal miró a Exhora. —¿Aceptas? El cónsul miró su tablilla. Luego miró al claro. Luego miró a Cristóbal con la expresión de alguien que ha pasado mucho tiempo en funciones administrativas y que acaba de recibir el recordatorio de que eso no era lo único que sabía hacer. —Acepto —dijo. —Bien —dijo Cristóbal—. Primera decisión: ¿cómo organizamos a todos? Exhora tomó la tablilla. —Los cuarenta y tres con experiencia los distribuimos entre los grupos. Uno experimentado por cada seis o siete combatientes. No para que peleen por ellos, sino para que sepan cómo moverse, cómo mantener la formación, cómo no entrar en pánico cuando el primer ataque los sorprenda. — Hizo una pausa—. El pánico en la primera batalla que mata más gente que el enemigo. Cristóbal estaba de acuerdo. —¿Y los centauros? —Los centauros van al frente cuando haya espacio para correr —dijo Exhora—. En terreno abierto son devastadores. En terreno cerrado son un problema. Hay que saber cuándo usarlos y cuándo mantenerlos en reserva. —¿Los elfos arqueros? —Posición elevada siempre que sea posible. Árboles, colinas, murallas. Un elfo arquero en altura vale por cinco en el suelo. —¿Los minotauros? Beroom tosió levemente. —Los minotauros —dijo Exhora, con una diplomacia cuidadosa— son la fuerza de choque. Insuperables en el primer embate. Pero necesitan liderazgo claro en el campo o cada uno decide por su cuenta y la formación se deshace. Beroom volvió a toser. —Yo los lidero —dijo, con la tranquilidad de quien hace una declaración que no requiere discusión. Exhora miró a Cristóbal. Cristóbal aceptó sin dudas. —Beroom lidera a los minotauros —dijo—. Exhora coordina el conjunto. Yo voy donde haga falta. —Eso no es una posición táctica —observó Exhora. —No —admitió Cristóbal—. Pero es lo que tengo hasta que aprenda a tener una mejor. Exhora lo miró un momento. Luego concedió con algo que en su expresión habitualmente contenida era lo más cercano a la aprobación. Lohejtell había escuchado toda la conversación desde donde estaba sentado, a unos metros, con su bastón apoyado en el suelo y esa postura suya de quien parece estar descansando pero en realidad está procesando todo con una velocidad que su tamaño no sugiere. Cuando terminaron, se acercó a Cristóbal. —Una cosa más —dijo. —¿Sí? —Necesitas comunicación con Veronia. Con lo que ocurre en Daliov. Con el pueblo de Camus en marcha. No puedes tomar decisiones militares sin información de lo que pasa fuera de este bosque. Cristóbal lo miró. —¿Cómo? Lohejtell señaló hacia donde Katu estaba sentado al borde del claro, observando la escena con esos ojos amarillos que nunca parecían descansar del todo. —Katu —dijo Cristóbal. El puma se volvió. —Necesito que seas mis ojos fuera de este bosque — dijo Cristóbal—. Veronia. El camino de Daliov. Lo que puedas ver desde el aire a través de los cóndores que conoces. Cualquier movimiento de las fuerzas de Mobir. Katu lo miró durante un momento con esa atención suya que no era sumisión sino evaluación. —El Rey Fogos me encomendó servirte —dijo al fin—. Lo haré. —Bien —dijo Cristóbal—. Y una cosa más. Cuando llegues a Veronia, dile al Rey Volques que el pueblo de Daliov necesita que alguien salga a recibirlos en el camino. Que no lleguen solos al castillo. Que haya alguien esperándolos. Katu sin dudar obedeció y partió sin más palabras, deslizándose entre los árboles con esa fluidez suya que hacía que su desaparición pareciera un truco de magia. El sol ya estaba alto cuando Valor habló de nuevo. —Tengo algo que decirte —dijo el sauce, con un tono diferente al de la noche anterior. Menos melancólico. Más directo. Cristóbal se acercó. —¿Qué? —Los árboles de este bosque han estado hablando esta mañana —dijo Valor—. Los árboles no hablan como vosotros. No con palabras. Pero transmiten. Tensión. Movimiento. Cambios en el suelo. —Hizo una pausa—. Hay algo moviéndose al sur. Hacia el camino que viene de Daliov. Cristóbal se tensó. —¿Bestias de Mobir? —No lo sé con certeza. Pero el movimiento no es el de criaturas que huyen. Es el de criaturas que buscan algo. Cristóbal miró a Exhora. —Si las fuerzas de Mobir detectaron la columna de marcha de Daliov —dijo Exhora—, pueden estar intentando interceptarla antes de que llegue a Veronia. —¿Cuánto tiempo tiene Camus? —preguntó Cristóbal. —Depende de dónde estén exactamente —dijo Exhora—. Pero si salimos ahora y tomamos el camino del río, podríamos estar cerca si algo ocurre. Cristóbal miró el claro. Tantas criaturas que habían dormido en el bosque y que ahora lo miraban a él, no con la expectativa ansiosa de quien espera que alguien les diga qué hacer, sino con la atención tranquila de quien ha tomado una decisión y espera la señal para ejecutarla. Era diferente a cualquier cosa que hubiera sentido antes. No era la presión de ser observado. Era el peso específico de ser confiado. Y entre esos dos estados había una distancia enorme que Cristóbal, esa mañana, cruzó sin darse cuenta exactamente del momento en que lo hizo. —Exhora —dijo—, organiza la columna. Los centauros al frente, los arqueros en los flancos. Beroom, los minotauros en retaguardia hasta que los necesitemos adelante. —¿Y los hobbits? —preguntó alguien desde el grupo. Cristóbal buscó la voz. Era un hobbit de mediana altura para su raza, con una ballesta elaborada y una expresión de competencia tranquila que Cristóbal había notado la noche anterior cuando Exhora había hecho el inventario. —¿Cómo te llamas? —preguntó. —Tirn —dijo el hobbit. —¿Cuántos hobbits arqueros tenemos? —Doce con puntería de combate real —dijo Tirn—. El resto puede cubrir retiradas pero no debería liderar un ataque. —Los doce van con los elfos —dijo Cristóbal—. El resto protege el centro de la columna. Tirn validó con la brevedad de quien está satisfecho con una respuesta sin necesidad de celebrarla. Cristóbal se volvió hacia el sauce. —Valor —dijo—. Si hay movimiento al sur, necesito que los árboles lo sigan. Cualquier cambio de dirección, cualquier concentración de criaturas, cualquier cosa que indique que el objetivo es la columna de Daliov. —Lo transmitiré —dijo el sauce. Y entonces, por primera vez desde que Cristóbal había entrado al bosque de Naverdell, Valor no lloró. No hizo el sonido-suspiro. No emitió ninguna variante de su melancolía habitual. Solo dijo lo que dijo con la firmeza sobria de alguien que ha encontrado por fin un propósito a la altura de su historia. La columna partió cuando el sol estaba en su punto más alto. Mil doscientos cuarenta y un valientes moviéndose con un orden que la noche anterior no existía. Ahora eran algo diferente. No un ejército todavía, pero sí algo que se le parecía más que la víspera. Algo que tenía estructura. Algo que sabía cómo moverse. Cristóbal iba al centro, entre Exhora y Lohejtell. Beroom cerraba la retaguardia con los minotauros, que caminaban con esa cadencia pesada y rítmica que en el bosque sonaba como un tambor lejano. —¿Cómo te sientes? —preguntó Lohejtell, con la misma pregunta de la noche anterior pero con un tono diferente. Menos suave. Más directo. —Concentrado —dijo Cristóbal. —¿No tienes dudas? —Tengo muchas —dijo Cristóbal—. Pero he aprendido que las dudas y la acción no son incompatibles. Que uno puede no estar seguro de todo y aun así dar el siguiente paso. Lohejtell lo observó. —¿Eso también lo aprendiste en el mundo de los hombres? —Sí —dijo Cristóbal—. Aunque tardé mucho en entenderlo. —Hizo una pausa—. En realidad casi no llego a entenderlo. El gnomo reflexionó. No añadió nada más. No hacía falta. El camino del río apareció después de una hora de marcha. Era un sendero estrecho que corría paralelo a un río cuyo nombre Cristóbal no conocía todavía pero que tenía ese sonido específico del agua que corre sobre piedras planas, un sonido constante y limpio que hacía que el bosque a su alrededor pareciera más quieto por contraste. Exhora levantó una mano. La columna se detuvo. —¿Qué? —preguntó Cristóbal, en voz baja. —Los pumas exploradores —dijo Exhora, señalando hacia delante. Dos pumas venían corriendo por el sendero con la velocidad del que lleva una urgencia. Cristóbal los esperó sin moverse. Los pumas se detuvieron frente a él, jadeando levemente. —La columna de Daliov está a cuatro horas de aquí —dijo el primero—. Van bien. Pero el Capitán Camus capturó esta mañana dos espías de Mobir en el camino. Los tiene prisioneros e interrogados. —Hizo una pausa—. Lo que obtuvieron del interrogatorio es urgente. —¿Qué obtuvieron? —preguntó Cristóbal. —Un nombre —dijo el puma—. Un traidor dentro de Veronia. Alguien que ha estado informando a Mobir sobre los movimientos del consejo. El silencio que siguió tenía la textura específica de una confirmación que uno esperaba y que duele igual aunque uno la esperara. Cristóbal no miró a Lohejtell. Pero Lohejtell miró a Cristóbal. Y entre ellos, sin palabras, sin gestos, el nombre que ninguno de los dos pronunció ocupó todo el espacio disponible. —¿Dijo el nombre? —preguntó Cristóbal, con una voz tranquila de una manera que costaba trabajo. —Drenier —dijo el puma—. El druida Drenier ha estado haciendo tratos con Mobir. Cristóbal abrió sus ojos, confirmando lo que pensaba. —¿Dónde está ahora Drenier? —preguntó. —En Veronia, según el prisionero. Cristóbal miró a Exhora. —Necesitamos llegar a Veronia antes de que Drenier sepa que lo sabemos —dijo. —Si aceleramos el paso y tomamos el camino corto por las colinas —dijo Exhora—, llegamos antes de que anochezca. —Bien —dijo Cristóbal—. Y cuando lleguemos, no decimos nada sobre Drenier hasta que yo lo diga. Nadie. Miró a cada uno de los que estaban suficientemente cerca para haber escuchado: Exhora, Lohejtell, Beroom que había avanzado desde la retaguardia al oír el alto. Todos estuvieron de acuerdo. —¿Y Camus? —preguntó Lohejtell. —Que siga su marcha —dijo Cristóbal—. Que llegue a Veronia con el pueblo de Daliov. Que entregue el pergamino y que sea resguardado hasta mi llegada. Hizo una pausa. Pensó en el Rey Fogos. En los ciento setenta guerreros que se habían quedado atrás a inmolar sus vidas defendiendo el castillo, solo con el objetivo de hacer tiempo para salvar a su pueblo. —Que nadie detenga al Capitán Camus hasta que el Pergamino del Primer Canto esté en mis manos. Lohejtell se detuvo. No de golpe. Con la lentitud de alguien a quien una frase le produce algo que necesita un momento para procesar. —¿Cómo sabes ese nombre? —preguntó el gnomo, en voz muy baja. Cristóbal lo miró. —¿Qué nombre? —El Pergamino del Primer Canto —dijo Lohejtell—. Ese es su nombre verdadero. El nombre que Naturella le dio cuando lo escribió. No el Pergamino Sagrado, que es como lo llaman los que lo conocen de oídas. El nombre real. El que está escrito en el idioma antiguo en la tapa del tubo que lo contiene. Cristóbal frunció el ceño. —No lo sabía —dijo—. Lo dije sin pensar. El gnomo lo miró durante un momento largo. —Sí —dijo al fin, con una voz que era pequeña pero que contenía algo enorme—. Lo sé. No añadió nada más. Pero lo que había en sus ojos era la confirmación de algo que llevaba días siendo casi certeza y que en ese instante dejó de ser casi. Los pumas partieron. La columna reanudó la marcha, ahora con más velocidad, hacia el camino de las colinas. Cristóbal avanzaba, pero dentro de él algo seguía resonando. El nombre había salido de su boca con la naturalidad de una palabra conocida, de esas que uno pronuncia sin buscarlas porque están allí antes de que uno llegue a buscarlas. Y eso, más que cualquier visión en el pantano o cualquier recuerdo en el agua, era el tipo de evidencia que no admitía demasiada discusión. Fue Lohejtell quien habló, después de varios minutos de marcha. —¿Sabes lo que es? —preguntó—. ¿El Pergamino del Primer Canto? —No exactamente —dijo Cristóbal. Lohejtell comenzó a explicarle —Naturella lo escribió antes de la primera guerra — dijo el gnomo—. No con tinta. Con algo que no tiene nombre en ningún idioma que los hombres hablen. Con intención pura, diría yo, si eso puede entenderse. Con la voluntad de una semidiosa concentrada en un solo acto de escritura que duró, según los registros del castillo, siete días y siete noches sin interrupción. Cristóbal escuchaba. —Lo que contiene no son instrucciones —continuó Lohejtell—. No es un hechizo en el sentido habitual. Es un canto. El primer canto que existió en este mundo, anterior al lenguaje de Naverdell, anterior incluso al idioma de los semidioses. Es el canto con el que la fuerza que gobierna todo cuanto existe llamó a la vida por primera vez. Y Naturella lo escribió porque sabía que habría un momento en que sería necesario pronunciarlo de nuevo. El bosque a su alrededor parecía más quieto. Como si los árboles también escucharan. —¿Y qué ocurre cuando se pronuncia? —preguntó Cristóbal. —Depende de quién lo pronuncie —dijo Lohejtell—. Si lo lee alguien sin la sangre de Naturella, las palabras lo destruyen desde adentro. No por maldad. Simplemente porque hay fuerzas que el cuerpo humano ordinario no está construido para contener. Una pausa. —Pero si lo lee quien tiene esa sangre —continuó el gnomo—, ocurre algo que solo ha ocurrido una vez antes en la historia de este mundo y de aquél. Las palabras no se quedan en el aire. Suben. Y lo que desciende en respuesta son los Alados de Luz, seres de energía pura que existen en el espacio entre las estrellas y que no pueden ser convocados por ningún hechizo ni ninguna guerra ni ninguna voluntad individual. Solo por ese canto. Solo por esa voz. Solo por esa sangre. Cristóbal continuó su rumbo. —¿Qué son los Alados de Luz? —preguntó. —No pelean como pelean los guerreros —dijo Lohejtell—. No tienen espadas ni flechas ni estrategia. Son luz en la forma más antigua de la palabra: la que deshace la oscuridad no porque la combata sino simplemente porque existe. Ninguna criatura de Mobir puede sostenerse en su presencia. No porque sean destruidas con violencia sino porque lo que las sostiene, que es la corrupción y la oscuridad y el miedo, se disuelve cuando algo de esa naturaleza llega. El gnomo hizo una pausa larga. —Mobir lo sabe —dijo—. Por eso lleva siglos intentando destruir el pergamino. Ahora entiendo la razón de Drenier de estar al lado del mal. Por eso el Rey Fogos ha resguardado tanto el pergamino. —¿Y si no funciona? —preguntó Cristóbal—. ¿Y si lo leo y no ocurre nada? —Esa —dijo— es la primera pregunta honesta que te has hecho sobre tu propio destino. —No es una respuesta —dijo Cristóbal. —No —admitió el gnomo—. Pero es lo que tengo. — Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar su voz tenía un peso diferente—. Escucha bien, Cristóbal. Solo podrás recitar este canto cuando estés frente a Mobir. Vuestras miradas deberán cruzarse, y en ese momento sentirás una señal que no te dejará dudas. Sabrás cuándo es. No antes, no después. Solo entonces podrás pronunciar el Primer Canto. —Hizo una pausa—. Lo que sí puedo decirte es esto: el pergamino lleva dos mil años esperando. Ha sobrevivido guerras, traiciones, el peso del tiempo y la codicia de Mobir. Y esta mañana pronunciaste su nombre verdadero sin saber que lo sabías. —Otra pausa—. Eso no es una garantía. Pero tampoco es nada. Cristóbal escuchaba con miedo, preocupación pero al mismo tiempo con una valentía que se anidaba de a poco en su pecho. Siguieron caminando apresurando la marcha al doble.

El Diablo
Capítulo XV

El Diablo

«Lascadenasmáspesadassonlasqueunomismosepone creyendoqueprotegen»

El camino entre Daliov y Veronia no era un camino en el sentido estricto de la palabra. Era más bien la memoria de un camino: una línea de tierra más compacta que la que la rodeaba, ligeramente más baja en algunos tramos por el peso acumulado de generaciones de pies y patas que lo habían recorrido en ambas direcciones. En algunos puntos se ensanchaba lo suficiente para que dos carros pasaran de frente. En otros, se estrechaba hasta el ancho de una persona y los árboles a ambos lados se juntaban arriba formando una bóveda que en otro momento habría resultado hermosa y que ahora resultaba opresiva, del tipo de hermosura que no tiene tiempo de ser apreciada cuando uno lleva demasiadas horas caminando con miedo. Varias horas atrás: El pueblo de Daliov llevaba marchando desde antes del amanecer. No corrían. Pero tampoco caminaban con la cadencia natural de quienes van a algún lugar. Iban con esa urgencia silenciosa y sostenida que tienen las columnas de refugiados cuando el peligro no está todavía a la vista pero se siente en la dirección del viento y en el comportamiento de los animales del bosque que se apartan del camino sin que nadie se los pida. El Capitán Camus iba a pie desde hacía cuatro horas y media. Había cedido su caballo a un soldado elfo que cojeaba con una herida en el tobillo que en circunstancias normales habría sido un problema menor pero que en esas circunstancias podía convertirse en algo peor si no se atendía. Era una decisión práctica tanto como generosa: un soldado que no puede caminar al ritmo de la columna es un problema para todos, no solo para él. Camus apretaba contra su pecho el tubo de cuero con el pergamino del Rey Fogos. Y en el bolsillo interior de su casaca, el sobre sellado con el emblema de Daliov que debía llegar a las manos del Rey Volques. Ambas cosas las había prometido entregar. Esa promesa era en este momento lo más pesado que cargaba. Más que el equipaje. Más que el cansancio. Más que la preocupación por los cuatrocientos que marchaban detrás de él con los pies llenos de ampollas y la garganta seca y los ojos de quien ha dejado su hogar sin saber si lo encontrará en pie cuando vuelva. Unos pumas de los puestos avanzados de exploración regresaron a la columna de marcha, no al galope de alarma sino al trote rápido de quien trae información urgente pero no catastrófica. Camus los vio venir y levantó una mano para que la columna redujera el paso. —¿Qué? —preguntó, cuando el primero llegó a su altura. —Dos criaturas en el camino —dijo el puma—. Intentaban moverse paralelos a la columna, en el bosque, sin ser vistos. Los detectamos por el olor y por el movimiento de las aves. —¿Qué tipo de criaturas? —Enanos —dijo el puma—. Con el tipo de ropas y marcas que usan los exploradores de Mobir. Camus procesó eso durante un momento. Los exploradores de Mobir no atacaban solos. Observaban. Medían. Contaban. Y luego transmitían lo que habían visto a quien correspondiera, que era exactamente lo que no debía ocurrir en este camino con esta columna en este momento. —¿Cuántos más hay en la zona? —preguntó. —Solo detectamos a estos dos —dijo el puma—. Pero eso no significa que sean los únicos. —No —dijo Camus—. Nunca lo son. Llamó a un teniente hobbit que marchaba tres posiciones detrás de él. Era joven, con esa expresión de competencia tranquila que tienen los hobbits que han aprendido que su tamaño no es un impedimento sino una ventaja si saben usarlo. —Necesito que dividas los arqueros en dos grupos — dijo Camus, en voz baja—. Un grupo por cada flanco del camino. Que avancen por el camino montañoso cerca del bosque más frondoso, paralelos a la columna, sin hacer ruido. En cuanto los enanos intenten retroceder, los cerramos desde los dos flancos. El teniente asintió sin hacer preguntas y se alejó. Camus ordenó a la columna que siguiera a paso normal. Que no miraran hacia los lados. Que no cambiaran nada en su comportamiento que pudiera indicar que sabía lo que estaba por ocurrir. Era un detalle pequeño pero importante: los buenos exploradores notan cuando los observados saben que están siendo observados. Caminaron cuatro minutos más. Y entonces los enanos aparecieron. Salieron del bosque en el momento equivocado, que era exactamente el momento en que los arqueros de los dos flancos habían cerrado el semicírculo detrás de ellos. Las flechas llegaron antes que las voces, no disparadas para matar sino para advertir, clavándose en el suelo a un palmo de los pies de cada uno con la precisión específica de quien sabe exactamente dónde quiere que caigan. Los enanos se detuvieron. Miraron a su alrededor. Calcularon. Y llegaron a la conclusión correcta, que era que no había ninguna dirección favorable. Minutos después estaban amarrados espalda con espalda contra el tronco de un árbol en el borde del camino, con una guardia de cuatro soldados y la atención de Camus completamente enfocada en ellos. Eran distintos entre sí. El primero era lo que Camus habría esperado de un explorador de Mobir: piel terrosa marcada por cicatrices viejas, ojos pequeños y brillantes que no dejaban de moverse calculando ángulos de escape, una nariz prominente y una boca que había encontrado en la arrogancia su mecanismo de defensa preferido. Tenía una cicatriz diagonal que le cruzaba el rostro desde la ceja izquierda hasta la mandíbula derecha, de esas que no se consiguen en escaramuzas menores. El segundo era diferente. Más pequeño que el primero, con unos ojos que en otro contexto podrían haber parecido inocentes pero que ahora tenían el brillo específico del miedo. Respiraba con una rapidez que no correspondía al esfuerzo físico reciente. Camus se plantó frente a ellos. No sacó la espada todavía. Los interrogatorios que empezaban con violencia raramente producían información útil porque la persona interrogada aprendía demasiado rápido que la violencia no dependía de lo que dijera. —¿Pertenecen a las fuerzas que atacaron el castillo de Daliov? —preguntó, con la voz tranquila de quien tiene tiempo aunque no lo tenga. El primero, el de la cicatriz, levantó la vista hacia él con una expresión que era desafío puro. —¿Por qué deberíamos decírtelo? —dijo—. Están condenados. Es solo cuestión de días. —Me alegra que lo veas así —dijo Camus—. Significa que tienes menos que perder siendo honesto. El enano de la cicatriz escupió al suelo. Camus lo miró sin cambiar de expresión. —¿Cuántas divisiones tiene Mobir en movimiento? — preguntó. Silencio. —¿Hacia cuántos castillos se dirigen? Silencio. El enano pequeño intentó sostener la mirada de Camus y no pudo. —No tengo nada que decir —murmuró, pero el temblor en la voz decía exactamente lo contrario. —No tienes que decir nada todavía —dijo Camus, que era más amenazante que cualquier grito—. Solo quiero que pienses en algo. Estás a varios días de marcha de cualquier posición de Mobir. Estás amarrado a un árbol en el medio del bosque. Y el único destino que tienen dos exploradores enemigos capturados en tiempo de guerra es uno que ninguno de los dos quiere visitar antes de tiempo. Pausa. —A menos que tengan algo que valga la pena escuchar. El enano pequeño miró al suelo. El de la cicatriz habló desde el otro lado del árbol. —No le digas nada —dijo, con una voz que era una orden tanto como una advertencia. El enano pequeño miró al árbol. Luego miró a Camus. Luego volvió a mirar al árbol. —Si te digo algo —dijo, en voz muy baja, casi un susurro—, ¿me dejas libre? —Depende de lo que digas —respondió Camus. —¿Una promesa de Capitán de Daliov? —Si lo que dices vale lo que creo que vale, sí. El enano pequeño cerró los ojos un momento. El de la cicatriz dijo algo en un idioma que Camus no reconoció, con el tono de quien maldice. —Hay un traidor —dijo el enano pequeño. El silencio que cayó sobre el pequeño grupo no fue el silencio de la sorpresa. Fue el silencio de algo que se confirma. —¿Quién? —preguntó Camus, con una voz que hizo un esfuerzo consciente por mantenerse igual que antes. —No sé su nombre completo —dijo el enano—. Pero lo llaman el Druida. Y ha estado informando a Mobir sobre los movimientos del consejo de Veronia desde hace tiempo. Mucho tiempo. —Hizo una pausa—. Siempre preguntaba sobre los planes. Sobre las rutas. Sobre quiénes iban a dónde y cuándo. —¿Druida? —repitió Camus. —Drenier —dijo el enano pequeño, y esa vez el nombre sonó completo, con toda su carga. El de la cicatriz volvió a hablar en ese idioma desconocido, más largo esta vez. El enano pequeño no respondió. Camus permaneció inmóvil durante un momento que fue más largo de lo que parecía desde afuera. Drenier. El nombre no le era desconocido. Había escuchado hablar de él al Rey Fogos en más de una ocasión, siempre con esa confianza tranquila que se tiene por las personas que llevan siglos siendo fiables. Había escuchado hablar de él a los soldados, a los consejeros. Era uno de esos nombres que en Naverdell funcionaban como puntos de referencia: si Drenier dice esto, si Drenier confirma aquello, si Drenier está de acuerdo. Y todo ese tiempo. Camus hizo un esfuerzo para que nada de lo que sentía cambiara su expresión. —¿Qué más sabes sobre él? —preguntó. —Solo lo que he oído —dijo el enano pequeño—. Que lleva mucho tiempo haciéndolo. Que Mobir lo tiene desde hace siglos. Que fue él quien convenció a ciertos consejeros de dudar del príncipe cuando llegó. —Una pausa—. Y que todavía está en Veronia. Camus no podía creer lo que escuchaba. —¿Hay algo más que debamos saber? El enano pequeño sacudió la cabeza. Camus se volvió hacia el teniente hobbit que había estado escuchando desde dos pasos de distancia. —Que los lleven con la guardia trasera —dijo—. Tratados como prisioneros de guerra, no como espías. Hay una diferencia. El teniente lo miró. —¿Y el trato? Camus pensó un momento. —El pequeño dijo lo que sabía. Eso vale algo. —Hizo una pausa—. Lo evaluaremos cuando lleguemos a Veronia. El de la cicatriz emitió un sonido desde el otro lado del árbol que podría haber sido una risa o podría haber sido otra cosa. Camus no se molestó en identificarlo. Llamó a su teniente más veterano y le habló en voz baja durante un minuto. Lo que le dijo no era para todos los oídos. Era específico, concreto, sin adornos: cuando lleguen a Veronia, la información sobre Drenier va directamente al Rey Volques y al príncipe, en ese orden, antes de que Drenier sepa que hay algo que saber. El teniente recibió la orden con la seriedad de quien entiende exactamente por qué ese detalle importa. Luego Camus se quedó solo en el borde del camino durante un momento mientras la columna reanudaba su marcha detrás de él. Miró el bosque. Pensó en el Rey Fogos en la torre de Daliov. En la manera en que el Rey había hablado de Drenier alguna vez, con esa confianza específica que uno tiene por las personas con las que ha construido algo durante mucho tiempo. En la manera en que esa confianza, ahora, resultaba ser una herramienta que alguien había usado contra todos ellos con una paciencia que solo puede venir de siglos de práctica. La traición de larga data tiene una crueldad específica que la traición espontánea no tiene. La espontánea duele porque es una ruptura. La de larga data duele porque revela que no hubo nada que romper, que lo que parecía sólido era vacío desde el principio, y que todo lo construido sobre esa base fue construido sobre nada. Camus apretó el tubo de cuero contra su pecho. El pergamino seguía allí. Eso era lo que importaba ahora. Ese pergamino y la persona a la que debía entregarlo y la información que ahora también debía entregar, que era igual de importante aunque no brillara con magia antigua y no estuviera sellada con el emblema de ningún rey. Se puso en marcha. En el presente: Fue uno de los pumas exploradores de la columna de Camus quien llegó primero con la noticia: había criaturas moviéndose desde el norte por el camino de las colinas. Una columna entera. Centauros en la vanguardia. Minotauros en la retaguardia. Y al frente, alguien con una guerrera azul marino y botones dorados. Camus se detuvo. —¿Una guerrera azul marino? —repitió. —Con botones dorados —confirmó el puma. Camus permaneció quieto durante un segundo que duró más de lo que un segundo debería durar. Luego pidió su caballo de vuelta. El soldado elfo que lo montaba protestó desde encima del animal, señalando su tobillo. —Capitán, yo puedo— —El caballo —dijo Camus, con una voz que no admitía continuación. Montó. Y fue al encuentro de la columna que bajaba por las colinas con el sol de la tarde detrás, convirtiendo cada figura en una silueta recortada contra el naranja del cielo, como si el mundo hubiera decidido hacer de ese momento algo que mereciera ser recordado. Cuando las dos columnas se encontraron en el punto donde el camino de las colinas tocaba el camino del río, el que encabezaba la columna del norte se adelantó solo. Camus lo miró desde su montura. Era más joven de lo que había imaginado. Cabello oscuro y ondulado. Los ojos de alguien que ha visto demasiadas cosas en poco tiempo y que todavía no ha terminado de procesar ninguna. Una expresión que combinaba la determinación con algo más difícil de nombrar: la de alguien que está aprendiendo a ser lo que es mientras lo es, sin el lujo de practicar primero. Se miraron durante un momento. Fue Camus quien habló primero. —¿Es usted el príncipe Cristóbal? —preguntó, con una voz que llevaba en ella tanto la esperanza como el miedo de que la respuesta fuera sí. —Soy Cristóbal —dijo—. Lo del príncipe lo estamos todavía resolviendo. Algo en Camus cedió. No dramáticamente. Con la misma sutileza con que cede la tensión acumulada durante demasiado tiempo cuando por fin encuentra dónde depositarse. Desmontó. Se acercó a Cristóbal. Y antes de decir nada más, antes de las presentaciones y los informes y la información sobre Drenier que ardía en su pecho como algo que necesita salir, sacó el tubo de cuero de debajo de su casaca y lo sostuvo frente a Cristóbal con las dos manos. —El Rey Fogos —dijo— me encargó esto. Me pidió que lo entregara en sus manos. Y que lo protegiera con mi vida si era necesario. Cristóbal miró el tubo. Luego miró a Camus. —¿Y el Rey Fogos? —preguntó, en voz baja. Camus no respondió de inmediato. La respuesta que tenía no era la que ninguno de los dos quería que fuera. —Cumplió su promesa —dijo al fin—. Hasta el final. Cristóbal asumió con responsabilidad. Tomó el tubo entre sus manos. Lo sostuvo un momento sin abrirlo, sintiendo el peso de lo que contenía, que no era solo el peso físico del pergamino sino el peso de todo lo que ese pergamino representaba: el sacrificio de un rey, la esperanza de un pueblo, la confirmación de una identidad que todavía no había terminado de reconocerse del todo. —Hay algo más —dijo Camus. Cristóbal lo miró. —Capturamos dos exploradores de Mobir en el camino. Los interrogamos. —Hizo una pausa—. Confirmaron algo que creo que usted ya sabe. —Drenier —dijo Cristóbal. Camus lo miró con una expresión que era sorpresa y reconocimiento al mismo tiempo. —Sí —dijo. —Lo sé —dijo Cristóbal—. Y sé que está en Veronia. Y sé que no debe saber que lo sabemos hasta que yo decida el momento. Camus escuchaba todo con detención. —¿Qué hacemos con los prisioneros? —Los llevamos a Veronia —dijo Cristóbal—. Trátalos correctamente. Pueden ser útiles después. Camus aceptó sin dudar la orden. Luego miró la columna que esperaba en el camino de las colinas, y la columna del pueblo de Daliov que esperaba en el camino del río, y los dos grupos mirándose entre sí con esa mezcla de alivio y curiosidad que tienen los desconocidos cuando descubren que comparten algo importante sin haberse coordinado para ello. —¿Cómo los unimos? —preguntó. Cristóbal miró los dos grupos. —Los de Daliov van al centro —dijo—. Los otros los rodean. Los centauros al frente, los arqueros en los flancos, los minotauros en retaguardia. Llegamos todos juntos a Veronia. —¿Cuándo partimos? —Ahora —dijo Cristóbal—. Todavía tenemos luz suficiente para llegar antes de que anochezca del todo. Se volvió hacia Lohejtell, que había llegado a su lado en algún momento de la conversación sin que nadie pudiera señalar exactamente cuándo. —¿Estás bien? —preguntó el gnomo, en voz baja. Cristóbal miró el tubo de cuero en sus manos. —El Rey Fogos murió —dijo. —Sí. —¿Cómo se honra algo así? Lohejtell lo pensó un momento. —Haciendo lo que él esperaba que hicieras —dijo—. Nada más y nada menos que eso. Cristóbal llevó sus manos a su rostro, como sintiendo responsabilidad. Sintió pena y rabia. Apretó el tubo contra su pecho, de la misma manera en que Camus lo había apretado durante horas, con esa presión específica de las cosas que uno lleva y que sabe que no puede permitirse perder. Y la columna unida, más de setecientas criaturas en total, comenzó a moverse hacia Veronia bajo el cielo naranja del atardecer de Naverdell.

La Torre
Capítulo XVI

La Torre

«Loqueelfuegodestruyeyaestabamuerto;loquesobrevive, eraeterno»

El castillo de Daliov había sido construido para resistir. No para ganar. Resistir. Había una diferencia que sus arquitectos, hacía siglos, habían comprendido mejor que la mayoría: los castillos que pretenden ser invencibles se vuelven arrogantes. Los que saben que su función es ganar tiempo son sabios. Daliov tenía cuatro torres macizas alrededor de una plaza cuadrilátera, muros de piedra oscura de un metro y medio de grosor, y un único acceso por un puente sobre el río Daroma que sus diseñadores habían calculado como el cuello de botella perfecto. Un ejército de cuatro mil no podía cruzar ese puente al mismo tiempo. Tendría que hacerlo en filas, expuesto, durante el tiempo que tardara. El Rey Fogos sabía exactamente cuánto tiempo podía comprar. No era suficiente para ganar. Era suficiente para que su pueblo llegara a Veronia. Eso tendría que serlo todo. Llevaba una hora de pie en el adarve de la muralla norte, mirando el horizonte con la misma atención con que se mira algo que uno sabe que va a llegar pero que necesita ver llegar de todas formas. A su lado, el Oficial Elfo Daren, veterano de dos campañas menores, mantenía la postura de quien ha aprendido que el miedo y la disciplina no son incompatibles y que de hecho la segunda es la única manera de manejar el primero. Los tambores llegaron antes que las criaturas. No eran los tambores rítmicos de una marcha humana. Eran algo más irregular, más primitivo, del tipo que no marca el paso sino que alimenta la rabia. Un sonido que llegaba desde el bosque al sur con una cadencia que parecía aumentar a medida que se acercaba, como si la percusión misma estuviera creciendo junto con la fuerza que la producía. Luego llegó el olor. Los que habían luchado contra las fuerzas de Mobir antes lo reconocían antes de verlo: una mezcla de azufre, cuero húmedo y algo orgánico imposible de describir con precisión pero inconfundible una vez sentido. El olor de criaturas que no tienen ninguna de las inhibiciones que tiene cualquier ser que ha aprendido a convivir con otros. Y luego llegaron ellos. Salieron del borde del bosque en formación. No en la formación desordenada de una horda sino en algo más organizado y por eso más aterrador: columnas paralelas que avanzaban con una eficiencia que hablaba de entrenamiento, de práctica, de alguien que los había preparado para exactamente esto. Los primeros eran los Dragotrolles. Bestias de cuerpo bajo y ancho, con escamas del color del carbón mojado que reflejaban la luz del atardecer con un brillo opaco y enfermizo. Sus extremidades delanteras eran desproporcionadamente largas, lo que les daba una manera de moverse que recordaba a algo entre un reptil y un cuadrúpedo, con una eficiencia brutal que no tenía nada de gracia pero que cubría el terreno más rápido de lo que su aspecto sugería. De sus bocas salía, con cada exhalación, un vapor denso que no era exactamente fuego pero que lo precedía. Detrás venían los Eputrolles de infantería: el cuerpo de Zamuro, el ejército que Mobir había entrenado durante siglos para exactamente este tipo de asalto. Cuerpos anchos y bajos, pieles grises, hocicos que mostraban colmillos incluso cerrados. Iban vestidos con atalajes de cuero negro que cubrían pecho y brazos y que llevaban cosidas placas de un material que no era metal pero que tenía la dureza del metal y algo de su brillo. Cargaban hachas de doble filo, cadenas con pesas, y en la vanguardia, las catapultas de campaña que cuatro de ellos arrastraban cada una con la facilidad con que un hombre arrastra un carrito pequeño. Cuatro mil. El Rey Fogos los contó como pudo desde la muralla, sabiendo que el número exacto no importaba tanto como el orden y la intención, y lo que vio en el orden y la intención fue suficiente para confirmar lo que ya sabía: no venían a sitiar. Venían a destruir. Rápido, completo, sin negociación posible. —¿Están todos en posición? —preguntó, sin volverse. —Sí, mi Rey —dijo Daren. —¿Los elfos arqueros? —En las cuatro torres. Con órdenes de priorizar las catapultas. —¿Los minotauros? —Listos en el flanco este, esperando la señal. Fogos asintió. Miró el puente. El cuello de botella. El lugar donde cuatro mil criaturas tendrían que convertirse en una fila. El lugar donde ciento setenta guerreros podían hacer algo que se pareciera, aunque solo fuera por un tiempo, a una resistencia real. —Esperen mi señal —dijo. Los tambores se detuvieron. El silencio que siguió fue peor que el ruido. Era el silencio de algo que ha terminado de prepararse. Luego las flechas encendidas salieron del bosque. No una o dos. Una nube. Cientos de puntos de luz naranja que ascendieron juntos, describieron un arco sobre el cielo oscurecido y descendieron sobre el castillo con una precisión que indicaba práctica y con una cantidad que indicaba que el objetivo no era matar, sino incendiar todo lo que pudiera arder. Los tejados de madera del cuartel prendieron primero. El almacén de víveres del patio interior, después. Los elfos arqueros desde las torres respondieron de inmediato, sus flechas buscando las catapultas del enemigo con una puntería que en otras circunstancias habría resultado admirable. Alcanzaron dos. Las otras siguieron funcionando. —¡Cubran el puente! —gritó Daren desde la torre norte. Pero los Dragotrolles ya estaban en el puente. No todos a la vez. En fila, como el diseño del puente exigía. Pero avanzando con una velocidad que no correspondía a su tamaño y con una determinación que no se detenía ante las flechas que les caían desde las torres. Dos cayeron. Tres. Cuatro. Los de detrás pasaron por encima de los caídos sin reducir el paso. —¡Los minotauros! —gritó Fogos. Cinco minotauros de la guardia real salieron por el flanco este del castillo. No por el puente. Por una salida lateral que daba directamente al borde del río, diseñada exactamente para este tipo de maniobra de flanqueo. Salieron en formación, los hombros casi tocándose, con esa cadencia característica de los minotauros cuando avanzan en grupo hacia algo: una vibración en el suelo que llegaba antes que ellos, que era tanto una advertencia como una promesa. Su objetivo era la máquina de asalto que los Eputrolles arrastraban hacia el portal principal. Un ariete cubierto, con cabeza de bronce y costados de madera reforzada, del tipo diseñado para hacer exactamente lo que su nombre sugería con la frecuencia y la fuerza que la situación requiriera. Los minotauros la alcanzaron en treinta segundos. Lo que siguió duró menos que eso. Cinco minotauros contra el peso y la inercia de una máquina de asalto es una ecuación que solo funciona si los minotauros tienen el ángulo correcto, y lo tenían. Empujaron desde los costados, coordinados, con esa eficiencia brutal que tiene la fuerza cuando sabe exactamente qué hacer con ella. La máquina cedió. Se desplazó hacia la derecha. Siguió desplazándose. Llegó al borde del terraplén y cayó al río con un sonido que no era exactamente un chapoteo sino algo más grave, más definitivo, el sonido de algo muy pesado que encuentra el agua y la rinde. El júbilo en las murallas duró exactamente el tiempo que tardaron los Eputrolles en reaccionar. Que no fue mucho. Los cinco minotauros giraron para enfrentarse al contraataque y encontraron no cinco ni diez sino cincuenta Eputrolles que habían salido del flanco de la formación principal con una velocidad que nadie en la muralla había anticipado. La lucha fue breve y brutal. Tres minotauros cayeron en los primeros veinte segundos. Los otros dos siguieron peleando, con la terquedad propia de su raza, hasta que el número los superó de una manera que no tenía solución posible. No pidieron ayuda. No retrocedieron. Pelearon hasta que no pudieron seguir peleando. Y eso fue todo. Fogos los vio caer desde la muralla con la mandíbula apretada y algo en los ojos que no era solo tristeza sino la conciencia exacta de lo que había pedido que hicieran y del costo de haberlo pedido. —¡A sus puestos! —gritó, con una voz que no tenía temblor porque no podía permitirse tenerlo—. ¡Todos a sus puestos! La batalla que siguió no tuvo la épica lineal de los relatos de guerra. Tuvo la violencia fragmentada y simultánea de los combates reales: múltiples frentes al mismo tiempo, órdenes que llegaban antes de que las anteriores hubiera podido ejecutarse, decisiones tomadas con información incompleta en fracciones de segundo, victorias pequeñas e inmediatas que se volvían irrelevantes treinta segundos después por lo que ocurría a tres metros de distancia. Los elfos arqueros desde las torres alcanzaron a una segunda catapulta. Luego a una tercera. Pero los Dragotrolles habían cruzado el puente y estaban ahora en el patio exterior del castillo, sus cuerpos resistiendo las flechas con una eficiencia que resultaba desconcertante, como si el fuego de sus bocas no fuera solo un arma sino también una armadura que el calor interno les confería. El portal aguantó más de lo esperado. Los elfos lanceros del segundo nivel lo defendieron con una precisión que habría resultado admirable en cualquier otro contexto: lanzas cortas desde las aspilleras, aceite caliente desde los matacanes, flechas desde ángulos que los atacantes no anticipaban. Cada metro del portal costó a Mobir más criaturas de las que el General Zamuro habría preferido gastar. Eran miles de bestias del mal contra ciento setenta guerreros de Daliov, que por muy valientes y precisos que sean, no pueden compensar de manera indefinida una diferencia de ese tamaño. El portal cedió en el cuadragésimo minuto de batalla. No de golpe. Primero una bisagra. Luego la madera que la rodeaba. Luego el peso acumulado de lo que empujaba desde afuera fue más que lo que resistía desde adentro, y cuando la segunda bisagra cedió, el resto fue consecuencia. Las bestias entraron al patio interior del castillo como entra el agua cuando la presa cede: sin pausa, sin negociación, sin la menor consideración por lo que encontrara a su paso. —¡Retrocedan a la torre más alta! —gritó Fogos. No era una rendición. Era la siguiente fase del plan. La torre más alta de Daliov era el punto más defensible del castillo, con un único acceso por una escalera de piedra lo suficientemente estrecha para que solo pudiera subir una criatura a la vez, lo que convertía el número del enemigo en una ventaja irrelevante para ese propósito particular. En la cima, una garita pequeña con puerta de metal y techo cónico de tejas de madera. Suficiente espacio para doce personas. Subieron dieciséis. Cuatro quedaron en la escalera, defendiéndola. No como una decisión tomada con palabras sino como una de esas decisiones que ocurren solas cuando la situación es clara y la gente que la vive es del tipo correcto: los cuatro se quedaron en la escalera porque los doce necesitaban llegar arriba, y eso era todo lo que había que saber. Fogos fue el último en entrar a la garita. Cerró la puerta de metal. El sonido del combate en la escalera llegó durante un minuto más. Luego se detuvo. Los doce que estaban en la garita no hablaron de eso. No porque no lo sintieran sino porque sentirlo y seguir funcionando era lo único que podían hacer. El espacio era pequeño. Olía a piedra vieja y a humo de la batalla que había entrado por las grietas. Las ventanas angostas, diseñadas para arqueros no para ventilación, dejaban pasar el sonido del caos del patio interior con una fidelidad que en ese momento nadie habría elegido. El Oficial Elfo Daren se sentó en el suelo con la espalda contra la pared. Tenía una herida en el hombro derecho que había empezado como un corte superficial y que ahora era algo más. Lo sabía. No lo dijo. —¿Qué haremos, mi Rey? —preguntó. Fogos lo miró. Y en lugar de responder de inmediato, lo que hizo fue mirar a cada uno de los once que estaban en esa garita con él. Los miró de verdad, uno por uno, con esa atención que uno da a las personas cuando sabe que puede ser la última vez. Los vio. No sus uniformes ni sus heridas ni su utilidad táctica. Los vio como lo que eran: elfos y hobbits y un gnomo y dos minotauros jóvenes que habían decidido quedarse cuando podrían haber corrido, que habían peleado cuando podrían haberse escondido, que estaban aquí ahora en esta garita pequeña y oscura porque habían elegido estarlo. —Un guerrero de Daliov no se rinde —dijo, con una voz que era tranquila de una manera que costaba trabajo pero que era lo que el momento requería—. Pronto seremos luciérnagas que alumbrarán los jardines del Castillo de Naverdell. Y desde allí veremos a nuestro príncipe aclamado como Rey. Nadie respondió. Pero algo cambió en el aire de la garita. No optimismo, que habría sido mentira. Algo más sobrio y más real: la aceptación tranquila de lo que era y la decisión de estar en ese lo que era de la mejor manera posible. Fogos respiró hondo. —¡A luchar con honor o a morir con gloria! —dijo, alzando la espada. Y doce voces respondieron. No un grito heroico de película. Una respuesta firme y real, del tipo que sale cuando la gente siente lo que dice. —¡Daliov! Fue entonces cuando el techo tembló. Un golpe enorme, seguido de otro, seguido del sonido de tejas que se desplazaban y de algo muy grande que encontraba el techo cónico de madera con una fuerza que hacía dudar de la integridad del material. Todos miraron hacia arriba. El polvo caía en hilos finos desde las vigas. Luego silencio. Luego, con una delicadeza inverosímil dado lo que había precedido ese sonido, algo abrió un espacio entre las tejas desplazadas y una cabeza asomó. Grande. Con plumas de un gris oscuro casi negro en la parte superior y blanco sucio en el cuello. Dos ojos amarillos que miraban al interior de la garita con esa combinación de inteligencia y ecuanimidad que tienen los cóndores cuando han decidido que una situación requiere su presencia. —¿Es usted el Rey Fogos? —preguntó el cóndor, con una voz que era grave y clara y que resultaba completamente incongruente con el hecho de estar asomada por el techo de una garita en medio de una batalla. El Rey lo miró durante un segundo que fue más largo de lo que parecía. —Sí —dijo. —Necesito que se monte sobre mí —dijo el cóndor—. Ahora. Hay una ventana de tiempo muy pequeña antes de que las criaturas del patio detecten que estoy aquí. —¿Cuántos cóndores vienen? —Solo yo, mi Rey. Puedo llevar a uno. El silencio en la garita tenía una textura particular. Era el silencio de once personas que procesan una información y que llegan todas al mismo tiempo a la misma conclusión y que saben que la conclusión tiene un costo. —¡Arranque ahora, mi Rey! —dijo Daren, con una firmeza que no admitía discusión—. Nosotros mantenemos esto. Fogos los miró. Todos. Cada uno. Vio en sus rostros lo mismo que había visto antes: la decisión tomada. No con resignación sino con algo más activo. La determinación propia de quien ha elegido de qué lado está y que en ese estar encuentra algo que no es fácil de nombrar pero que en ese momento resultaba perfectamente visible. Fogos abrió la boca para decir que él se quedaba. Y entonces pensó en la daga que debía ser entregada también a Cristóbal. En todo lo que dependía de que alguien que sabía lo que sabía llegara a donde tenía que llegar con lo que tenía que llevar. Llamó al Teniente Dagora. El elfo se acercó. —Dagora —dijo Fogos, con una voz que era baja pero que llegó a todos en esa garita pequeña—. Lo que voy a pedirte es lo más difícil que te pediré en tu vida. Y lo más importante. Dagora lo miró. —Subirás al cóndor —dijo Fogos—. Llevarás esta carta al Rey Volques. —Sacó el sobre sellado de su casaca—. Y llevarás esto al príncipe Cristóbal. En sus manos. Solo en sus manos. Sacó la daga. No era una daga ordinaria. Su hoja era oscura, casi negra, con una calidad de la oscuridad que no era simplemente ausencia de luz sino algo más activo, más antiguo. El mango estaba cubierto de inscripciones que Dagora reconoció como las mismas que había visto grabadas en la piedra junto al pantano de Songra, en el lugar donde los guerreros de Naturella habían enterrado las siete dagas prohibidas después de la primera guerra. —Mi Rey —dijo Dagora, con la voz de quien ha entendido lo que tiene en las manos—. Esta es una de las siete dagas de Songra. La única capaz de matar a Mobir. —Sí —dijo Fogos. —Entonces usted la necesita más que— —Yo no voy a llegar a Mobir, Dagora —dijo Fogos, con una serenidad que era más difícil de sostener de lo que parecía—. Cristóbal sí puede. Dagora miró la daga. Luego miró al Rey. —No puedo dejarle aquí, mi Rey. —No me estás dejando —dijo Fogos—. Me estás obedeciendo. Que es diferente. —Hizo una pausa—. Y lo que te pido que lleves es más importante que lo que te pido que dejes. El Teniente Dagora cerró los dedos alrededor de la daga. No porque estuviera de acuerdo. Porque entendía. Que también era diferente. Se acercó al cóndor. Antes de subir, se volvió hacia Fogos. No dijo nada. No hacía falta. El Rey cerró y abrió sus ojos. El cóndor extendió sus alas en el espacio del techo roto y levantó el vuelo con Dagora aferrado a su cuello, elevándose sobre la garita, sobre la torre, sobre el patio interior del castillo que ardía en tres lugares simultáneamente, sobre las bestias que levantaban la vista y empezaban a calcular, sobre el río Daroma que reflejaba el fuego con esa fidelidad indiferente que tiene el agua ante lo que ocurre en sus orillas. Los Dragotrolles los vieron. Dos de ellos extendieron sus alas membranosas, que en tierra no eran visibles porque las plegaban contra el cuerpo con una eficiencia que engañaba sobre sus capacidades reales. En vuelo eran otra cosa: envergaduras de cuatro metros, escamas que el viento convertía en una superficie casi aerodinámica, y desde sus bocas, con cada exhalación, el fuego que era tanto su arma como su motor. La persecución comenzó sobre el río. El cóndor Afmatun, porque ese era su nombre aunque todavía nadie en la garita lo sabía, volaba con la eficiencia propia de quien conoce sus propias capacidades y las de su perseguidor y ha calculado el margen exacto entre ambas. No era cómodo ese margen. Pero existía. —¡Afírmese, Teniente! —gritó el cóndor, mientras el primer Dragotroll disparaba fuego que pasó a dos metros por la izquierda—. ¡Vamos a las colinas! Dagora se aferró con las dos manos al cuello del cóndor, con los ojos cerrados durante los primeros segundos y luego abiertos, porque había descubierto que verlo era menos aterrador que imaginarlo. El cóndor descendió hacia los desfiladeros. Los Dragotrolles siguieron. El primero fue demasiado rápido en el descenso y perdió el control en el último viraje, su masa incapaz de compensar la inercia acumulada. El impacto contra la roca fue breve y definitivo. El segundo fue más cuidadoso. Y más peligroso por eso. Siguió a Afmatun a través de los desfiladeros con una persistencia que hablaba de inteligencia. El fuego salía en ráfagas cortas, calculadas, buscando anticipar la trayectoria en lugar de seguirla. —¡Prepárese! —gritó Afmatun. —¿Para qué? —gritó Dagora. —Para algo que tiene nombre —respondió el cóndor—. Se llama "vive o muere". Y funciona exactamente una vez. —¿Por qué exactamente una vez? —Porque la segunda vez el enemigo ya sabe lo que viene. Dagora no tuvo tiempo de responder. El cóndor ascendió en vertical, con una velocidad que convirtió el viento en un muro contra el rostro de Dagora y que hizo que sus manos casi cedieran por la fuerza que necesitaron para mantenerse. El Dragotroll los siguió hacia arriba, más lento pero con la determinación del que sabe que en las alturas la distancia se reduce. Cuando el cóndor llegó al punto exacto que había calculado, giró ciento ochenta grados. La picada fue casi vertical. El Dragotroll, que venía hacia arriba, invirtió su movimiento con una torpeza que era consecuencia inevitable de su masa: los cuerpos grandes no cambian de dirección tan rápido como los pequeños, y esa diferencia de décimas de segundo fue suficiente. El cóndor pasó rozando al Dragotroll. El Dragotroll, con toda su velocidad y toda su masa y sin espacio suficiente para recuperar el control, siguió su trayectoria hasta que la roca del desfiladero hizo lo que las rocas hacen cuando algo impacta contra ellas a esa velocidad. Silencio. Solo el viento. Y el sonido de las alas de Afmatun encontrando su ritmo de crucero. —¿Estás vivo? —preguntó el cóndor. —Creo que sí —respondió Dagora—. No estoy seguro de qué criterio usar para confirmarlo. —Si puedes responder, estás vivo —dijo Afmatun—. Es criterio suficiente. Volaron durante un momento. Luego Dagora habló. —¿Cómo te llamas? —Afmatun —dijo el cóndor—. Significa el que se admira. Me lo pusieron mis padres antes de que yo tuviera oportunidad de opinar. —Es un buen nombre —dijo Dagora. —El tuyo también —dijo Afmatun—. Dagora. Lo escuché cuando el Rey te lo dijo. —Me lo puso mi abuelo. —¿Es general? —Era —dijo Dagora—. General del tercer cuerpo. El cóndor agitó sus alas unos momentos. —Entonces llevas nombre que pesa —dijo. —Sí —dijo Dagora—. Lo sé. Volaron hacia el sur. Hacia Veronia. Con una carta, una daga y dos nombres que pesaban cada uno a su manera. En la garita de la torre más alta del Castillo de Daliov, el Rey Fogos se quedó mirando el espacio que el cóndor había dejado en el techo roto. Luego miró a los once que quedaban con él. Abrió la puerta de metal. —¡A luchar con honor o a morir con gloria! —dijo, y su voz no tembló. Salió el primero. Detrás de él, uno por uno, los once guerreros de Daliov que habían elegido quedarse. La escalera los recibió con el ruido de lo que los esperaba abajo. Y el castillo de Daliov, que había sido construido para resistir y que había cumplido exactamente esa función durante el tiempo exacto que se necesitaba, dio sus últimas horas de combate con la dignidad propia de las cosas que saben para qué fueron hechas y que cumplen ese propósito hasta el final.

Las Estrellas
Capítulo XVII

Las Estrellas

«Laesperanzanodesaparece;soloesperaensilencioquela oscuridadserinda»

Afmatun volaba desde hacía horas. El sol había cruzado su punto más alto y empezaba a descender hacia el oeste cuando Veronia apareció en el horizonte, primero como una mancha oscura entre las colinas, luego como la silueta de cuatro torres y una muralla que la luz del atardecer convertía en algo entre dorado y naranja. Dagora la vio y sintió algo que no era exactamente alivio porque el alivio implica que el peligro ha terminado y este no había terminado ni estaba cerca de terminar. Era algo más parecido a la orientación: la sensación de saber dónde está uno después de horas de no saberlo con certeza. —Ya la veo —dijo. —Yo también —dijo Afmatun—. Pero hay algo más que ver. Dagora entrecerró los ojos. Desde esa altura, el contorno del castillo era claro. Y también lo era lo que rodeaba el castillo, que no eran los jardines ni los campos de cultivo ni el bosque que normalmente lo enmarcaba desde lejos. Era movimiento. Un movimiento que venía desde el sur, organizado en columnas que avanzaban con esa eficiencia que Dagora había aprendido a reconocer como característica de las fuerzas de Mobir. No la horda desordenada de las bestias inferiores. Algo más disciplinado. Más peligroso. —Zamuro —dijo Dagora. —¿Lo conoces? —Lo conozco de los informes del Rey Fogos —dijo Dagora—. El General de la tercera división. El más metódico de los comandantes de Mobir. Si lo han enviado a Veronia es porque Daliov ya no era el objetivo principal. Era el primer paso. Afmatun procesó eso durante el tiempo que tardaron en cubrir la mitad de la distancia que los separaba del castillo. —¿Llegamos antes que ellos? —preguntó. Dagora calculó. —Apenas —dijo—. Minutos. No más. —Entonces aterrizamos en las murallas —dijo Afmatun—. No en el patio interior. Necesito espacio para el descenso y en las murallas hay suficiente. —¿Y si los arqueros nos confunden con Dragotrolles?— —Voy a gritar mi nombre muy fuerte durante el descenso —dijo Afmatun—. Es lo que hacemos los cóndores cuando llegamos a un lugar que no nos conoce todavía. Dagora no preguntó si eso funcionaba siempre. En la muralla norte del Castillo de Veronia, el Rey Volques llevaba dos horas preparando lo que tenía. No era mucho. La guarnición regular de Veronia era competente pero no había sido diseñada para resistir un ataque de la magnitud de lo que los exploradores habían reportado. Los refuerzos que había reunido en los últimos días, llamados de los poblados cercanos, añadían cuerpos pero no necesariamente experiencia. Y la experiencia, en batalla real, es la diferencia entre sobrevivir los primeros cinco minutos y no hacerlo. Lo que sí tenía era a Elysia. La Valkiria de los Andes era un fenómeno que Volques había aprendido a no intentar explicar sino simplemente a agradecer. Había llegado a Naverdell hace siglos, junto con otras de su raza, traída por Naturella en uno de sus viajes al mundo de los hombres, de esa región del sur del mundo donde las montañas crecen con una ambición que el resto de la tierra no comparte. Las Valkirias de los Andes no eran como las Nórdicas en estilo ni en temperamento: donde las segundas tendían hacia la gravedad ceremonial, las primeras tenían algo más directo, más inmediato, del tipo de valor que no necesita ritual para manifestarse sino que simplemente está allí cuando la situación lo requiere. Elysia era la más veterana de las que habían quedado en Naverdell. Y la más difícil de describir para quien no la había visto pelear. En ese momento recorría las murallas con la cadencia propia de quien está evaluando, no inspeccionando. Miraba las posiciones de los arqueros con la atención de quien nota los problemas antes de que se conviertan en problemas. Ajustaba un ángulo aquí, reposicionaba a alguien allá, con la autoridad tranquila de quien no necesita levantar la voz para que la gente haga lo que dice. Cuando llegó a donde estaba Volques, se detuvo junto a él. —¿Cuántos tenemos listos? —preguntó, sin preámbulos. —Cuatrocientos ochenta guerreros —dijo Volques—. Más los arqueros elfos de Tucep en las torres: ciento veinte. —¿Caballería? —Cuarenta centauros. Pero el terreno frente al portal no les favorece si el ataque viene en masa. —Entonces los reservamos para los flancos —dijo Elysia—. Si intentan rodear la muralla este, los centauros los encuentran allí. No antes. Volques estuvo de acuerdo. —¿Y tú? Elysia lo miró. —Yo voy donde haga más falta —dijo—. Que en este tipo de batalla es siempre el lugar más incómodo. Volques sonrió levemente, con esa sonrisa que tienen los hombres que llevan mucho tiempo en esto y que han aprendido a valorar la claridad cuando la encuentran. Un joven soldado elfo, de no más de cuatrocientos años, se acercó a Elysia mientras ella revisaba las provisiones de flechas en el segundo nivel. —¿Crees que podremos resistir? —preguntó. Elysia lo miró. Era joven de una manera que resultaba visible incluso para quien no conocía la escala de tiempo de los elfos. Tenía las manos firmes pero la expresión de quien está haciendo un esfuerzo activo por mantenerlas así. —¿Cuál es tu nombre? —preguntó. —Seron —dijo el elfo. —Seron —repitió Elysia—. Voy a decirte algo que nadie te dirá de otra manera porque les parece que no es lo que se dice antes de una batalla. —Hizo una pausa—. No sé si podremos resistir. Nadie lo sabe. Cualquiera que te diga que sí lo sabe con certeza te está mintiendo. Seron parpadeó. —Lo que sí sé —continuó Elysia— es que rendirse antes de empezar garantiza el resultado que temes. Y que pelear, aunque el resultado no esté garantizado, al menos deja abierta la posibilidad de que las cosas ocurran de otra manera. El elfo joven movió su cabeza en señal de aceptación.. —¿Y tú tienes miedo? —preguntó. —Siempre —dijo Elysia—. La diferencia es que llevo siglos practicando hacer lo que hay que hacer mientras lo tengo. Se alejó antes de que el elfo pudiera responder. Los tambores llegaron cuando el sol ya estaba rozando el horizonte. No los mismos tambores que habían precedido el ataque a Daliov. Estos eran más lentos, más espaciados, del tipo que no marca el paso sino que construye algo: la sensación de algo enorme que se aproxima con una paciencia que solo puede permitirse lo que sabe que va a ganar. El Rey Volques los escuchó desde la muralla norte y sintió algo que no había sentido en muchos años: la duda genuina. No el análisis objetivo de probabilidades sino la duda visceral de quien mira lo que tiene y luego mira lo que viene y hace las cuentas y no le salen. Lo que le salía era insuficiente. Y lo sabía. El pensamiento que vino después de ese fue sobre Cristóbal. No con arrepentimiento exactamente, aunque había algo de eso. Con algo más complejo: la sensación de haber tenido algo valioso entre las manos y haberlo manejado con menos cuidado del que merecía. De haber dejado que la desconfianza, que en cierto sentido era prudencia y en otro era cobardía, le robara tiempo que quizás ahora marcaba la diferencia. Había derramado la copa y se había ido al bosque. Con los hijos valientes de Naverdell. Volques había visto el gesto y lo había reconocido: el último pronunciamiento. El gesto de Naturella antes de Voltavôr. El gesto que decían que hacía quien ya no necesitaba convencer sino actuar. Y sin embargo no lo había detenido. No había dicho espera. No había dicho necesito más tiempo para estar seguro. Ahora el tiempo se había acabado y la certeza nunca había llegado. —Mi Rey —dijo un oficial a su izquierda. —¿Qué? —Movimiento en el horizonte sur. Volques miró. Las nubes que se habían acumulado durante la tarde empezaban a oscurecerse con algo que no era solo meteorología. El borde del bosque sur, visible desde la muralla en días claros, había dejado de ser la línea tranquila de árboles que siempre había sido y se había convertido en algo que se movía, que avanzaba, que salía del espacio del bosque hacia el espacio abierto frente al castillo con esa eficiencia que Volques reconoció de inmediato. Zamuro. La figura del General destacaba incluso desde esa distancia. No por su tamaño, que era considerable, sino por la manera en que lo que lo rodeaba se organizaba a su alrededor. Las fuerzas de Mobir no eran una horda cuando Zamuro las dirigía. Eran una máquina. —¡A sus posiciones! —gritó Volques, y su voz tuvo en ese momento la firmeza particular de los habitantes de Veronia que han decidido que si esto es lo que hay, lo enfrentarán con lo que tienen. Las murallas se llenaron de movimiento. Los arqueros elfos de Tucep ocuparon las cuatro torres con una velocidad que era el resultado de horas de preparación. Los lanceros tomaron el segundo nivel. Los guerreros de infantería cerraron el patio interior del castillo. Los cuarenta centauros se posicionaron en el flanco este, fuera de la vista principal, esperando el momento que Elysia había indicado. Las primeras flechas llegaron antes de que nadie diera una orden de atacar. No venían de los arqueros de Zamuro. Venían de algo más alto, disparadas con una trayectoria que describía un arco mayor del que permitía cualquier arco normal, como si hubieran sido lanzadas desde una altura que no correspondía al terreno. Flechas incendiarias que aterrizaron en el techo del almacén este y en la esquina del establo norte y en dos puntos de la muralla que no eran estructurales pero que generaban humo que cegaba a los arqueros de esas posiciones. Calculado. No aleatorio. Elysia lo vio y lo procesó en un segundo. —¡Cubran los puntos de humo con escudos! —gritó, y ya estaba moviéndose hacia el primer punto antes de terminar la frase—. ¡Los arqueros de esas posiciones se desplazan diez metros a cada lado, no pierden el ángulo! Volques la miró desde su posición con algo que en otro contexto habría llamado admiración. Luego miró al frente. Las primeras filas de la infantería de Zamuro habían salido del bosque y avanzaban hacia el castillo con esa metodicidad que hace que los ejércitos disciplinados sean más aterradores que las hordas: la horda puede detenerse, puede dispersarse, puede distraerse. Lo disciplinado sigue avanzando. Trolls en la primera línea. Enormes, de piel gris verdosa, con esas cabezas desproporcionadas que llevaban tanto hueso en el cráneo que hacían que golpear era tanto su arma como su protección. Detrás, los Eputrolles de Zamuro con sus hachas y cadenas. Y en los flancos, criaturas que Volques no había visto antes: más altas que los Eputrolles, con cuerpos que parecían tener demasiadas articulaciones para ser eficientes pero que se movían con una fluidez que contradecía esa apariencia. Enanos malévolos cerraban la retaguardia, pequeños y veloces, los que Volques sabía que no atacarían frontalmente sino que buscarían los puntos ciegos, las grietas, los lugares donde la defensa dejaba un centímetro sin cubrir. —¡Arqueros, a mi señal! —gritó Tucep desde la torre este. Las flechas elfas, cuando llegó la señal, fueron como lluvia de verano: densas, precisas, sin pausa entre una y la siguiente. Los trolls de la primera fila cayeron. Cuatro. Siete. Diez. Los de detrás cerraron la formación y siguieron avanzando, pasando sobre los caídos con la misma indiferencia con que pasarían sobre cualquier obstáculo. El joven elfo Seron, en su posición en el segundo nivel, disparó su primera flecha con las manos que ya no temblaban. No porque el miedo se hubiera ido. Sino porque había algo más urgente que el miedo, y ese algo más urgente era el trabajo de equipo. Zamuro avanzó hasta el punto donde quedaba fuera del alcance efectivo de los arqueros del nivel inferior pero dentro de la visibilidad de quien estuviera en las torres. Lo hizo deliberadamente. Quería ser visto. Su figura, en la luz decreciente del atardecer, era imponente de una manera que no era solo tamaño: era la postura de alguien que ha ganado muchas veces y que lo sabe y que quiere que el enemigo también lo sepa antes de que empiece. —¡Veronia caerá esta noche! —gritó, con una voz que tenía el volumen propio de quien ha aprendido que las palabras dichas en el momento correcto son también un arma—. ¡Rendíos ahora y preservad lo que queda de vuestro pueblo! Nadie en las murallas respondió. No porque nadie quisiera hacerlo. Porque Volques había dado la orden de que nadie respondiera a las provocaciones del General. Un enemigo que provoca es un enemigo que no está completamente seguro. Responder le daría información sobre el estado de ánimo de la defensa. El silencio no. Zamuro esperó la respuesta que no llegó. Luego dio la orden. Los gigantes salieron de los flancos del bosque. Cinco de ellos. No eran como los trolls, que eran grandes pero reconocibles dentro de cierta escala. Estos eran otra categoría: ocho metros de altura, con unos hombros tan anchos que su silueta contra el cielo parecía más una formación geológica que una criatura. Cargaban troncos de árboles arrancados de raíz que en sus manos funcionaban como mazas y que contra una puerta de madera reforzada con metal funcionarían como exactamente lo que eran. Su destino era claro. La puerta principal del castillo. —¡Los gigantes van al portal! —gritó alguien desde la muralla, con la voz de quien reporta un hecho que no puede creerse del todo aunque lo esté viendo. Elysia ya estaba en el portal. Había llegado allí antes que el grito, con esa manera suya de estar donde hace falta antes de que nadie identifique dónde hace falta. Miró hacia arriba, hacia los cinco gigantes que avanzaban, calculó distancias y ángulos con la rapidez de quien ha hecho ese tipo de cálculo muchas veces, y tomó tres decisiones en el tiempo que cualquier otro habría tardado en tomar una. —¡Arqueros del nivel tres, a los gigantes! ¡Apunten a las rodillas! —gritó—. ¡Lanceros del segundo nivel, aceite y fuego en el flanco oeste! ¡Centauros, aún no! ¡Esperen mi señal! Las flechas desde el nivel tres encontraron las rodillas de dos gigantes. No los detuvieron. Los ralentizaron. En criaturas de ese tamaño, ralentizar es lo máximo que una flecha puede hacer, y a veces es suficiente para cambiar el momento. El primer gigante llegó al portal con su tronco alzado. El golpe resonó en todo el castillo. La madera aguantó. El segundo golpe la hizo vibrar de una manera que era la vibración de algo que está decidiendo si aguanta uno más. El tercer golpe fue interrumpido. Elysia había saltado desde el segundo nivel del muro directamente sobre la pierna del gigante que alzaba el tronco. No con la intención de herirlo de manera decisiva, sino con la intención de desviar el golpe, de hacer que el tronco cayera en un ángulo diferente al calculado, de comprar los tres segundos que los lanceros del nivel superior necesitaban para verter el aceite caliente. El aceite llegó primero al hombro del gigante. El fuego llegó después. El gigante soltó el tronco por el reflejo del dolor antes de que la voluntad pudiera impedirlo. Y el tronco cayó hacia el costado en lugar de hacia abajo. Elysia rodó para apartarse con una agilidad que no tenía nada de casualidad y todo de práctica acumulada. Se puso de pie. Miró al gigante que ahora la miraba con sus ojos pequeños y furiosos y que alzaba una mano enorme con la intención de aplastar lo que acababa de interrumpir su función. —¡Volques! —gritó Elysia. Volques había bajado de la muralla norte cuando vio lo que estaba pasando en el portal. No porque nadie le hubiera dicho que bajara. Porque había visto la situación y había calculado que el portal era el punto crítico y que el punto crítico necesitaba más que arqueros. Llegó al nivel del suelo en el momento en que Elysia gritaba su nombre. El gigante tenía la mano alzada sobre ella. Volques no pensó. Corrió. La distancia era veinte metros y la cubrió en el tiempo que el gigante tardó en iniciar el movimiento de aplastamiento, que en criaturas de ese tamaño es menos instantáneo de lo que parece porque la masa que hay que poner en movimiento es proporcional a los daños que causa. Llegó junto a Elysia en el último segundo. Ambos rodaron en direcciones opuestas. La mano del gigante golpeó el suelo entre los dos con un impacto que levantó polvo y piedras y que dejó en el suelo una depresión que habría aplanado a cualquiera que hubiera estado allí. Se pusieron de pie. Se miraron. Un segundo. Luego el gigante alzó la mano de nuevo. Y esta vez Elysia y Volques no esperaron a que cayera. Elysia saltó hacia la rodilla derecha del gigante y clavó su espada en la articulación con una precisión que era el resultado de saber exactamente dónde está el punto donde la escama no protege lo que hay debajo. El gigante rugió y su pierna derecha cedió levemente hacia ese lado. Volques aprovechó el ángulo. Tres pasos hacia la izquierda, impulso, salto desde una roca que sobresalía del suelo, y la espada de Volques encontró el cuello del gigante en el punto que Elysia había identificado mentalmente hace treinta segundos cuando lo había visto avanzar y había calculado, sin decirlo, cuál era la solución. El gigante cayó. Fue un desplome potente, una caída real de algo muy grande que pierde el soporte: primero la rodilla, luego el cuerpo entero, con un impacto que fue simultáneamente un golpe en el suelo y el fin de la amenaza inmediata al portal. El segundo gigante se detuvo. Miró a los dos que habían derribado al primero. Luego miró el portal. Luego miró a Elysia, que lo estaba mirando de vuelta con una expresión que no era invitación sino evaluación. El segundo gigante decidió que el portal podía esperar. Fue en ese momento cuando el sonido llegó desde el cielo. No el sonido de las flechas ni el sonido de los tambores. Un sonido diferente. El sonido enorme y rítmico de alas muy grandes que baten con una regularidad que no tiene nada de caótico sino todo de deliberado. Todos miraron hacia arriba. Un cóndor descendía sobre la muralla norte con una velocidad que parecía excesiva para un aterrizaje seguro hasta que en el último momento las alas se abrieron completamente y el aire que capturaron convirtió el descenso en algo controlado, preciso, del tipo que solo consigue quien ha hecho eso muchas veces. El cóndor aterrizó en la muralla norte con una sacudida que hizo que los arqueros que estaban allí se apartaran por instinto. Sobre su espalda, el Teniente Dagora. Que no esperó a que el cóndor se detuviera del todo antes de saltar a la muralla con la carta del Rey Fogos en una mano y la Daga de Songra asegurada contra el cuerpo. Buscó a alguien con autoridad. Encontró a un oficial elfo que lo miraba con la expresión de quien no ha terminado de procesar lo que acaba de ver. —Necesito al Rey Volques —dijo Dagora, con una voz que era tranquila de una manera que solo consigue quien lleva horas de vuelo sobre territorio en guerra y ha aprendido que el pánico es un lujo que no puede permitirse—. Y necesito saber dónde está el príncipe Cristóbal. El oficial parpadeó. —El príncipe está en camino —dijo—. Se espera antes de que anochezca. Dagora miró el horizonte. El sol había desaparecido del todo. La noche de Naverdell empezaba a instalarse sobre el castillo de Veronia con esa calidad particular de las noches que llegan cuando hay demasiadas cosas en movimiento: más rápida que de costumbre, más densa, como si la oscuridad supiera que su llegada importa y quisiera aprovecharla. —Entonces esperamos —dijo Dagora. Y se quedó de pie en la muralla, con la carta del Rey Fogos en la mano y la daga de Songra contra el pecho y la batalla rugiendo abajo, mirando hacia el norte, hacia el camino de las colinas por donde llegaría lo que Naverdell estaba esperando. Si llegaba. En las montañas de Absdan, mucho más lejos, el Rey Muná, el Rey de los cóndores, miraba el horizonte sur desde la cumbre más alta de su reinado. Newen estaba junto a él. Había estado allí durante horas, sin hablar, con la paciencia de quien ha aprendido que hay argumentos que no se ganan con palabras sino con tiempo. El horizonte sur brillaba con algo que no era el atardecer. Era demasiado irregular, demasiado intermitente, del color equivocado para ser natural. Fuego. —¿Daliov? —preguntó Muná, en voz baja. —Daliov y Veronia —confirmó Newen. El Rey de los cóndores miró ese fuego durante un momento largo. Pensó en Naturella. En el día en que había llegado a estas montañas con algo que le había parecido un regalo y que con el tiempo había entendido que era también una responsabilidad. En lo que significaba haber recibido inteligencia, lenguaje, la capacidad de entender el mundo y de ser entendido por él. —Si no vamos —dijo Muná, con la voz de quien formula un pensamiento en voz alta para escucharlo desde afuera—, ¿qué diferencia hay entre nosotros y los hombres que nos abandonaron? Newen no respondió. No hacía falta. —Convoca al consejo —dijo el Rey Muná—. Esta noche. Se volvió del horizonte y comenzó a caminar hacia el interior de la montaña. Las estrellas empezaban a aparecer sobre Naverdell, una por una, con esa cadencia que tienen las cosas que saben que tienen tiempo y que no necesitan apresurarse pero que tampoco pueden esperar indefinidamente.

La Luna
Capítulo XVIII

La Luna

«Lassombrasmáspeligrosasvienendequienesjuraron protegerte»

La batalla llevaba varias horas cuando Volques entendió que algo no cuadraba. No en el campo. En el castillo. Los números no eran buenos, eso lo sabía desde el principio. Cuatrocientos ochenta guerreros más ciento veinte arqueros elfos contra lo que Zamuro había traído desde el sur era una ecuación que no tenía solución matemática favorable. Pero había algo más que los números. Había una sensación de que ciertas cosas que deberían estar ocurriendo no estaban ocurriendo. Que ciertas defensas que deberían haber funcionado no habían funcionado. Que el enemigo sabía demasiado bien dónde golpear y cuándo. Las catapultas del primer ataque habían caído exactamente en los cuatro puntos donde los arqueros elfos tenían mayor densidad. No por azar. Por información. Las primeras flechas incendiarias habían encontrado el almacén y el establo, los dos únicos puntos del castillo donde un incendio generaría humo suficiente para cegar posiciones clave. No por azar. Por información. Y los gigantes habían ido directamente al portal principal sin explorar los flancos, como si supieran de antemano que los flancos estaban cubiertos y que el portal era el punto más débil. No por azar. Por información. Volques miró el patio interior del castillo, donde Elysia seguía moviéndose entre los puntos de presión con esa fluidez suya que era sistema más que instinto. La batalla continuaba. El portal seguía en pie aunque con señales visibles de lo que había recibido. Las murallas resistían. Por ahora. Se volvió hacia un oficial a su derecha. —¿Dónde está Drenier? El oficial parpadeó. —Lo vi entrar al salón grande hace una hora, mi Rey. Dijo que necesitaba concentración para preparar un hechizo de protección del portal. Volques no dijo nada. No dijo nada más. Pero algo en su expresión cambió de una manera que el oficial notó y que prefirió no preguntar. El salón grande del Castillo de Veronia estaba diseñado para las reuniones del consejo, no para la guerra. Sus ventanas altas dejaban pasar la luz del día con generosidad y sus paredes de piedra clara mantenían una temperatura que en otros momentos habría resultado agradable. Ahora, con el sonido de la batalla filtrándose por cada grieta, esa amplitud tenía algo de absurdo, del tipo de absurdo que solo notan los que están viviendo algo que no debería estar ocurriendo. Volques entró. Y se detuvo en el umbral. Drenier estaba sentado a la mesa central. No preparando ningún hechizo. No concentrado en ningún ritual. Sentado con la postura tranquila de alguien que espera, con un plato de comida frente a él y una copa de vino que sostenía entre las manos con la calma propia de quien sabe que lo que ocurre afuera no va a afectarle de la manera en que afecta a los demás. Levantó la vista cuando escuchó los pasos de Volques. No con la velocidad de quien es sorprendido. Con la cadencia de quien lleva un rato esperando ese sonido específico. Y no mostró sorpresa. Eso fue lo primero que Volques registró: que no se inmutó. Que lo miró con la expresión de quien esperaba exactamente esta visita y que había decidido de antemano cómo manejarla. —Drenier —dijo Volques, con una voz que era tranquila de una manera que le costaba trabajo. —Volques —respondió el druida, con la misma calma. —¿Qué estás haciendo? —Esperando —dijo Drenier. —¿Esperando qué? El druida miró su copa un momento. Luego miró a Volques con esa atención calculada que el rey había visto muchas veces a lo largo de los siglos y que siempre había interpretado como sabiduría y que ahora, con la claridad brutal de lo que estaba viendo, entendía que era otra cosa. —Esperando que termines de entender lo que ya sabes —dijo Drenier. Volques entró al salón completamente. La puerta quedó abierta detrás de él. Afuera, el sonido de la batalla seguía llegando, ese ruido constante y brutal que en las últimas dos horas se había vuelto tan familiar que casi resultaba parte del ambiente, como el viento o la lluvia. —¿Cuánto tiempo? —preguntó Volques. Drenier no pretendió no entender la pregunta. —Mucho —dijo—. Más de lo que imaginas. —¿Desde cuándo? El druida consideró la pregunta con una seriedad que resultaba casi ofensiva dado el contexto. —Desde antes de que llegara el humano —dijo—. Desde antes de que Lohejtell encontrara al supuesto príncipe. Desde antes de que este consejo empezara a creer que la solución a Mobir iba a llegar de un hombre que ni siquiera sabía cómo comportarse en una sala de reuniones. —Entonces todo este tiempo —dijo Volques, y su voz tuvo en ese momento algo que no era rabia sino algo más frío y más difícil de manejar, la constatación de un daño que ya no tiene remedio—. Cada conversación del consejo. Cada plan. Cada movimiento de los castillos. Todo llegó a Mobir a través de ti. Drenier no lo negó. —¿Por qué? —preguntó Volques. Era la pregunta más simple y la más difícil. El druida la miró como si evaluara cuánto de la verdad valía la pena decir. —Porque Naverdell lleva siglos esperando a un príncipe que quizás nunca llegará —dijo—. Porque la luz de Naturella se apaga poco a poco y el equilibrio que prometía ya no existe desde hace mucho tiempo. Porque Mobir no es el monstruo que todos describen: es una fuerza que entiende la realidad del mundo mejor que cualquier consejo de reyes que siguen hablando de esperanza mientras sus pueblos mueren. —¿Eso es lo que piensas? —exclamó Volques. —Eso es lo que vi —respondió Drenier, con una firmeza que sonaba a convicción genuina, que era lo más perturbador de todo. Lo dijo sin bajar la voz. Sin el pudor de quien confiesa. Con la serenidad de quien cita un hecho que lleva siglos siendo verdad y que simplemente nadie había querido escuchar. Volques lo miró durante un momento largo. Pensó en los siglos que había conocido a este hombre. En las decisiones que había tomado confiando en su consejo. En las veces que había citado su sabiduría frente al consejo como argumento definitivo. En la manera en que había confiado en él con la confianza particular que se tiene por las personas que han estado allí tanto tiempo que su presencia deja de ser algo que uno elige y se convierte en algo que uno da por sentado. Esa confianza había sido una puerta. Y Drenier la había mantenido abierta durante siglos. —Únete a Mobir —dijo Drenier, con una voz que ahora tenía algo diferente: no súplica, no amenaza, sino la propuesta directa de alguien que todavía cree que puede ofrecer algo que el otro querrá—. Veronia puede sobrevivir esto. Tus guerreros pueden sobrevivir esto. Solo necesitas— —No —dijo Volques. Una sola palabra. Sin elaboración. Sin el peso dramático que cabría esperar. Solo la respuesta directa de alguien que no necesita pensar más de lo que ya pensó. Drenier lo miró. —Volques— —He escuchado lo suficiente —dijo el Rey. Se volvió hacia la puerta. —¡Guardias! Dos guardias minotauros entraron al salón en segundos. —¡El druida Drenier queda detenido! —dijo Volques. Su voz era la de un rey al que algo le acaba de romperse por dentro, pero que no ha perdido ni un gramo de autoridad por eso. La voz del dolor y la firmeza en el mismo aliento. —Lo encerráis en la sala de piedra del nivel inferior. Nadie habla con él. Nadie le lleva nada. Nadie se acerca sin mi orden directa. Los guardias asintieron y avanzaron hacia Drenier. El druida no resistió. Lo que hizo fue algo más calculado: mirar a Volques una última vez con esa expresión suya de evaluación permanente, como si incluso en ese momento estuviera midiendo algo, guardando información, procesando el resultado de un cálculo que no había terminado todavía. —Cometes un error —dijo Drenier, mientras los guardias lo sujetaban. Lo dijo como quien anota algo en un registro. Sin rabia. Sin urgencia. —Puede ser —dijo Volques—. Pero será mío. Los guardias se lo llevaron. El salón quedó enmudecido. Volques permaneció inmóvil durante un momento que fue más largo de lo que parecía desde afuera. Luego respiró hondo. Tomó su espada. Y salió al patio a pelear con lo que tenía, que era menos de lo que necesitaba pero más de lo que Drenier había creído que quedaría. La batalla había cambiado mientras él estaba adentro. No para mejor. El segundo gigante, que había dudado después de ver caer al primero, había tomado una decisión mientras Volques estaba en el salón: no ir al portal sino a la muralla este, donde la altura de la construcción era menor y donde cuatro de sus compañeros gigantes, que habían bordeado el flanco del castillo sin que nadie los anticipara, ya estaban aplicando sus troncos contra la base de la piedra con una metodicidad que hablaba de instrucciones recibidas. Sabían exactamente dónde aplicar la presión. Volques miró la muralla este y vio lo que estaba a punto de ocurrir con la claridad de quien ya no tiene ilusiones sobre el origen del problema y que ahora solo tiene que resolver la consecuencia. —¡Elysia! —gritó. La Valkiria apareció desde la dirección del portal con esa manera suya de moverse que hacía que las distancias parecieran más cortas de lo que eran. —La muralla este —dijo Volques, señalando. Elysia miró. Calculó. —Necesitamos los centauros —dijo. —¿En terreno tan cerrado? —No para cargar —dijo Elysia—. Para el peso. Si los centauros apoyan la muralla desde adentro en los puntos de presión, los gigantes necesitarán el doble de fuerza para derribarla. Eso nos da tiempo. Volques la miró un segundo. —Hazlo —dijo. Elysia ya se movía. Los cuarenta centauros recibieron la orden y se reorganizaron en menos de un minuto con esa eficiencia que tienen los soldados bien entrenados cuando reciben una instrucción que entienden. Se posicionaron en el interior de la muralla este, los cuerpos enormes apoyados contra la piedra, en los puntos exactos que Elysia había identificado como los de mayor presión. La muralla vibró. Los centauros resistieron. Vibró de nuevo. Resistieron. El tercer golpe hizo que la piedra crujiera de una manera que nadie quiso interpretar en voz alta. Pero aguantó. Elysia escaló la muralla este por el lado interior, llegó a lo alto y miró hacia abajo. Cinco gigantes. Cuatro aplicando presión en la base, uno coordinando desde atrás. Era ese último el que preocupaba: los que coordinaban eran más peligrosos que los que golpeaban, porque podían adaptar la estrategia si la primera no funcionaba. Miró a Volques, que había subido también. —El coordinador —dijo, señalando al gigante de atrás. Volques reaccionó de inmediato. Entendió sin que nadie elaborara más: si quitaban al que coordinaba, los cuatro que golpeaban perderían el ritmo. Los grupos sin liderazgo central pierden la eficiencia. Y en una situación como esa, perder eficiencia era la diferencia entre derrumbar una muralla y no derrumbarla. El problema era la distancia. El coordinador estaba a treinta metros de la muralla. Fuera del alcance de cualquier salto. Dentro del alcance de los arqueros, pero con una piel que las flechas habían demostrado ser incapaces de penetrar de manera decisiva. —Necesito que me lances —dijo Elysia. Volques la miró. —¿Que te lance? —Treinta metros. Con el impulso de la catapulta tendré suficiente para llegar a sus hombros. Desde arriba tengo el ángulo para la articulación del cuello. Volques miró los treinta metros. Luego miró a Elysia. —¿Cuántas veces has hecho eso? —Ninguna —dijo Elysia—. Pero he calculado que funciona. —Eso no es exactamente tranquilizador. —No —admitió Elysia—. Pero es lo que tenemos. Volques preocupado, pero seguro., tomó posición. Desactivó el seguro de la catapulta. Elysia rápidamente tomó posición sobre la cuchara de la máquina y con un grito de “AHORA”, Volques, accionó el gatillo de la catapulta proyectando a Elysia por los aires. No elegantemente. No con la gracia de los relatos épicos. Con la urgencia propia de algo que se lanza hacia un objetivo porque es lo que hay que hacer y no hay tiempo para hacerlo de otra manera. Aterrizó en el hombro del gigante coordinador. El gigante rugió y se sacudió. Elysia se sostuvo con una mano clavada en el pliegue entre el cuello y el hombro, que en esas criaturas era el único lugar donde la piel tenía suficiente textura para dar agarre. Con la otra mano buscó el ángulo que había calculado desde la muralla. El gigante se sacudió de nuevo. Ella perdió el agarre medio segundo. Lo recuperó. Y entonces clavó la espada. No en el corazón, que estaba demasiado protegido por la masa del pecho. En la base del cuello, en el punto exacto donde la articulación entre la cabeza y la columna dejaba un espacio que ninguna criatura grande puede proteger porque protegerlo implicaría no poder mover la cabeza. El gigante coordinador cayó de rodillas. Luego de costado. El impacto en el suelo fue suficiente para que los cuatro que golpeaban la muralla perdieran el ritmo durante el segundo que necesitaban los centauros para reorganizar el apoyo desde adentro. Fue suficiente. Elysia aterrizó junto al gigante caído, rodó, se puso de pie, y miró hacia la muralla este, que seguía en pie. Volques la miraba desde arriba. Ninguno dijo nada. No hacía falta. Fue en ese momento cuando algo cambió en el cielo sobre el horizonte norte. No fue un sonido al principio. Fue una luz. Tenue, casi imperceptible desde la distancia, del tipo de luz que uno podría atribuir a la luna si la luna hubiera estado en esa dirección y si la luna tuviera esa calidad particular de moverse. Luego fueron dos luces. Luego cinco. Luego demasiadas para contarlas individualmente. Elysia las vio desde el suelo junto al gigante caído. Volques las vio desde lo alto de la muralla este. Dagora las vio desde la muralla norte, donde llevaba horas mirando hacia ese horizonte con la concentración de quien espera algo que no sabe exactamente qué forma va a tener cuando llegue. Las luces avanzaban desde el norte. No con la velocidad del rayo ni con la lentitud de lo que no tiene urgencia. Con el ritmo propio de algo que sabe exactamente adónde va y que no necesita apresurarse porque su llegada ya ha sido decidida. A medida que se acercaban, la forma fue haciéndose más clara. No eran antorchas. No eran flechas. Era una columna. Enorme. Con centauros al frente y arqueros en los flancos y minotauros en la retaguardia y en el centro, visible incluso desde esa distancia por algo que no era exactamente luz pero que se le parecía, la figura de un hombre con una guerrera azul marino y botones dorados. Zamuro lo vio también. Y por primera vez en esa batalla, la máquina que era el ejército del General de la tercera división de Mobir hizo algo que las máquinas bien construidas no deberían hacer. Dudó. Dagora bajó de un salto desde la muralla hacia el patio interior del castillo, aterrizó con una rodilla en el suelo, se incorporó, y buscó al primer oficial que encontró. —El príncipe viene en camino —gritó con fuerza, con una voz que no podía elevarse más—. Necesito que el Rey Volques lo sepa ahora mismo. El oficial corrió. Dagora miró hacia el norte, hacia la columna que seguía avanzando, hacia el hombre del centro que desde esa distancia era solo una figura pero que se movía con una determinación que Dagora reconoció de inmediato como la de alguien que lleva algo que no puede permitirse perder. Apretó la Daga de Songra contra su costado. Y esperó el momento de entregarla. En el salón de piedra del nivel inferior del Castillo de Veronia, Drenier estaba sentado en el suelo con la espalda contra la pared fría. Escuchaba la batalla afuera. Y por primera vez en mucho tiempo, su expresión de evaluación permanente había dado paso a algo diferente. No arrepentimiento exactamente. No miedo. Algo más parecido a la comprensión de que un cálculo que había creído correcto podía estar resultando incorrecto, y que la diferencia entre ambas posibilidades era algo que ya no dependía de él. Cerró los ojos. Y escuchó. Y en lo que escuchó, mezclado con el ruido de la batalla y los gritos de los guerreros y el estruendo de las catapultas, había algo nuevo que no había estado allí antes. Algo que venía desde el norte. Algo que, de una manera que no podía explicar del todo, sonaba como lo que ocurre cuando una promesa que lleva mucho tiempo esperando por fin empieza a cumplirse. Drenier abrió los ojos. Y por primera vez desde que había tomado la decisión que había tomado, siglos atrás, en un momento que ya no recordaba con claridad pero cuyas consecuencias había cargado desde entonces, sintió algo que reconoció, con sorpresa genuina, como miedo. No por lo que Volques pudiera hacerle. Por lo que estaba llegando desde el norte. Y por la posibilidad, pequeña pero real y cada vez más concreta, de que hubiera estado equivocado.

El Sol
Capítulo XIX

El Sol

«Cuandoelhéroeresplandece,iluminanosolosucamino, sinoeldetodos»

Desde las murallas de Veronia, entre el humo y la sangre y el ruido de las catapultas que no se detenían, un arquero elfo con una flecha clavada en el hombro miró hacia el norte. Y se quedó inmóvil. No por el cansancio. No por la herida. Porque lo que vio no era lo que había esperado ver cuando decidió que esa noche iba a ser la última. —¡Vienen! —gritó, con una voz que no era la voz de alguien que tiene una flecha en el hombro sino la de alguien que acaba de recibir algo que no sabía que todavía podía recibir—. ¡Vienen desde el norte! El grito se extendió por la muralla como se extienden las cosas que la gente necesita escuchar desesperadamente: de boca en boca, de puesto en puesto, con esa velocidad que no tiene ninguna orden militar porque no viene del mando sino del corazón. Los guerreros de Veronia, ensangrentados y agotados y varios de ellos apoyados en sus espadas porque las piernas ya no sostenían solas, levantaron la vista hacia el norte. Y vieron. Una columna enorme bajando las colinas a todo galope, con los centauros al frente tronando sobre el terreno y los cóndores de Absdan surcando el cielo desde el noreste con un estruendo de alas que hacía temblar el aire, y en el centro de todo, visible desde la muralla por algo que no era exactamente luz pero que se le parecía, un hombre con una guerrera azul marino y botones dorados. —¡Es él! —dijo alguien desde la muralla, con una voz rota. —¡Ha llegado el hijo de Naturella! —gritó otro. Y entonces el grito se volvió uno solo, enorme, saliendo de todas las gargantas al mismo tiempo, de los guerreros heridos y de los que todavía podían pelear y de los que ya no podían hacer nada más que alzar el puño desde el suelo: —¡Naverdell! ¡Naverdell! ¡Naverdell! En las colinas del norte, Cristóbal escuchó ese grito desde arriba. Lo escuchó con todo. No como el ruido de una batalla sino como lo que era: el sonido de un pueblo que había resistido hasta el límite y que en ese momento, al verlo bajar, entendía que el límite no era el final. Miró a Beroom a su izquierda. Miró a Lohejtell en su hombro. Y entonces hizo algo que no había planeado hacer porque no hacía falta planearlo: levantó la espada sobre su cabeza y gritó con toda la voz que tenía, con dos mil años de mundo humano y diecisiete años de Naverdell y treinta y tres años de una vida que había estado a punto de no continuar, todos juntos en un solo sonido: —¡Viva Naverdell! Y bajaron. Los centauros al frente, sus cascos sobre el terreno descendente produciendo ese sonido específico que en la oscuridad llegaba antes que la imagen y que en el campo de batalla enemigo funciona como lo que es: un aviso que ya es demasiado tarde para procesar. Los elfos arqueros en los flancos, con las flechas ya encajadas y los arcos tensados, listos. Los minotauros de Beroom cerrando la vanguardia con esa cadencia pesada y rítmica que en el terreno abierto sonaba como un tambor de guerra. Y en el centro, Cristóbal. A caballo con la guerrera azul marino y el Pergamino del Primer Canto cerca de su corazón sosteniéndolo con una mano y la espada en la otra, bajando las colinas del norte hacia Veronia con la velocidad y la certeza de quien ha dejado de preguntarse si esto es lo correcto y ha empezado simplemente a hacerlo. Lohejtell en su hombro Siempre. Las fuerzas de Zamuro los detectaron cuando la columna tenía la mitad de las colinas superada. No fue inmediato: primero los exploradores de los flancos, luego la transmisión de la información hacia el centro, luego la reacción del General que desde su posición miró hacia el norte y vio lo que venía. Zamuro no era un comandante que perdía la compostura. Pero tampoco era un comandante que había previsto esto. Dio tres órdenes en rápida sucesión que Cristóbal no podía escuchar desde esa distancia pero cuyos efectos vio: parte de la presión sobre el portal se reorientó hacia el flanco norte, dos de las catapultas giraron su posición, y un cuerpo de Eputrolles de reserva que había permanecido en el borde del bosque sur salió a posicionarse entre el ejército principal y la columna que descendía. Calculado. Metódico. El General más peligroso de Mobir haciendo lo que hacía mejor: adaptar. Los cóndores llegaron primero. Cincuenta cóndores en formación de combate son algo que no tiene precedente en ninguna batalla de Naverdell, porque los cóndores de Absdan no habían participado en ninguna batalla desde la primera guerra, cuando todavía no tenían el don de la palabra y actuaban por instinto más que por decisión. Ahora actuaban por las dos cosas, que era más difícil de calcular para el enemigo. Newen los dirigía desde el frente. No con palabras sino con movimientos de alas que los demás interpretaban con la naturalidad de quien habla un idioma desde niño. El primer pase sobre las catapultas de Zamuro fue a baja altura, demasiado rápido para que las criaturas que las manejaban tuvieran tiempo de reaccionar con efectividad. Las garras de los cóndores encontraron los mecanismos de tensión y los inutilizaron con una eficiencia que no era violencia sino ingeniería: no destruyeron las máquinas, simplemente las hicieron incapaces de funcionar. Dos catapultas inutilizadas en el primer pase. La tercera en el segundo. Zamuro gritó algo a sus comandantes que el viento se llevó antes de que llegara a ningún oído útil. La columna de Cristóbal chocó con el cuerpo de Eputrolles de reserva en el terreno abierto al norte del castillo. No fue una batalla elegante. Las batallas raramente lo son cuando las fuerzas son aproximadamente equivalentes y los dos lados tienen urgencia. Fue ruidosa, fragmentada, llena de esos momentos simultáneos que no tienen narración lineal posible porque ocurren todos a la vez en puntos diferentes del terreno. Los centauros rompieron la primera línea con su carga. No completamente, porque los Eputrolles estaban bien formados y una formación bien sostenida puede absorber una carga de caballería si tiene el tiempo para prepararse. Pero la rompieron lo suficiente para crear espacios, y en los espacios entraron los elfos arqueros con flechas que en esa distancia corta y esa oscuridad eran devastadoramente precisas. Beroom entró con los minotauros por el flanco derecho. No necesitó dar órdenes. Los minotauros bajo su mando se movían con la coordinación que viene de tener un líder que conoce cómo piensan porque piensa de la misma manera: cada uno buscaba el punto de mayor resistencia y lo atacaba con todo, confiando en que los demás hacían lo mismo en sus puntos respectivos. Funcionó. No perfectamente. Nunca perfectamente. Pero funcionó de la manera en que funcionan las cosas cuando la gente que las ejecuta entiende para qué sirven. Cristóbal peleaba en el centro con la espada que llevaba desde Veronia y con algo más difícil de nombrar: la sensación de que cada movimiento era correcto no porque lo hubiera calculado sino porque algo en él lo sabía antes de que la mente tuviera tiempo de procesar. Dos mil años en el mundo de los hombres. Dos mil años viendo cómo los hombres se hacen daño entre sí y de qué manera y por qué y con qué excusas. Dos mil años aprendiendo, sin saber que aprendía, exactamente aquello que necesitaría saber ahora. Dagora lo encontró en el centro de ese caos. Aterrizó con Afmatun a veinte metros de Cristóbal, en un espacio que los minotauros habían abierto y que duró lo suficiente para que el teniente saltara del cóndor y corriera hacia el príncipe con esa determinación específica de quien lleva algo que no puede permitirse no entregar. —¡Príncipe! —gritó. Cristóbal lo vio. Lo reconoció no por el nombre sino por lo que llevaba: la daga oscura, con esa calidad de su oscuridad que no era simplemente ausencia de luz. Se miraron durante un segundo que no tenía tiempo de ser más largo pero que de alguna manera lo fue. —Del Rey Fogos —dijo Dagora, sosteniendo la daga con las dos manos. Cristóbal la tomó. El contacto fue inmediato y específico: no el frío de un metal ordinario sino algo más parecido al reconocimiento. Como cuando uno toca algo que pertenece a un lugar que conoce. —¿Estas preparado para la batalla? — preguntó con voz alzada y enérgica Cristóbal. —Como mi Rey de Daliov —dijo Dagora—. Hasta el final. Cristóbal levantó su dedo pulgar de aprobación y cerró su puño con energía. No había más que decir. A veces las cosas más grandes caben en las frases más cortas. Dagora volvió a Afmatun. Cristóbal siguió adelante empuñando su espada y el Pergamino del Primer Canto ahora en su otra mano. Fue Camus quien llegó con el momento más oscuro. El Capitán Hobbit apareció desde el flanco donde el pueblo de Daliov se había reorganizado para apoyar la batalla, corriendo con ese paso corto y urgente suyo que Cristóbal ya sabía reconocer como señal de que algo importante estaba ocurriendo. —El portal —dijo Camus, sin preámbulos—. Zamuro reorientó toda su fuerza restante al portal. Lo que queda de los gigantes y los Dragotrolles, todo al portal. Si rompen ahora, el castillo cae desde adentro. Cristóbal miró hacia el castillo. Desde donde estaban, el portal era visible: las marcas de los golpes anteriores, la madera que había cedido en el borde superior, las criaturas de Zamuro reagrupándose con esa metodicidad que era la marca del General. Una hora, había dicho Exhora. Eso había sido hace más de una hora. Cristóbal miró a Lohejtell. El gnomo lo miraba de vuelta con esos ojos que contenían siglos. —¿Es ahora? —preguntó Cristóbal. —Solo tú puedes saberlo —dijo Lohejtell—. Yo te dije que lo sabrías. ¿Lo sabes? Cristóbal miró el portal. Las criaturas de Zamuro reagrupándose. El castillo al límite. El pueblo de Daliov detrás de él. Los que habían seguido una copa derramada sobre una mesa. Los cóndores de Absdan que habían cambiado de decisión porque un Rey viejo había mirado el fuego de Daliov y había preguntado en voz alta qué diferencia había entre ellos y los hombres que los habían abandonado. Miró la daga en su mano derecha. Pensó en el Rey Fogos. Pensó en Naturella descendiendo a las profundidades buscando a Antonio. Pensó en su madre en la cabaña de Calbuco. Son ángeles. Te están cuidando. Pensó en la cabaña. En el frasco. En el momento en que había bebido aquello convencido de que su vida no tenía ningún valor. Y pensó en lo que había ocurrido desde entonces. —Sí —dijo—. Es ahora. Se alejó del centro del combate. No huyendo. Buscando el espacio que necesitaba, un punto donde pudiera estar de pie sin que el combate inmediato lo absorbiera, donde pudiera abrir el pergamino con las dos manos y pronunciar lo que tenía que pronunciar. Beroom lo vio moverse y sin decir nada organizó a los minotauros para crear ese espacio. Solo cuatro minotauros formando un cuadrado con Cristóbal en el centro, sus espaldas hacia afuera, sus cuerpos enormes como muros temporales. Suficiente. Cristóbal guardó la espada. Guardó la daga. Y con las dos manos libres abrió el tubo de cuero del Pergamino del Primer Canto. Los sellos de cera roja cedieron al primer contacto, como si hubieran esperado exactamente ese momento y hubieran decidido que ya era suficiente esperar. El tubo se abrió con un sonido que no era exactamente un sonido sino más parecido a la sensación de presión que precede a un sonido muy grande, del tipo que ocurre cuando algo que ha estado cerrado durante mucho tiempo por fin se abre. El pergamino dentro era más delgado de lo que Cristóbal esperaba. Y más luminoso. No con una luz visible exactamente. Con algo más sutil: la calidad del papel, si es que podía llamarse papel, era la de algo que tiene luz propia contenida, del tipo de luz que no brilla hacia afuera sino que simplemente existe dentro de la cosa misma. Lo desplegó. Las palabras estaban allí. No en el idioma de Naverdell. No en ningún idioma que Cristóbal hubiera visto o estudiado o escuchado en dos mil años de mundo humano. Era algo anterior a eso. Un sistema de símbolos que no eran letras exactamente sino algo más parecido a formas que contenían sonidos, que contenían intención, que contenían algo que no tenía nombre en ningún idioma posterior. Y sin embargo los reconoció. No con la mente, sino con algo más profundo y que le conectaba con todo su ser. Y comenzó a leer. Las palabras salieron de su boca con una calidad que no era la de su voz habitual. No más alta. No más grave. Simplemente diferente, de la manera en que es diferente el sonido de un instrumento cuando por fin toca la nota para la que fue construido: más completo, más resonante, como si el espacio a su alrededor hubiera estado esperando exactamente ese sonido para llenarse de la manera correcta. Lohejtell cerró los ojos. Beroom bajó la cabeza. Los cuatro minotauros que formaban el cuadrado dejaron de moverse. El combate a su alrededor no se detuvo. Las espadas seguían chocando, los Eputrolles seguían avanzando, las flechas de los elfos seguían volando. Pero había algo que había cambiado en el aire, una calidad diferente, del tipo que se siente cuando una tormenta está a punto de terminar aunque todavía llueva. Cristóbal siguió leyendo. Las palabras del Primer Canto no tenían la estructura de un conjuro. No tenían la urgencia de una súplica ni la imposición de una orden. Tenían la calidad de un reconocimiento: como si no estuvieran invocando algo de afuera sino recordándole algo al universo que el universo ya sabía pero que había dejado de escuchar en el ruido de todo lo demás. Sí. Aquí. Todavía. Eso era lo que decían, en la lengua más antigua de todas. Sí. Aquí. Todavía. La primera señal fue el silencio. No el silencio del combate detenido, que no se detuvo. El silencio de algo que llega antes de llegar, esa quietud específica que precede a las cosas muy grandes, como el instante entre el relámpago y el trueno pero al revés: primero la quietud, luego la luz. La luz llegó desde arriba. No como un rayo. No con violencia ni con velocidad. Con la calidad de algo que desciende porque ha sido invitado a descender, con la dignidad de lo que no necesita impresionar sino simplemente existir. Eran formas. Difíciles de describir porque no tenían la forma fija de las criaturas que habitan un mundo físico. Eran luz organizada, luz que tenía intención, luz que se movía con una conciencia que no necesitaba ojos para ver ni oídos para escuchar porque percibía de otra manera, con una totalidad que hacía que los sentidos individuales parecieran instrumentos incompletos. Los Alados de Luz. Descendían del cielo. Docenas. Luego cientos. Del tipo de silencio que tiene el peso de todas las palabras que no necesitan ser dichas. Cristóbal los vio cuando levantó la vista del pergamino. Y los reconoció. Eran esos ángeles de su niñez. Lo que los Alados de Luz hicieron al descender sobre el campo de batalla no fue lo que nadie esperaba. No fueron espadas. No fueron rayos. No fueron el tipo de destrucción que uno imagina cuando piensa en una fuerza capaz de derrotar a un ejército. Fueron llamas. Llamas de un dorado que no existía en ningún fuego que Cristóbal hubiera visto nunca. No el dorado del metal ni el dorado de la luz del sol. Algo más antiguo que eso, del tipo de color que uno reconoce sin haberlo visto porque pertenece a algo anterior a la memoria. Los Alados de Luz se movieron entre las filas de Mobir como llamas vivas, con esa fluidez específica del fuego que sabe exactamente adónde va. Y al contacto con cada criatura, algo extraordinario ocurrió. El cuerpo ardía. No con dolor. No con violencia. Con la rapidez limpia de algo que se disuelve porque ya no tiene razón de existir en esa forma. Las criaturas de Mobir, los Eputrolles y los Dragotrolles y los gigantes y la infantería oscura, ardían en ese fuego dorado y sus cuerpos físicos se deshacían como niebla cuando el sol la encuentra. Pero de cada llama, de cada cuerpo que se disolvía, algo ascendía. No oscuro. No amenazante. Luminoso. Una figura de luz, pequeña al principio, luego más definida, que emergía de entre las llamas doradas como emerge algo que ha estado atrapado durante mucho tiempo y que por fin encuentra la puerta que necesitaba. Un ángel que había olvidado que era un ángel. Una conciencia que la corrupción de Mobir había doblado hacia la oscuridad durante siglos y que ahora, al contacto con el fuego del Primer Canto, recordaba su naturaleza original. Y ascendía. Hacia arriba. Hacia el mismo cielo del que habían descendido los Alados de Luz. Uno por uno. Luego decenas. Luego cientos de figuras luminosas ascendiendo desde el campo de batalla de Veronia hacia el cielo de Naverdell, liberadas, completas, regresando al lugar del que nunca debieron haber salido. Zamuro lo vio. Lo vio todo. Y por primera vez en esa batalla, el General más metódico de Mobir hizo algo que ningún manual de guerra habría podido predecir: giró. Sin dar una orden. Sin establecer una formación de retirada. Sin la dignidad calculada que había mantenido durante toda la batalla. Giró y corrió hacia el bosque sur con la urgencia específica de quien ha entendido que lo que enfrenta no tiene solución táctica y que la única variable que todavía puede controlar es su propia supervivencia. Desapareció entre los árboles. Y con él, lo que quedaba del ejército de Mobir que todavía podía moverse se fragmentó y siguió en todas las direcciones posibles, buscando la oscuridad del bosque con la desesperación de criaturas que han perdido el fundamento que las sostenía. El silencio que siguió fue el más completo que Cristóbal había escuchado en su vida. No el silencio de la cabaña de Calbuco, que era el silencio del aislamiento. No el silencio del pantano de Songra, que era el silencio de algo que acecha. Este era otro tipo de silencio. El que llega cuando una batalla termina y todo lo que quedaba de ruido, urgencia y miedo se retira al mismo tiempo, dejando en su lugar algo que tarda un momento en reconocerse: la paz de algo que ha sido resuelto. Del tipo que solo existe cuando algo que llevaba mucho tiempo roto por fin se completa. Los Alados de Luz seguían allí, suspendidos sobre el campo, pero ya sin la urgencia del descenso. Simplemente presentes, del tipo de presencia que no exige nada sino que ofrece algo que no tiene nombre exacto en ningún idioma pero que todos los que estaban allí esa noche sentirían el resto de sus vidas cada vez que lo recordaran. Cristóbal miró hacia arriba. Los Alados de Luz lo miraron de vuelta. Y en ese intercambio, en ese momento que no tenía palabras porque existía antes de que las palabras fueran necesarias, Cristóbal entendió la última cosa que le faltaba entender: Que su madre siempre lo había sabido. Que los ángeles en su habitación lo habían sabido. Que Naverdell lo había sabido. Y que él, finalmente, después de treinta y tres años en el mundo de los hombres y dos mil años antes de eso, también lo sabía. Lohejtell saltó de su hombro al suelo. Se paró frente a él. Lo miró hacia arriba con esos ojos que contenían siglos. Y por primera vez desde que Cristóbal lo conocía, el gnomo no dijo nada. No hizo falta. Beroom se acercó desde atrás. Le puso una mano enorme en el hombro con una gentileza que en ese momento era exactamente lo correcto. No lo abrazó. No dijo nada tampoco. Solo estuvo allí, que a veces es lo más que se puede dar a alguien. Camus llegó desde el norte con el pueblo de Daliov detrás. Cuatrocientas criaturas que habían caminado desde Daliov con miedo y con pérdida y con el cansancio de quien ha dejado atrás todo lo que conocía. Que habían llegado a tiempo de ver el final de lo que sus guerreros habían muerto para hacer posible. Cristóbal los miró. Vio en sus rostros lo que el Rey Fogos había visto en los de sus guerreros en la garita de la torre: la decisión tomada. La claridad de quien ha elegido de qué lado está y que en ese estar ha encontrado algo que no es fácil de nombrar pero que es más sólido que cualquier cosa que el miedo pueda ofrecer. Abrió la boca. No salió ningún discurso. Solo una palabra. —Gracias —dijo. Y eso fue todo. Y fue suficiente. Las puertas del Castillo de Veronia se abrieron. Volques salió el primero, con la espada todavía en la mano y una herida en el brazo izquierdo que alguien tendría que atender pronto pero que en ese momento no era la prioridad de nadie. Elysia a su lado, cubierta de polvo y con una expresión que era cansancio y algo más que el cansancio, ese algo que queda después de hacer exactamente lo que uno es. Se miraron desde la distancia. Volques y Cristóbal. El Rey que había dudado y el príncipe que había actuado de todas formas. Volques caminó hacia él. Se detuvo a un metro. Y sin ceremonia, sin el tipo de gestos que los reyes hacen cuando quieren que los demás los vean hacer algo, se inclinó levemente hacia adelante. No era una reverencia formal. Era lo que era: el reconocimiento de un hombre que se ha equivocado y que tiene la dignidad de reconocerlo sin elaboración. —Perdóname —dijo Volques. Cristóbal lo miró. —Ya lo hice —dijo. Y los Alados de Luz, que todavía flotaban sobre el campo como una promesa que ya se había cumplido pero que no tenía prisa por irse, brillaron un poco más durante un segundo que fue apenas perceptible pero que todos los que estaban allí notaron. Como si el universo, que a veces tiene sentido del timing, hubiera elegido ese momento exacto para confirmar algo. El pergamino en ese instante se disolvió en cenizas.

El Juicio
Capítulo XX

El Juicio

«Lahoradelaverdadllegaparatodos:elquejuzgayelque hasidojuzgado»

Mobir no murió esa noche. Cristóbal lo supo desde el momento en que los Alados de Luz comenzaron a retirarse, con esa calma que tienen las cosas que han cumplido exactamente lo que vinieron a hacer y que no necesitan quedarse más tiempo del necesario. Las fuerzas de Zamuro se habían disuelto. El General había huido. El campo frente al Castillo de Veronia estaba quieto de una manera que después de horas de batalla resultaba casi irreal, del tipo de quietud que el oído tardaba en creer porque llevaba demasiado tiempo acostumbrado al ruido. Pero desde algún lugar en la oscuridad del sur, más allá del bosque, más allá del territorio que Zamuro había controlado durante esas horas, llegó una voz. No cerca. No inmediata. Pero real. —¡No termina aquí! —rugió Mobir, y su voz tenía en ese momento algo diferente a todas las veces anteriores en que Cristóbal había escuchado hablar de él: no la certeza del poder sino la rabia de quien ha perdido algo y que en esa pérdida ha encontrado una razón nueva, más oscura y más personal, para continuar—. ¡Volveré! ¡Y lo que viene será peor que todo lo que vieron esta noche! Las palabras se disolvieron en el aire como se disuelven las promesas que todavía no se han cumplido: sin forma definitiva, sin un punto exacto donde terminen, persistiendo de una manera que no es presencia sino posibilidad. Cristóbal escuchó esa voz y no sintió miedo. Sintió algo más sobrio que el miedo y más útil: la comprensión de que esto no había terminado. Que lo de esta noche era una batalla ganada dentro de una guerra más larga. Que el pergamino se había disuelto en cenizas en sus manos después del Primer Canto, como si su función hubiera sido exactamente esa y no una más, y que lo que venía después tendría que construirse con otras herramientas. Miró el campo a su alrededor. Los muertos. Los heridos. Las marcas de la batalla en la tierra y en las murallas y en los rostros de los que habían sobrevivido. El precio específico y concreto de lo que había ocurrido esa noche, que no era abstracto ni simbólico sino tan real como las piedras bajo sus pies. Guardó la Daga de Songra. Y fue a hacer lo que quedaba por hacer. El campo después de una batalla tiene una textura que ninguna descripción anticipa del todo. No es solo el silencio. Es la coexistencia del silencio con cosas que todavía se mueven: los heridos que necesitan ayuda, los que buscan a los suyos entre los caídos, los que simplemente están de pie sin saber todavía qué hacer con el hecho de seguir estando de pie. Cristóbal caminó entre todo eso. No con indiferencia. Con la atención específica de quien entiende que cada cosa que ve importa y que la manera en que uno camina entre los restos de algo terrible dice algo sobre el tipo de persona que es. Se detuvo junto a un elfo herido que estaba sentado con la espalda contra una piedra, sosteniendo su brazo izquierdo con la mano derecha. Era joven, de esa manera que los elfos tienen de ser jóvenes que no corresponde a sus años pero que es visible de todas formas. —¿Cómo te llamas? —preguntó Cristóbal. El elfo levantó la vista. Tardó un momento en reconocer quién le hablaba. —Seron —dijo. —¿Puedes moverte, Seron? —Sí —dijo el elfo—. El brazo no, pero las piernas sí. —Bien —dijo Cristóbal—. Que alguien te atienda esa herida. —Miró a un gnomo que pasaba cerca—. Tú. Ayuda a este soldado a llegar a la enfermería. El gnomo confirmó la orden y se acercó a Seron. Cristóbal siguió caminando entre todos. Ese tipo de cosas. Pequeñas. Concretas. Del tipo que no aparecen en los relatos épicos porque no son dramáticas pero que son exactamente las que distinguen a quien lidera de quien simplemente gana. Lohejtell lo encontró cerca de la muralla este. El gnomo caminaba con una lentitud que no era su cadencia habitual y que Cristóbal identificó de inmediato: era la lentitud de alguien que lleva algo pesado por dentro y que lo maneja moviéndose despacio para no perder el equilibrio. —¿Lo trajeron? —preguntó Cristóbal. —Sí —dijo Lohejtell—. Está en el salón interior. Volques quería llevarlo directamente al calabozo pero le pedí que esperara. Cristóbal lo miró. —¿Quieres hablar con él primero? Lohejtell tardó un momento. —Quiero estar presente cuando lo juzgues —dijo—. Y quiero poder preguntarle algo antes de que eso ocurra. —Hizo una pausa—. Si me lo permites. —Te lo permito —dijo Cristóbal, sin dudar. Caminaron juntos hacia el salón interior. Drenier estaba sentado en el centro del salón, con las manos atadas delante de él con una cuerda que no era humillante pero que era definitiva. Dos guardias minotauros flanqueaban la puerta. Volques estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y una expresión que era varias cosas a la vez y que había dejado de intentar simplificarse en una sola. Cuando Cristóbal entró, Drenier levantó la vista. No con miedo. Con esa atención calculada que Cristóbal había aprendido a reconocer desde el pantano de Songra y que ahora, despojada de cualquier utilidad práctica, era simplemente lo que era: el hábito permanente de un hombre que lleva siglos midiendo todo antes de responder a nada. Cristóbal se sentó frente a él. Lohejtell se quedó de pie a su lado. Beroom, que había entrado detrás sin que nadie lo llamara, se apoyó contra la pared con los brazos cruzados, en el lugar exacto donde podía ver a Drenier sin que él pudiera ignorar que estaba siendo visto. El salón estaba espectante. Afuera, el ruido del campo después de la batalla llegaba amortiguado: voces, movimiento, el trabajo de los que recogían a los heridos y organizaban lo que quedaba por organizar. Fue Lohejtell quien habló primero. Se acercó a Drenier hasta quedar a menos de un metro de él. Lo miró desde abajo con esos ojos que contenían siglos, y en esos ojos no había rabia. Había algo más difícil de manejar que la rabia. —¿Cuándo empezó? —preguntó. Drenier lo miró. —¿Importa cuándo? —respondió. —Para mí sí —dijo Lohejtell—. Para mí importa mucho cuándo. Porque hay una diferencia entre haber tomado esa decisión hace cien años y haberla tomado hace mil. La diferencia es cuántas veces me miraste a los ojos durante ese tiempo sabiendo lo que sabías. Drenier no respondió de inmediato. El salón esperó. —Hace setecientos años —dijo al fin—. Aproximadamente. Lohejtell lo veía con desilusión. Una vez. Con la economía de movimiento de quien recibe algo que duele y que no tiene ningún sentido intentar no dejar que duela. —Setecientos años —repitió, en voz muy baja. —Sí. —¿Y en ese tiempo nunca dudaste? Drenier consideró la pregunta con una seriedad que en otra persona habría resultado admirable. —Dudé muchas veces —dijo—. Pero la duda no es suficiente para cambiar una dirección cuando uno ha invertido demasiado en ella. A veces la duda solo confirma que uno ha llegado demasiado lejos para volver. Lohejtell posó su mirada con decepción durante un momento largo. —Eso —dijo— es la definición de una trampa que uno mismo construye. Drenier no respondió. —¿Qué te prometió? —preguntó Lohejtell. —Nada que no tuviera sentido —dijo Drenier—. Eso es lo más peligroso de Mobir, Lohejtell. No promete lo imposible. Promete lo razonable. Promete una versión del mundo que tiene su propia lógica, donde el equilibrio que Naturella prometía ya no es sostenible, donde lo que viene después es inevitable, y donde quien lo acepta antes de que llegue tiene ventaja sobre quien lo niega hasta el final. —Y tú lo creíste —dijo Lohejtell. —Y yo lo creí —confirmó Drenier, sin intentar suavizarlo. —¿Y ahora? El druida miró sus manos atadas. Afuera, por la ventana que Volques seguía mirando sin volverse, el campo de Veronia comenzaba a mostrar las primeras luces del trabajo de reconstrucción: antorchas moviéndose, voces organizando, el inicio lento y necesario de lo que viene después de la destrucción. —Ahora —dijo Drenier, con una voz que era más baja que todas las anteriores— escuché el Primer Canto. Nadie en el salón dijo nada. —Lo escuché desde el calabozo —continuó—. A través de la piedra. Y lo que sentí cuando lo escuché no era lo que Mobir me había dicho que sentiría si alguna vez alguien llegaba a pronunciarlo. —Hizo una pausa—. Me dijo que sería el sonido de algo anacrónico. De una reliquia del pasado que el mundo ya había superado. —Otra pausa—. No era eso. —¿Qué era? —preguntó Lohejtell. Drenier lo miró. —Era verdad —dijo—. Del tipo que no necesita que uno esté de acuerdo para existir. Del tipo que existe antes de que uno llegue y sigue existiendo después de que uno se va. El silencio que siguió tenía una textura diferente a todos los silencios anteriores de esa noche. —Setecientos años —dijo Lohejtell, una vez más, como si necesitara seguir escuchando esa cifra para terminar de procesarla—. Setecientos años de confiar en ti. De citarte. De traerte a las conversaciones más importantes de este consejo porque tu criterio era el que más confiaba. —Lo sé —dijo Drenier. —¿Lo lamentas? Drenier tardó más en responder esta vez. —Lamento el daño —dijo al fin—. Lo que no puedo decirte honestamente es si lamento la decisión, porque en el momento en que la tomé me pareció la más racional que podía tomar. Y eso es lo que más me perturba ahora: no que hubiera algo malo en mí que me llevó ahí. Sino que había algo que parecía razonable y que resultó el camino equivocado aparentemente. Lohejtell se detuvo a pensar durante un momento más. Le escuchaba, pero había algo no le creía. Luego se volvió hacia Cristóbal. Y en ese giro estaba todo lo que el gnomo no había dicho: el dolor, la decepción, la traición de siglos, y también, debajo de todo eso, la certeza de que había dicho lo que necesitaba decir y que ahora el peso de la decisión pertenecía a otro. Cristóbal clavó su mirada a Drenier. El druida le devolvió la mirada con esa atención calculada que ahora, sin ningún objetivo que calcular, era simplemente la manera en que Drenier miraba el mundo. El hábito de una vida entera. —Hiciste todo lo posible para que yo no llegara aquí —dijo Cristóbal. —Sí —dijo Drenier. —Me dijiste que no era el príncipe. —Sí. —¿Lo sabías? El druida tardó un momento. —Lo sabía —dijo—. Lo supe desde el momento en que Lohejtell te trajo al claro. Tenía la marca. La energía correcta. El tipo de reconocimiento que los lugares de Naverdell tienen con los que pertenecen a él. —Hizo una pausa—. Por eso tenía que decirte que no lo eras. Porque si lo decía con suficiente autoridad y suficiente certeza, había una posibilidad de que lo creyeras y de que te fueras. Eres sin duda solo una piedra en el camino de Mobir. Cristóbal lo escuchaba y observaba con detenimiento, pero no con rabia, sino con la comprensión específica de quien entiende exactamente lo ocurrido y ya no necesita más explicaciones. —¿Por qué no me mataste cuando tuviste la oportunidad? —preguntó—. En la cueva habrías podido. Drenier lo miró. —Porque matar al hijo de Naturella dentro de Naverdell habría desencadenado consecuencias que Mobir no estaba listo para manejar todavía —dijo—. Era más útil alejarte que eliminarte. —Una decisión táctica —dijo Cristóbal. —Sí. Cristóbal asintió de nuevo. Se levantó. Caminó hasta la ventana donde Volques estaba de pie y se colocó junto a él, mirando hacia afuera. El campo de Veronia bajo la noche que empezaba a ceder a las primeras luces del amanecer. Las antorchas. El movimiento. El trabajo lento y necesario de lo que viene después. —¿Qué quieres hacer con él? En Naverdell una traición de esta magnitud se paga con la muerte — dijo Volques, en voz baja. Cristóbal pensó. No mucho tiempo. Pero el tiempo suficiente para que la respuesta viniera de un lugar más profundo que el impulso. —No lo ejecutes —dijo—. Todavía no. Volques lo miró. —¿Por qué? —Porque sabe cosas que necesitamos saber —dijo Cristóbal—. Sobre Mobir. Sobre cómo piensa. Sobre qué planea ahora que perdió esta batalla. Un traidor capturado es información. Una ejecución es solo justicia, y la justicia puede esperar si la información no puede. Volques consideró eso. —¿Y después? —Después —dijo Cristóbal— lo juzgaremos con todo el consejo. Con los cinco reyes presentes. Con Lohejtell como testigo. Con el tiempo y el proceso que merece un acto de esta magnitud. —Hizo una pausa—. No porque lo merezca él. Sino porque Naverdell merece que sus juicios sean lo que deben ser. Volques lo consideró un momento. —De acuerdo. Se volvió hacia los guardias. —Al calabozo —dijo—. Trato correcto. Sin maltrato. Y que nadie hable con él sin autorización directa del príncipe. Los guardias asintieron. Drenier se levantó cuando los guardias se acercaron. Se volvió hacia Lohejtell una última vez. Los dos se miraron. No había nada que decir que no hubiera sido dicho ya o que no hubiera sido dicho en ese silencio. Pero había algo en ese intercambio que no era ni perdón ni condena: era el reconocimiento de algo compartido que había terminado de la peor manera posible y que de todas formas había existido y que eso también era parte de la verdad de lo que había ocurrido. Drenier bajó la vista. Y salió del salón sin decir nada más. Los miembros presentes quedaron perplejos cuando los guardias y el prisionero desaparecieron por la puerta. Beroom se separó de la pared y caminó hasta donde estaba Lohejtell. Se arrodilló frente a él, que era la única manera en que el minotauro podía quedar a la altura del gnomo, y le puso una mano enorme sobre el hombro con esa gentileza suya que nunca correspondía a su tamaño pero que siempre era exactamente lo correcto. —¿Estás bien? —preguntó. —No —dijo, con una honestidad que no pedía consuelo sino que simplemente nombraba lo que era—. Pero estaré bien. Beroom comprendió. No añadió nada más. A veces saber que alguien está de pie junto a uno es suficiente. No para que el dolor desaparezca. Para que no pese en completa soledad. Cristóbal caminó hasta ellos. Se sentó en el suelo junto a Lohejtell, con la espalda contra la pared, con el cansancio de toda la noche instalado en cada músculo de su cuerpo de una manera que ya no era urgente sino simplemente real. Los tres quedaron así durante un momento. El salón respiraba a su alrededor con esa calidad de los espacios que han contenido algo importante y que todavía lo guardan en el aire. —Lohejtell —dijo Cristóbal. —¿Sí? —Gracias. El gnomo lo miró. —¿Por qué? —Por todo lo que no voy a poder nombrar específicamente —dijo Cristóbal—. Que es bastante. Lohejtel quedó pensando, mientras lo observaba. Y luego, por primera vez en toda esa noche larga y brutal y llena de cosas que costarían tiempo procesar, sonrió. No la sonrisa grande de la alegría sin sombra. La sonrisa pequeña y real de alguien que está bien de la manera específica en que se puede estar bien después de algo muy difícil: no completamente, no sin pérdidas, pero sí de verdad. —De nada —dijo. El amanecer de Naverdell llegó despacio. Como llegan siempre los amaneceres después de las noches largas: sin anuncio, sin drama, con esa modestia específica de las cosas que saben que su presencia ya es suficiente y que no necesitan llamar la atención sobre sí mismas para ser lo que son. La luz tocó primero las torres del castillo. Luego los jardines. Luego el campo donde la noche anterior había ocurrido lo que había ocurrido y que ahora mostraba las marcas de eso con la honestidad directa de los lugares que no saben fingir que algo no pasó. Cristóbal estaba de pie en la muralla norte cuando llegó esa luz. Solo. Mirando hacia el horizonte con la atención de alguien que no está buscando nada específico sino simplemente dejando que el mundo llegue. Pensó en el Rey Fogos. En los once que habían salido por la puerta de la garita sabiendo lo que los esperaba. En los cuatro que se habían quedado en la escalera para que los doce pudieran llegar arriba. En los minotauros del flanco este de Daliov que habían empujado la máquina de guerra al río y que no habían pedido ayuda cuando los Eputrolles los rodearon. En el pueblo que había caminado desde Daliov con miedo y cansancio y que había llegado igual. En la travesía de Camus con el pergamino. Pensó en todo eso y sintió el peso de ello con la completitud de quien no intenta aligerarlo sino simplemente cargarlo, porque es lo correcto y porque el peso de lo que otros hicieron para que uno llegara donde está merece ser sentido con toda su magnitud. Y ahora, de pie en la muralla norte del Castillo de Veronia con el amanecer de Naverdell llegando despacio sobre el horizonte, Cristóbal sintió algo que no había sentido en mucho tiempo y que tal vez nunca había sentido de esta manera específica: que había un hilo que conectaba cada cosa, desde la cabaña hasta aquí, desde el niño que corría a la cama de su madre hasta el hombre que había pronunciado el Primer Canto, y que ese hilo no era el destino en el sentido de algo que le había sido impuesto sino algo que había sido posible porque en cada momento, en los que importaban de verdad, había elegido seguir. Que la diferencia entre el hombre que había llegado a Naverdell con un frasco en la mochila y el hombre que estaba ahora en esta muralla no era el destino. Era la elección. Siempre había sido la elección. Lohejtell apareció a su lado. No dijo nada. Simplemente se colocó junto a él y miró también hacia el horizonte, con esa compañía suya que no exigía nada sino que simplemente estaba. El sol de Naverdell comenzó a asomar sobre el borde del mundo. Y los dos lo miraron salir.

El Mundo
Capítulo XXI

El Mundo

«Alfinaldelviaje,elmundonohacambiado;elqueha cambiadoerestú»

El camino desde Veronia al Castillo de Naverdell tardó tres días. No porque la distancia lo exigiera sino porque el grupo que lo recorría necesitaba ese tiempo. Necesitaba el ritmo lento de los pies sobre la tierra, el sonido del bosque a los lados, las noches de campamento donde el fuego reunía a las criaturas que habían peleado juntas y que ahora aprendían, despacio, qué significa existir en paz después de haber existido en guerra. Era un aprendizaje diferente al de la batalla. Más silencioso. Más difícil en ciertos sentidos porque la urgencia ya no estaba allí para simplificar las cosas y lo que quedaba era la complejidad real de todo lo demás. Cristóbal caminaba la mayor parte del tiempo. No montado. A pie. Con Lohejtell en su hombro en los primeros tramos y luego caminando junto a él cuando el terreno lo permitía, con esos pasos cortos y seguros suyos que Cristóbal había aprendido a reconocer como uno de los sonidos más familiares que conocía. Hablaban de muchas cosas. De Daliov y de lo que habría que reconstruir. De Drenier y de lo que su juicio significaría para el futuro del consejo. De los Uldras y de si habría sobrevivientes del clan de Drenier que pudieran ser encontrados y reunidos. De Naturella en las profundidades y de lo que sería necesario para encontrarla. De todo excepto de lo que ninguno de los dos estaba listo todavía para nombrar. Beroom caminaba detrás, con esa presencia suya que llenaba el espacio sin necesidad de ocuparlo ruidosamente. Camus iba con el pueblo de Daliov, organizando, contando, haciendo el trabajo invisible y necesario de quien entiende que los ejércitos necesitan líderes pero los pueblos necesitan administradores. Dagora volaba con Afmatun sobre la columna, siendo los ojos del grupo desde el aire, un trabajo que había asumido con la naturalidad de quien ha encontrado el lugar donde sus capacidades y su propósito coinciden. La tercera noche acamparon en un claro que Lohejtell reconoció como cercano al castillo. —Mañana llegamos —dijo. Cristóbal miró fijamente el cielo de Naverdell sobre ellos, que en esa parte del territorio y a esa hora de la noche tenía una calidad específica: las estrellas eran más visibles que en cualquier otro lugar que hubiera conocido, del tipo de visibilidad que no es solo ausencia de luz artificial sino algo más activo, como si el cielo de Naverdell quisiera ser visto. —Lohejtell —dijo. —¿Sí? —¿Estarás en la coronación? El gnomo tardó un momento en responder. —Sí —dijo—. Estaré. No añadió nada más esa noche. Pero algo en la manera en que lo dijo le indicó a Cristóbal que había una segunda parte de esa respuesta que todavía no estaba lista para ser dicha. El Castillo de Naverdell apareció en la colina más alta del reino cuando el sol del cuarto día empezaba a descender. No era como Veronia. Veronia era sólida, práctica, construida para resistir. El Castillo de Naverdell era otra cosa: había en su arquitectura algo que no era solo piedra y mortero sino una intención más antigua, del tipo que existe cuando quienes construyen saben que están haciendo algo que durará más que ellos y que le dan a ese conocimiento la forma correcta. Las torres eran cuatro, dispuestas alrededor de un cuerpo central que no era exactamente un palacio ni exactamente un templo sino algo que contenía elementos de los dos sin pertenecer completamente a ninguno. Los jardines que rodeaban la base de la colina eran los que Cristóbal había visto en su visión del pantano: los mismos árboles, las mismas fuentes de mármol, las mismas luciérnagas que incluso de día flotaban entre las ramas con su luz tenue e incansable. El Rey Hobler los esperaba en la entrada. Era el más anciano de los cinco reyes, con una barba blanca que le llegaba al pecho y unos ojos que tenían la calidad específica de quien ha visto demasiado para sorprenderse pero que todavía elige prestar atención a lo que ocurre. Miró a Cristóbal cuando se acercó. Lo miró de verdad, con esa atención que algunos tienen de ver a las personas más allá de lo que muestran. —Has llegado —dijo, con una sencillez que contenía todo lo que habría podido decirse con palabras más elaboradas. —Hemos llegado —dijo Cristóbal, señalando con un gesto hacia todo lo que venía detrás. Hobler miró la columna. El pueblo de Daliov. Los voluntarios del bosque. Los guerreros de Veronia. Los cóndores de Absdan posados en las torres más altas del castillo como si siempre hubieran pertenecido allí. Se dio la orden una vez. Y abrió las puertas. El Gran Salón Escarlata era exactamente lo que su nombre prometía. Las paredes tenían ese color que solo existe en ciertos momentos del atardecer y que el salón había logrado capturar de alguna manera permanente, un rojo cálido que no era sangre ni fuego sino algo más parecido a la luz que precede a las cosas importantes. La Mesa Escarlata estaba en el centro: la luna creciente, los sitiales de madera de sauce, el espacio en el extremo principal que llevaba siglos esperando ser ocupado. Todos los reyes de Naverdell estaban presentes. Volques desde Veronia. Morum desde Erona. Petrón desde Absdan. Hobler desde Naverdell. Y el sitial del Rey Fogos estaba vacío. No habían quitado el sitial. No habían puesto nada en su lugar. Simplemente lo habían dejado allí, vacío, con la dignidad específica de los lugares que guardan la memoria de quien los ocupó mejor que cualquier monumento. Cristóbal lo vio cuando entró al salón. Se detuvo frente a ese sitial vacío durante un momento. Nadie habló. Nadie necesitaba hablar. Era el homenaje más honesto que podía hacerse: no una ceremonia elaborada, no un discurso. Solo ese silencio que reconocía lo que había costado llegar hasta aquí y que no intentaba suavizarlo ni resumirlo en palabras porque algunas cosas son más grandes que las palabras disponibles. Luego Cristóbal levantó la vista hacia el salón lleno. Hacia los reyes. Hacia los guerreros. Hacia el pueblo de Daliov que había encontrado espacio en los márgenes del salón. Hacia Camus con su expresión de hobbit que no muestra lo que siente pero que lo siente todo. Hacia Dagora con la Daga de Songra en su cinto. Hacia Elysia con esa postura suya que no necesita contexto para ser lo que es. Hacia Beroom, enorme e inmóvil, en el lugar donde siempre estaba: ligeramente detrás y a la izquierda, donde podía ver todo sin bloquear nada. Hacia Lohejtell. El gnomo estaba de pie sobre la Mesa Escarlata, que era la única manera en que podía estar a la altura del salón sin que nadie tuviera que agacharse para verlo. Y en su expresión había algo que Cristóbal no le había visto antes y que tardó un momento en identificar: orgullo. No el orgullo que busca ser reconocido. El orgullo quieto y profundo de quien ha hecho algo que valía la pena hacer y que sabe que lo que viene después será también lo correcto aunque él no esté para verlo. Eso fue cuando Cristóbal entendió lo que la respuesta de la tercera noche no había dicho todavía. Pero no era el momento. El momento era este. La coronación no tuvo la pompa que los relatos épicos le asignan a estas cosas. Hobler tomó la corona del pedestal dorado con las dos manos. Era más sencilla de lo que Cristóbal habría esperado: oro oscuro, sin piedras preciosas, con inscripciones en el idioma antiguo que rodeaban el borde interior y que Cristóbal leyó sin esfuerzo, como leía ahora muchas cosas que antes habrían sido incomprensibles, con esa parte de él que llevaba dos mil años durmiendo y que el camino por Naverdell había ido despertando poco a poco. Las inscripciones decían: Para quien sirve. No para quien gobierna. Hobler se la puso en la cabeza con la sencillez de un gesto que ha sido hecho muchas veces y que sabe que su significado no viene del gesto sino de lo que viene después. —¡Larga vida al Rey Cristóbal! —dijo Hobler, con una voz que llenó el salón sin necesidad de elevarse. El salón respondió. No con el grito uniforme de los relatos. Con el sonido real de muchas voces diciendo lo mismo desde lugares diferentes y con emociones diferentes y con historias diferentes, que es más ruidoso y más imperfecto y más verdadero que cualquier coro ensayado. Cristóbal sintió el peso de la corona en su frente. Era físico. Concreto. Exactamente lo que era: metal frío sobre la piel, con un peso que no era incómodo pero que era imposible de ignorar. Pensó que así debería sentirse siempre. Que el día en que dejara de notarse sería el día en que habría empezado a llevarse mal. Las despedidas y los juramentos vinieron después, en el orden que las personas mismas decidieron, que es el único orden que tiene sentido para estas cosas. Camus fue el primero. Se acercó con ese paso corto y directo suyo y se plantó frente a Cristóbal con la expresión de quien ha decidido lo que va a decir y no necesita preparación adicional. —Rey Cristóbal —dijo—. El pueblo de Daliov no tiene hogar al que volver todavía. Pero tiene sus manos y tiene su historia y tiene la voluntad de reconstruir. Te ofrezco mi lealtad y la de mi pueblo para lo que venga. Cristóbal lo miró. —¿Qué necesita el pueblo de Daliov? —preguntó. Camus parpadeó levemente. No esperaba esa respuesta. —Tiempo —dijo al fin—. Y recursos para empezar. —Los tendrá —dijo Cristóbal—. Y tú tendrás el cargo que necesites para organizar esa reconstrucción. No porque yo te lo ofrezca sino porque eres quien mejor sabe lo que Daliov necesita. Camus lo miró un momento. Luego aceptó con la brevedad específica de los hobbits cuando algo los mueve pero no quieren mostrarlo demasiado. —Gracias —dijo. Y se retiró. Dagora fue el segundo. Llegó con Afmatun a su lado, lo que hizo que el protocolo de la coronación tuviera que adaptarse levemente para acomodar a un cóndor en el salón, algo que Hobler recibió con la ecuanimidad de quien lleva siglos viendo que Naverdell es exactamente el tipo de lugar donde estas cosas ocurren. —Rey Cristóbal —dijo Dagora—. Llevo en mi cinto la Daga de Songra. Es tuya. El Rey Fogos me encargó que te la entregara. La sacó. La sostuvo con las dos manos. Cristóbal la tomó. El contacto fue el mismo que la primera vez: ese reconocimiento específico de algo que pertenece a un lugar que conoce. —¿Qué harás ahora? —preguntó Cristóbal. —Lo que me digas —dijo Dagora, con la simpleza directa de los elfos militares. —No —dijo Cristóbal—. Lo que quieras hacer. Dagora lo miró. —Quiero seguir volando —dijo, después de un momento—. Con Afmatun. Siendo los ojos del reino desde el aire. —Entonces eso harás —dijo Cristóbal—. Y cuando necesites tierra bajo los pies, este castillo siempre tendrá un lugar para ti. Afmatun hizo ese sonido que los cóndores hacen cuando algo les parece correcto y que no tiene equivalente exacto en ningún otro idioma pero que todos en ese salón entendieron perfectamente. Beroom fue el tercero. No se acercó con el paso de quien va a hacer un juramento formal. Caminó hacia Cristóbal con la cadencia de siempre, esa vibración leve en el suelo que precedía su llegada, y se detuvo frente a él a la distancia que los dos sabían que era la correcta. Se miraron. —Comandante de la guardia de honor —dijo Cristóbal. —Ya lo era —respondió Beroom. —Lo sé —dijo Cristóbal—. Pero ahora tiene nombre oficial. Beroom hizo ese sonido que podía ser una risa o podía ser algo diferente y que Cristóbal ya no intentaba identificar porque había aprendido que no importaba tanto la categoría como el hecho de que existía. Extendió la mano. Beroom la miró un momento. Luego la estrechó con una delicadeza que no correspondía a su tamaño pero que era exactamente la correcta. No dijeron nada más. No hacía falta. Lohejtell esperó hasta que todos los demás hubieran tenido su momento. No porque le correspondiera esperar. Sino porque sabía que lo que tenía que decir necesitaba el espacio que queda cuando todo lo demás ya se ha dicho. Cristóbal lo vio acercarse y sintió algo que llevaba días sintiéndose crecer en su pecho con una lentitud que era la de las cosas que uno no quiere que terminen de ocurrir. El gnomo se paró frente a él. No sobre la mesa esta vez. En el suelo. Lo que significaba que Cristóbal tenía que arrodillarse para quedar a su altura, lo cual hizo sin que nadie tuviera que decírselo, con la naturalidad de quien sabe que hay momentos en que la postura correcta no es la que la jerarquía sugiere sino la que la situación pide. Se miraron a los ojos. Los ojos de Lohejtell contenían todo lo que siempre habían contenido: siglos, paciencia, esa calidad de quien ha visto demasiado para sorprenderse pero que todavía elige sorprenderse cuando algo lo merece. Y algo más. La expresión de alguien que ha llegado al final de algo que amaba y que sabe que el final era el destino correcto pero que eso no hace que sea más fácil. —Cristóbal —dijo Lohejtell. —Lo sé —dijo Cristóbal. —Todavía no te he dicho nada. —Lo sé de todas formas —dijo Cristóbal. —¿Cuándo lo supiste? —La tercera noche —dijo Cristóbal—. Cuando te pregunté si estarías en la coronación y dijiste que sí pero no dijiste nada más. El gnomo lo miró mientras sus diminutos ojos se humedecían.. —Mi trabajo terminó —dijo, con la sencillez de quien nombra algo que es exactamente lo que es—. No porque hayas llegado a la coronación. Sino porque ya no necesitas guía. Lo que necesitas ahora no es alguien que te muestre el camino sino alguien que camine junto a ti, y para eso tienes a Beroom y a Camus y a Dagora y a todos los que juraron esta noche. —Hizo una pausa—. Los Gnomos Guía no permanecemos cuando nuestra función se completa. Es parte de lo que somos. Partir cuando ya no somos necesarios es tan importante como llegar cuando sí lo éramos. Cristóbal no respondió de inmediato. Miró el suelo. Luego volvió a mirar a Lohejtell. —¿Adónde vas? —preguntó. —A donde van los Gnomos Guía cuando terminan — dijo Lohejtell—. No tengo una dirección exacta que darte. Pero sé que es el lugar correcto porque todos los que fueron antes que yo dicen que lo es. —¿Puedo preguntarte algo? —dijo Cristóbal. —Siempre. —¿Fuiste feliz? En este camino. ¿Fuiste feliz? Lohejtell fijó sus ojos durante un momento que fue largo y quieto y lleno de algo que ninguno de los dos habría sabido nombrar del todo pero que los dos sentían con la misma claridad. —Fui más que feliz —dijo el gnomo—. Fui necesario. Que es mejor. Cristóbal esbozó una sonrisa con admiración y emoción. Las lágrimas llegaron sin que intentara impedirlas, con la honestidad simple de alguien que ya no tiene energía para gestionar lo que siente y que ha aprendido que tampoco es necesario hacerlo. —No quiero que te vayas —dijo. —Lo sé —dijo Lohejtell. —Pero entiendo que debes hacerlo. —Sí. Se abrazaron. No fue un abrazo dramático. Fue el abrazo de dos personas que se conocen de verdad, con todo lo que eso implica: la incomodidad de las diferencias de tamaño, el peso real de dos cuerpos que se sostienen mutuamente durante el tiempo que hace falta, el silencio que no necesita llenarse con nada porque está completo así. Cuando se separaron, Lohejtell dio un paso atrás. Lo miró una última vez con esos ojos que contenían siglos. —Cristóbal —dijo. —¿Sí? —Tu madre tenía razón. Y giró. Y comenzó a caminar hacia la puerta del Gran Salón Escarlata con ese paso suyo corto y seguro que Cristóbal había aprendido a reconocer en la oscuridad, en la nieve, en el bosque, en la cueva, en el pantano, en todos los lugares donde habían caminado juntos durante el tiempo que habían caminado juntos. Nadie habló. Todos los presentes observaron mientras el gnomo más pequeño y más antiguo de Naverdell cruzaba el umbral de la puerta, salía a la noche, y desaparecía. Las luciérnagas de los jardines del castillo brillaron un poco más durante un segundo. Solo un segundo. Pero fue suficiente para que todos los que estaban en ese salón lo notaran. Cristóbal se quedó de pie en el centro del Gran Salón Escarlata con la corona en la cabeza y las lágrimas todavía en el rostro y la Daga de Songra en la mano y el corazón lleno de todo lo que había ocurrido en los últimos días y en los últimos años y en los últimos dos mil años. Beroom se colocó a su izquierda. No dijo nada. Solo estuvo allí, que era lo que correspondía. El salón empezaba a llenarse de nuevo del movimiento y el sonido de la celebración que la noche merecía, esa alegría honesta que no niega el precio de lo que costó sino que lo incluye y lo honra eligiendo seguir viviendo de todas formas. Fue entonces cuando Elena apareció. No desde el centro del salón. Desde uno de los laterales, donde había estado observando todo con esa atención suya que no era pasiva sino activa, del tipo que registra y procesa y llega a sus propias conclusiones sin necesitar que nadie se las explique. Se acercó a Cristóbal. Se detuvo frente a él. Lo miró. Y en esa mirada había muchas cosas a la vez: la distancia de dos mil años, la proximidad del jardín del castillo y la fuente de mármol y las manos tomadas y el adiós que había durado más de lo que cualquier adiós debería durar. La duda que había mantenido hasta el final. La certeza que había llegado cuando la vio descender del pantano con detalles en los ojos que nadie debería haber podido saber. —¿Aún crees que eres Cristóbal? —preguntó, con una voz que era baja y directa y que tenía en ella tanto la pregunta real como la respuesta que ya sospechaba. Cristóbal la miró. —Soy Cristóbal —dijo—. Hijo de Naturella y del Rey Marcos. Rey de Naverdell. —Hizo una pausa—. Y también soy el hombre que llegó a una cabaña del sur de Chile convencido de que su vida no valía nada. — Otra pausa—. Y soy el que prometió volver a los brazos de quien amaba, y que siente que todavía la ama. —Otra pausa—. Las tres cosas son yo y he aprendido que no hay contradicción entre ellas. Elena lo miró durante un momento. Luego bajó la mirada. Había demasiadas cosas ocurriendo dentro de ella al mismo tiempo como para ordenarlas. Una parte quería responder con la misma claridad con que él había hablado. Otra quería simplemente quedarse quieta y dejar que esas palabras terminaran de caer, porque había algo que escuchó, con esa honestidad sin adornos, que le apretaba el pecho de una manera que no esperaba. No era solo alegría. Era también el peso de todo lo que había guardado sin saber si alguna vez tendría dónde ponerlo. La duda. La espera. Los momentos en que había decidido no preguntar porque no quería escuchar una respuesta que no fuera esta. Sus manos buscaron algo a qué aferrarse sin encontrar nada. Una sonrisa llegó antes de que pudiera impedirlo. Pequeña. Involuntaria. Del tipo que aparece cuando el cuerpo decide algo antes de que la mente termine de procesar. Levantó la vista hacia él. Y en esa mirada había todo lo que no iba a decir todavía. Porque algunas cosas necesitan un momento más antes de convertirse en palabras. —Los jardines —dijo, extendiendo la mano—. Hay algo que quiero mostrarte. Cristóbal miró esa mano. La misma que había tomado hace dos mil años junto a una fuente de mármol. La misma que había soltado sabiendo que el adiós duraría más de lo que ninguno de los dos podía calcular. La misma que ahora volvía a estar allí, extendida, con la paciencia de algo que ha esperado el tiempo correcto. Los jardines del Castillo de Naverdell de noche eran exactamente lo que la visión en el pantano había prometido. Los mismos árboles. Las mismas fuentes de mármol. Las mismas luciérnagas que flotaban entre las ramas con esa luz que no era la de la luna ni la de las estrellas sino algo propio, algo que pertenecía a ese lugar específico y que no existía en ningún otro. Caminaron entre los árboles durante un rato. No un silencio incómodo. El silencio de dos personas que están aprendiendo de nuevo cómo estar juntas, porque hablar con alguien después de mucho tiempo no es igual a hablar con alguien después de poco. Hay cosas que el tiempo deja en los dos, marcas que no desaparecen y que tampoco necesitan desaparecer. Solo necesitan ser reconocidas. Y eso lleva su propio tiempo. Se detuvieron junto a una de las fuentes de mármol. El agua sonaba con esa calidad específica que tienen los lugares que llevan mucho tiempo siendo lo que son: tranquila, constante, sin urgencia. Elena miró el agua. —¿Te acuerdas de esto? —preguntó. —Sí —dijo Cristóbal—. Aunque no debería poder acordarme. Tenía diecisiete años la última vez que estuve aquí y he pasado dos mil años siendo otra persona. —¿Y aun así? —Y aun así —dijo Cristóbal—. Algunas cosas no desaparecen. Se quedan en algún lugar que no es exactamente la memoria pero que tampoco es el olvido. Elena lo escuchaba. —Yo esperé —dijo, con la sencillez directa de alguien que nombra un hecho sin pretender que sea más o menos de lo que es—. No todos los días de la misma manera. Hubo tiempos en que casi no pensé en ello. Y tiempos en que no pensé en otra cosa. Pero esperé. —Lo sé —dijo Cristóbal. —¿Cómo lo sabes? —Porque cuando te vi en el salón de Veronia —dijo Cristóbal—, te reconocí no como a alguien que había esperado resignada sino como a alguien que había esperado eligiendo hacerlo. Que es diferente. Elena lo miró. Y en esa mirada, finalmente, sin la distancia del desafío ni la cautela de la duda, había algo más simple y más real que todo lo anterior. Cristóbal dio un paso hacia ella. No con prisa. Con la calma de quien ha esperado el momento correcto y sabe que ya llegó. Le tomó la mano despacio, como si quisiera asegurarse de que era real. Y luego, sin decir nada más, porque no había nada que decir que no hubiera sido dicho ya, la besó. Fue un beso tranquilo. Tenía el peso de todo lo que los dos habían cargado por separado durante demasiado tiempo y la ligereza de algo que por fin encuentra su lugar. Cuando se separaron, Elena apoyó la frente contra la de él. Ninguno habló. No hacía falta. —¿Y ahora? —preguntó. Cristóbal miró los jardines. Las luciérnagas. El agua de la fuente. Las torres del castillo visibles entre los árboles con esa luz de la noche que hacía que todo pareciera más antiguo y más quieto y más suyo de lo que nada había parecido en mucho tiempo. —Ahora —dijo apretando las manos de ella— hay que encontrar a mi madre. Hay que reconstruir Daliov. Hay que juzgar a Drenier con el proceso que merece. Hay que prepararse para lo que Mobir prometió que vendrá. —Hizo una pausa—. Pero antes, quiero estar contigo. —Sí —dijo Elena esbozando una risa con ternura. —Y me gustaría hacerlas —dijo Cristóbal— sabiendo que estás aquí. Elena lo miró durante un momento. Luego sonrió. No la sonrisa grande de la alegría sin sombra. La sonrisa pequeña y real de alguien que ha esperado mucho tiempo algo y que cuando llega descubre que era exactamente lo que esperaba y que eso, de alguna manera, es todavía mejor que si hubiera llegado antes. —Estoy aquí —dijo. Y se quedaron junto a la fuente de mármol en los jardines del Castillo, bajo una de esas noches mágicas que solo Naverdell sabe hacer, con el sonido del agua y el brillo de las estrellas y la luna sobre ellos. Era la noche de siempre y también una completamente nueva, como son todas las noches que siguen a los días en que algo importante cambia de manera irreversible. Dentro del Gran Salón Escarlata, la celebración continuaba. Beroom custodiaba la entrada a los jardines con los brazos cruzados y esa expresión suya de no estar mirando nada en particular mientras lo mira todo. Camus organizaba al pueblo de Daliov en el ala oeste del castillo, donde Hobler había dispuesto alojamiento provisional, con la eficiencia tranquila de quien sabe exactamente lo que hay que hacer y no necesita que nadie se lo recuerde. Dagora y Afmatun habían salido al exterior del castillo, donde el cielo de Naverdell ofrecía el tipo de espacio que un cóndor y un teniente elfo necesitan cuando han tenido demasiado techo sobre sus cabezas durante demasiado tiempo. El sitial del Rey Fogos seguía vacío en la Mesa Escarlata. Y en algún lugar de los jardines, entre los árboles y las luciérnagas y el sonido del agua, donde Lohejtell había caminado tantas veces y donde sus pasos ya no sonarían, una luciérnaga solitaria flotaba junto a la fuente de mármol con una persistencia que no tenía nada de casual. Brillaba. Constante. Como hacen las cosas que no se apagan. ✦ ✦ ✦ FIN NAVERDELL — El Viaje del Héroe — Libro I ÍNDICE

Cap. 0 ELLOCO Elverdadero viajecomienza cuando el corazónrespondeal llamado delodesconocido 1 Cap. I ELMAGO Cuandodescubres tus herramientas, el universo conspira atufavor 16 Cap. II LAPAPISA Nadiegrita más fuerteque el silencio dequien lo sabetodo y nodicenada 36 Cap. III LAEMPERATRIZ El amor de madrees la fuerza más antigua einvencible del cosmos 50 Cap. IV EL EMPERADOR El verdadero poder nose reclama con palabras,sino con actos quetransforman el mundo 60 Cap. V EL SUMO SACERDOTE Solo quien conoce el mal desdeadentro puedecombatirlo desde la luz 75 Cap. VI LOS ENAMORADOS El corazóneligesu camino antes de quela mentecomprenda el destino 87 Cap. VII ELCARRO Avanzar sin saber el destino es el acto de femás grandeque existe 98 Cap. VIII LAFUERZA La verdadera fuerza no rompelatormenta;la abrazayla transforma 111 Cap. IX EL ERMITAÑO Unasola luz en la oscuridad basta paraguiar alos quese hanperdido 127 Cap. X LARUEDADE LAFORTUNA Cuando el destino gira,el sabio nocae; aprende abailarcon él 144 Cap. XI LAJUSTICIA Labalanza del destinopesa nolas palabras,sino lasdecisiones del corazón 160 Cap. XII ELCOLGADO Aveces hay queverlo todo desdeunángulo imposibleparaencontrar la verdad 179 Cap. XIII LAMUERTE Cadafinal es el umbral más valienteque puede cruzarunalma viva 196 Cap. XIV LATEMPLANZA El equilibrio noes la ausencia de extremos; es la sabiduría de saber cuándo usarlos 213 Cap. XV EL DIABLO Las cadenas más pesadas son lasque unomismo sepone creyendo que protegen 235 Cap. XVI LATORRE Lo queel fuego destruye ya estaba muerto;lo que sobrevive, era eterno 255 Cap. XVII LASESTRELLAS La esperanza no desaparece;solo espera en silencio que laoscuridad se rinda 279 Cap. XVIII LALUNA Las sombras más peligrosas vienen dequienes juraron protegerte 302 Cap. XIX ELSOL Cuando el héroe resplandece, iluminanosolo su camino, sino el de todos 321 Cap. XX EL JUICIO Lahoradela verdad llega para todos:el quejuzga yel que hasido juzgado 346 Cap. XXI ELMUNDO Al finaldel viaje, el mundo nohacambiado;el quehacambiado eres tú 367 SOBRE EL AUTOR

Marcelo de Paris es autor, investigador espiritual y pionero en los estudios contemporáneos del tarot como herramienta de autoconocimiento y transformación personal. Durantemásde dos décadas ha desarrollado un enfoque único que integra la simbología ancestral del tarot con la psicología moderna, el coaching de vida y la guía terapéutica, creando un sistema que ha ayudado a miles de personas en todo el mundo a conectar con su propósitomásprofundo. Como pionero en los estudios profundos del tarot contemporáneo, desarrolló una visión holística que integra factores espirituales y científicos, transformando la práctica del tarot en una poderosa herramienta de coaching de vida y guía terapéutica. Su enfoque desmitifica el tarot, llevándolo más allá de la simple adivinación y convirtiéndolo en un medio de autoconocimiento y transformación personal. Esta visión sigue inspirando a quienes buscan una conexión más profundaentrelaespiritualidadyel bienestarintegral. NAVERDELL es su primera obra de ficción, aunque quienes lo conocen bien insisten en que toda su vida ha sido, dealgunamanera,preparaciónparaesteviaje. [email protected] | www.tellmeapp.site | www.youtube.com/@marcelotarot